Capítulo cinco
Me paso una malsana parte de la tarde mordisqueando pepinillos encurtidos, mirando mis fotografías antiguas con Henry en el móvil e intentando, por enésima vez, descubrir cuándo cambiaron exactamente sus sentimientos por mí. Hace solo dos meses me llevó de pícnic, me regaló macarons y me dio una serenata con su guitarra. Y ahora, si es que contesta a mis mensajes, lo hace con una sola palabra educada o con un emoji de pulgar arriba. Lanzo el teléfono sobre la cama con un resoplido y miro el reloj del horno. Son las 19:50. Es casi la hora de la ceremonia de manifestación que no he solicitado.
Me hago con un montón de libros de Arroyo del Caos, como me pidió la señora Casablancas, subo las escaleras del rellano y salgo a la enorme azotea comunitaria con vistas a los tejados de Bloomsbury y, a lo lejos, a la borrosa silueta plateada de la ciudad. Inhalo la frescura de la zona de césped y el suntuoso aroma a tierra del pequeño jardín de hierbas que la señora Casablancas plantó aquí arriba la primavera pasada. Miro el oscuro cielo violeta y veo la luna, tan redonda y blanca como un plato. Relajo los hombros un poco. Me encanta la luna llena.
—Estás perfecta — declara la señora Casablancas, asomando la cabeza por la entrada acristalada de la azotea como una suricata. Sube los peldaños arrastrando una pequeña maleta a su espalda, radiante con un caftán rojo —.
El violeta es justo tu color. Tengo buen ojo para identificar el color ideal de las personas. Deberías llevar caftán más a menudo, Gertie. Te queda muy elegante, con tus rasgos tan delicados.
Ah, sí. El caftán. Como prometió/amenazó, la señora Casablancas me lo trajo a casa hace un par de horas y me advirtió de que era una parte no negociable de la ceremonia, antes de volver corriendo a su apartamento sin una palabra más. En realidad, es increíblemente cómodo, un voluminoso vestido de lino violeta con mangas de campana fluidas que me hacen
parecer alguien que, bueno, que hace ceremonias de manifestación habitualmente.
—¿Para qué son los caftanes? — le pregunto. La señora Casablancas abre la maleta —. A ver, me gusta, pero… ¿para qué son?
—Tenemos que vestirnos adecuadamente. Es una muestra de respeto hacia aquellos a quienes pedimos ayuda.
—¿Y a quiénes vamos a pedirles ayuda exactamente?
—Oh, ¡hay un sinfín de teorías y posibilidades! Al universo, al éter, a las gloriosas diosas de la creatividad de la antigüedad, a lady Diana, que está en el cielo, a Buda… — La señora Casablancas saca de la maleta una manta grande con estampado de cachemira verde y la extiende sobre la modesta zona de césped. Le da una palmadita a la manta —. Siéntate aquí. ¿Tienes alguna preferencia sobre a quién pedir que nos ayude?
Niego con la cabeza.
—Tengo la sensación de que debería dejarlo en sus manos…
La señora Casablancas asiente.
—Buena idea. ¿Se lo pedimos a todos? Eso seguramente incrementará nuestras posibilidades de recibir la ayuda que necesitamos.
—¿Probarlo todo a ver si cuela? Vale.
La señora Casablancas saca tres velas gruesas de la maleta, como una especie de Mary Poppins celestial. Después extrae un cuaderno de rayas, dos bolígrafos azules y… ¿eso es una corona?
—Ponte esto en la cabeza — me dice, ofreciéndome con orgullo una tiara llena de púas y aspecto ostentoso.
—¿Una corona de pinchos?
—No son pinchos, son rayos de sol — replica, riéndose, mientras enciende las velas y las coloca en el centro de la manta —. Es para la protagonista. Tenemos que vestirnos adecuadamente para sentirnos adecuadamente.
—¿Y es…? ¿Todo esto es necesario?
—Por supuesto. — La señora Casablancas chasca la lengua y se pone con cuidado un tocado de rayos de sol todavía más grande. El suyo tiene pequeños zafiros al final de cada púa. La mujer mira el cielo y hace una mueca —. Hum. Pensaba que quizá podríamos tener una lluvia dorada…
Casi me atraganto con mi propia saliva.
—¿Una… una lluvia dorada? — repito, abriendo los ojos con horror.
¿Qué demonios ha planeado hacer conmigo aquí arriba? Miro desesperadamente la puerta de la azotea, calculando cuántos segundos tardaría en lograr una salida de emergencia si me viera obligada a ello.
—Sí, una lluvia dorada — me confirma la señora Casablancas con seguridad, mirando con los ojos entornados la única nube dispersa que flota en el cielo del crepúsculo —. Ya sabes, una tormenta de verano repentina.
Ah.
De inmediato decido que yo no voy a ser quien le explique a mi vecina su error terminológico. Estas últimas semanas ya han sido suficientemente traumáticas.
—Por suerte, el cielo está despejado, así que estaremos bien — continúa, colocando mi montón de libros de Arroyo del Caos en el centro de la manta —. ¡Lo último que necesitamos ahora es una lluvia dorada!
