Capítulo seis
Querida Gertie:
¿Cómo llevas el libro? No hace falta que termines la novela antes de enviarme algo, ¿sabes? Puedo ir leyéndola capítulo a capítulo. ¡Estoy esperando! Por otra parte, ¿estás totalmente segura de que no quieres formar parte del jurado del Festival del Romance de Londres? Sería estupendo que te reunieras con tus lectores en persona, y yo sé que a ellos les encantaría conocerte. ¡Podría ser divertido!
Besos,
Bridget.
Cinco minutos después, recibo otro correo electrónico de Bridget: P. D.: Perdona, acabo de darme cuenta de que hoy es el cumpleaños de Josie. Te envío un abrazo.
Cuando llego a la entrada del cementerio de St. Pancras e Islington, albergo la esperanza en mi corazón de que este año sea el año en el que de verdad consiga llegar hasta la tumba de Josie para dejarle flores, algo que he intentado hacer sin éxito múltiples veces desde que murió. Cada año, en su cumpleaños, en Navidad y en el aniversario de su muerte, voy a la floristería que hay cerca de mi casa a por un ramo de camomila (su flor favorita), conduzco hasta East Finchley, aparco y subo penosamente la cuesta hasta las gigantescas puertas de forja del cementerio. Justo en ese momento siento un pánico mudo, giro de inmediato sobre mis talones y corro de vuelta a casa, murmurando en mi cabeza una disculpa para Josie y prometiéndole que la próxima vez será la definitiva, la definitiva.
Es un día perfecto para eso, templado y agradable, con un par de nubes cautas que atemperan el implacable sol y una ligera brisa que agita las hojas
de los árboles como si dijeran hola. Pero, tan pronto como las puertas del cementerio aparecen ante mi vista, sé que hoy será exactamente igual que los demás. Antes de que mi cerebro pueda siquiera razonar consigo mismo, el cuerpo se me detiene, se queda paralizado en el sendero de grava. Mis pies se niegan a caminar y parecen incapaces de moverse hacia delante, ni siquiera un milímetro más. Me agarro la larga manga de la camisa y la uso para limpiarme las gotas de sudor que de repente me han aparecido en la frente.
Por el amor de Dios.
No es que no quiera verla. Quiero. Claro que quiero. Quiero contarle mis cosas e imaginar los consejos sensatos que ella me daría. Quiero narrarle una jugosa discusión que oí entre dos tipos en la cola de Pret y pensar en su ensordecedora risa socarrona y en lo bien que me sentiría sabiendo que he sido yo quien la ha provocado. Sobre todo, quiero disculparme. Por la discusión que tuvimos el día en que murió. La terapeuta a la que vi los primeros días del duelo me dijo que disculparme en voz alta, ante la lápida de Jo, me ayudaría con el remordimiento. Y probablemente, si hubiera seguido viéndola, habría descubierto cómo hacerlo. Pero entonces conocí a Henry. Y me pareció más fácil… Me sentía mejor con él. Estar con él me distraía. Y la cuestión es que, si me detengo a pensarlo fríamente…,
¿hablarle a una lápida como si fuera Josie? No creo que pueda hacerlo, en realidad. Es que no quiero hacerlo. La verdad es que prefiero fingir que se ha marchado un tiempo, que está lejos, en alguna alocada aventura, y que sin duda regresará en algún momento. Este autoengaño, esta distracción constante, es mucho más fácil para mi ya frágil corazón. Josie siempre fue la valiente de las dos. Y, sin ella para que me enseñe cómo se hace, ser valiente me parece un rompecabezas al que no le pillo el truco.
Dejo el ramo de camomila en las ornamentadas puertas del cementerio y me siento con las piernas cruzadas sobre el suelo de tierra, apoyada en el muro. Saco el móvil del bolso y, con un dedo tembloroso, presiono el botón de FaceTime. No sé por qué lo hago, ya que él no me ha respondido al teléfono ni una sola vez desde que se marchó, pero, para mi sorpresa y alivio, esta vez contesta.
