Mi amor entre páginas Capítulo siete
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Capítulo siete

Un vaquero.

Un vaquero sin camisa, ni más ni menos, con sus grandes músculos bronceados a la vista, lleno de moratones y de lo que parecen manchas de carbón.

No grito. Siempre pensé que gritaría en una situación así (si alguien entrara en mi casa, por ejemplo, si un vaquero apareciera de repente en mi salón, ante un potencial e inminente asesinato). En lugar de eso, agarro lo que tengo más cerca para tapar mi desnudez. Por supuesto, es la boina roja con la araña que acabo de comprarle a la señora Casablancas. Una de las larguiruchas patas de la araña, confeccionada con un limpiapipas, se me clava en el interior del muslo. Ay.

—Vete, por favor — le digo al desconocido, con la voz temblorosa y dos octavas más aguda de lo normal —. Yo no… no sé qué estás haciendo en mi casa, a qué has venido, pero no deberías estar aquí y tienes que marcharte de inmediato.

¿Cómo ha conseguido entrar? Miro de soslayo la puerta, que está cerrada por dentro, como siempre. La ventana está abierta, pero mi apartamento se encuentra en la cuarta planta del edificio. ¿Ha… ha escalado la fachada?

El hombre clava sus ojos, ilegibles bajo la sombra de su sombrero Stetson, en los míos. Parpadea como si acabara de despertarse y aparta rápidamente la mirada de mi cuerpo desnudo, lo que me parece inesperadamente respetuoso teniendo en cuenta que se trata de un intruso que ha entrado en mi casa con la idea de asesinarme. Puede que no sea un asesino entonces… ¿Un ladrón, quizá?

—Si… si eres un ladrón, a kilómetro y medio de aquí tienes opciones mucho mejores — le indico, hablando a trompicones —. Yo solo soy escritora. Todo lo que poseo solo tiene valor sentimental. — Señalo la tele —. Puedes quedarte el televisor si quieres, aunque es bastante viejo. La

pantalla no es OLED. Seguro que hay tecnología mucho mejor en las casas de Marylebone. Apuesto a que allí también tienen montones de joyas.

Cuberterías de plata y Birkins auténticos, si eso es lo que buscas. Hay una casa muy elegante en…

Cierro la boca cuando se me ocurre que este no es el momento ni el lugar para intentar ser servicial.

El vaquero se mira las botas polvorientas, con el ceño fruncido. Se pasa una mano por el bozo de la mandíbula y no puedo evitar notar que es una mandíbula excelente, tanto como puede serlo una mandíbula.

Espabila, Gertie.

—Si te marchas ya, te prometo que no llamaré a la policía — le digo, intentando que mi voz exprese algo de seriedad, pero fracaso.

Es mentira. Por supuesto que voy a llamar a la policía. Alguien tiene que advertir a los residentes de Maryle bone para que cierren sus puertas con llave.

El hombre se levanta del sofá, casi golpeando el techo con su sombrero Stetson marrón oscuro. Avanza un paso.

—¡No me mates, por favor! — grito —. Puede que justo ahora no tenga muchas razones por las que vivir, pero no quiero morir.

Tengo una breve visión de mi funeral. ¿Lloraría Henry si me muriera?

Claro que lloraría. ¿Verdad?

El vaquero mantiene la mirada fija en el suelo mientras levanta la mano e inclina el sombrero despacio en mi dirección.

—Señora — dice, con acento norteamericano y una voz imposiblemente grave —. No planeo asesinarla. — Mira la ventana abierta con los ojos entornados, confuso —. Pero voy a necesitar que me diga una cosa ahora mismo… ¿Dónde diablos estoy?

—Ehm…, ¿qué?

—No soy un peligro para usted, encanto — me asegura. Tiene la voz grave, ronca y cálida, casi como una vibración que reverbera en mi diminuto apartamento. ¿Encanto? ¿Qué coño? —. Por favor, tápese.

¿Dónde estoy? Yo… ¿Cómo he llegado aquí?

Sin apartar la mirada del desconocido, arrastro los pies unos cuantos pasos hasta la secadora y cojo una toalla, me envuelvo en ella y me la sujeto con fuerza por arriba.

¿Por qué me está diciendo esta persona que no sabe cómo ha llegado aquí? ¿Intenta desconcertarme antes del asesinato, o ganarse mi confianza?

Pero ¿por qué tendría que hacer algo así? Aunque nadie describiría mi físico como delicado, él es…, bueno, absolutamente gigantesco. Seguramente podría conmigo con un solo movimiento de sus enormes pulgar e índice.

Nuestra diferencia de altura y peso, además de mi cobardía natural, me impulsan a retroceder hacia la zona de la cocina para buscar refuerzos.

Tanteo a mi espalda, siento el taco de cuchillos y agarro el primero que encuentro, solo por si acaso. Es un cuchillo de pan, romo. Servirá. Será una guarrada, pero servirá.

—¿Quién eres? — le pregunto, sosteniendo el cuchillo ante mí con la mano temblorosa —. ¿Qué quieres?

Él levanta la cabeza y me evalúa con un destello en sus ojos entornados.

No parecen letales; parecen desconcertados y reflexivos, y lo cierto es que me resultan familiares…

—¿Te… te conozco? ¿Cómo te llamas? — le pregunto, levantando el cuchillo de pan mientras me acerco un poco para examinar los planos de su rostro bajo el ala de su sombrero de vaquero.

Piel dorada ligeramente curtida. Nariz alargada, con el puente marcado.

Ojos verdes grisáceos, del color de los pinos invernales a la sombra de una nube tormentosa. Mandíbula amplia, de estrella de cine, cubierta por una barba incipiente, desaliñada, espesa y broncínea. Labios ligeramente agrietados naturalmente instalados en el mohín insatisfecho de un hombre con el que nadie querría estar a malas. Se me enciende la bombilla.

Espera… Esa es la descripción exacta, palabra por palabra, que escribí para el personaje de…

—River — dice con voz ronca —. Me llamo River Oakley.

Le miro el rostro sucio unos segundos. Después… empiezo a reírme. A reírme de verdad. Me río con tantas ganas que apenas emito sonido, solo un leve resuello, que me sacude todo el cuerpo.

Bridget.

¡Bridget!

Como agente es brillante, pero está un poco zumbada. No es la primera vez que se pone creativa para conseguir que entregue a tiempo: una vez me envió una caja de regalo en la que solo había bolígrafos, M en sus ojos hay un destello de frustración. Me pregunto si la razón por la que me resulta tan familiar es que previamente ha aparecido en algún tipo de anuncio, seguramente de cuchillas de afeitar, motos o carne de ternera.

—¿Alguna vez has hecho publicidad? — le pregunto —. O…, no sé, un videoclip de música country. Sé que Bridget te contrató porque te pareces físicamente a River, obviamente, pero no es solo eso. Tengo la sensación de que te había visto antes, en serio, de que ya había visto tu cara.

El hombre se rasca la mandíbula, despacio, negando con la cabeza.