—Estoy totalmente de acuerdo.
La señora Casablancas sonríe y sus entusiastas ojos oscuros destellan bajo la parpadeante luz de las velas.
—Ya está todo preparado.
Aunque reacia, en respuesta siento una pequeña oleada de nerviosismo.
Mi vecina saca su teléfono móvil y pulsa para reproducir un tema llamado Música de spa #1. Es una melodía etérea. Me gusta. Ella toma aire profundamente y me entrega uno de los bolígrafos como si fuera algo muy importante.
—Gertie, cielo, es el momento. Empecemos la ceremonia.
***
Según parece, la clave de una ceremonia de manifestación es que la señora Casablancas te explique sus mejores trucos para ser creativa. Según ella, debo «dejarme llevar totalmente por mi poder sin pedir disculpas» y también «comer más pescado porque el pescado tiene omega-3, que es bueno para el cerebro».
Después del sermón, me entrega un trozo de papel.
—Ahora tienes que escribir exactamente lo que quieres. Escríbelo con todo detalle, Gertie. Podrías escribir: «Quiero terminar la última novela de Arroyo del Caos» o «quiero eliminar los bloqueos creativos que sufro en este preciso momento». Pero estoy segura de que se te ocurrirá algo mejor;
después de todo, tú eres la escritora profesional. Cuando hayas escrito lo que deseas, doblaremos los papeles y los quemaremos con las velas. Y
luego nos prepararemos para recibir.
Si la señora Casablancas se ha tomado la molestia de hacer todo esto por mí, aunque sea una tontería, lo mínimo que yo puedo hacer es ponerle ganas. Asiento, con el boli preparado sobre el papel.
Cierro los ojos. Venga, vale.
Quiero que desaparezca mi bloqueo creativo.
Quiero terminar mi último libro.
Quiero volver a ver a mis personajes.
Quiero que Cassidy y Ethan tengan su final feliz.
Escribo mis deseos creativos pulcramente en el papel.
La música del teléfono móvil de la señora Casablancas salta de Música de spa #1 a Let’s Stay Together, de Al Green. Contengo el aliento y vuelvo a abrir los ojos. ¡Esa es nuestra canción, la de Henry y mía! Lo decidimos en nuestra primera cita oficial, cuando empezó a sonar en el bar al que habíamos ido. Una sonrisa triste merodea por mis labios cuando recuerdo a Henry diciendo: «¿Sabes, Gertie? Si ahora te beso, esta canción será nuestra para siempre». Y, en respuesta, yo me acerqué a él.
Quiero que Henry vuelva.
Le echo un vistazo a la señora Casablancas, que escribe en su propio papel con una sonrisita taimada en la cara.
Antes de que la señora Casablancas levante la mirada para ver qué estoy escribiendo y me regañe por ello, escribo: «Quiero que Henry vuelva» en mi papel, añadiéndolo a la lista con los otros deseos. Después, siguiendo el ejemplo de mi vecina, sostengo el papel sobre la llama de la vela y miro cómo se quema, envuelto en una voluta de humo, hasta que solo es ceniza plateada que se dispersa sobre la cubierta de una de mis novelas de Arroyo del Caos.
Quiero que Henry vuelva.
La señora Casablancas mira el cielo oscurecido y levanta los brazos.
Cuando habla, su voz melódica resuena en las azoteas, y me preocupa que los vecinos la oigan y se quejen del ruido.
—Invocamos al universo, al éter, a Dios, a las gloriosas diosas de la creatividad, a lady Di, a Buda y a cualquier otra entidad, o lo que sea, que pueda ayudarnos a lograr lo que necesitamos.
Une las manos como si fuera a rezar. Incómoda, yo hago lo mismo.
Abandono mi cuerpo y observo la escena desde arriba. No es halagüeña.
¿Esta soy yo ahora? ¿En esto se ha convertido mi vida?
—Por favor, aceptad nuestra gratitud, en este espacio sagrado, y ayudadnos a alcanzar todo nuestro potencial.
La señora Casablancas me dedica una mirada afilada.
—¿Qué?
—Gertie, expresa tu gratitud.
—¡Oh! Perdón. Sí, esto… Gracias. A todos. Gracias, diosas y… ¡Ah!
¡Buda! — digo —. Buen trabajo.
—Muy bien.
Cuando los papeles se han quemado del todo, la señora Casablancas se limpia las manos en el caftán y me pregunta con entusiasmo qué he pedido.
—¡Oh! Solo he escrito cosas para terminar mi libro — miento, apartando la ceniza de la cubierta del libro.
La señora Casablancas asiente con satisfacción.
—¿Qué ha pedido usted? — le pregunto.
—Hum, he pedido que…, bueno, que aparezca en mi camino alguna oportunidad creativa excitante.
La señora Casablancas me evita la mirada al decirlo. Apaga las velas con rapidez y, tarareando desafinadamente, empieza a guardarlo todo en la maleta.
Entorno los ojos. ¡Ella también ha mentido!
Por un instante, me pregunto qué habrá pedido de verdad, y después me río para mis adentros cuando me doy cuenta de que en realidad no importa.
De todos modos, nada de esto va a funcionar.