Su adorable rostro aparece en la pantalla y el corazón se me llena inmediatamente de anhelo.
—Hola, Hen. — Lo saludo con la mano, incómoda. Él me devuelve el gesto.
Dios, lo echo de menos. Nos echo de menos. Me duele. Es un puto dolor físico.
—Hola, Gert — contesta, quitándose el suave cabello castaño de la frente. Está caminando por una calle bulliciosa que reconozco de alguna parte de Mayfair. Ahí es donde vive su mejor amigo, Jim.
—¿Has ido a ver a Jim? — le pregunto —. ¿Cómo le va?
—Ah, sí, sí. Jim. Está genial. Liado con los preparativos de la fiesta de cumpleaños, ya sabes. Menudo fin de semana va a ser. Al parecer, hay una granja de alpacas cerca del hotel y Jim va a hacer que lleven pajarita, como él. — Henry se ríe —. Es muy fuerte. Muy propio de Jim.
Sonrío, sintiendo todavía más no ir. Me encantan las fiestas de cumpleaños. Me encantan las alpacas. Y creo que me encantarían las alpacas con pajarita.
—Me alegro de que hayas contestado — digo, intentando contener el temblor de la voz —. No esperaba…
—Es el cumpleaños de Josie — me interrumpe.
—Te has acordado.
—El 20 de agosto. El mismo día que conseguí el contrato de mi primer libro. ¿Cómo podría olvidarlo? ¿Cómo estás?
Mira directamente a la cámara y en sus grandes ojos azules, tras sus gafas de carey, veo ternura. Nada me gustaría más que poder meter la mano en el teléfono y tocarlo, sentir el conocido consuelo de su cuello cálido en mi palma, inhalar el suavizante en su camisa de lino. Nada me gustaría más que enterrarme en él y poner mi desesperación en pausa, como lo hice las semanas y meses después de la muerte de Josie.
—Yo… Es… Es duro — replico —. He intentado ir al cementerio otra vez, pero…
—Oh, mierda, Gert. Espera. Perdona. — Henry se aparta de la pantalla, distraído de repente —. Tengo otra llamada. Joder, qué mal momento. Es…, eh…, mi editora. Estaba esperando que me llamara. ¿Puedo llamarte más tarde? Lo siento, Gert. Te llamaré lo antes posible. Joder. Sé fuerte, ¿vale?
¡Tú puedes con esto! Muchos besos.
Y, con un pitido, la pantalla se queda en negro, sin nada más que mi rostro abatido reflejado en el cristal.
Una espiral de algo incómodo se me despliega en el vientre. Intento deshacerme de la sensación mentalmente, recordándome que es probable que Henry no haya tenido más remedio que responder esa otra llamada en mitad de nuestra conversación. Después de que las ventas de su segundo libro cayeran en picado, una llamada de su editora, en lugar de un correo electrónico, seguramente implica que es algo urgente. Está claro que tenía que responder. Vuelvo a guardarme el móvil en el bolso y asiento. Henry sabe lo importante que era Josie para mí. Si no lo hubiera conocido entonces, justo después de que ella falleciera, Dios sabe dónde estaría yo ahora.
Me llamará después. Me lo ha dicho. Y entonces hablaré con él en condiciones. Es algo bueno. Una buena señal.
La idea de volver a hablar con Henry me proporciona energía suficiente para levantarme de la tierra y ponerme en pie. Me coloco los auriculares, subo la música a tope y me encamino al aparcamiento.
En casa, después de un baño reparador, en el que me enorgullezco de haber conseguido no llorar demasiado fuerte, me doy cuenta de que todas mis toallas limpias siguen en la secadora. Vuelvo a ponerme las gafas y atravieso desnuda el apartamento para buscar una, pero a mitad de trayecto me doy cuenta, como a cámara lenta, de que hay un hombre desconocido sentado en mi sofá.
Más concretamente, un vaquero.