Capítulo cuatro
—Oh, Dios, ¿qué pasa?
Me preparo para lo que tenga que decirme. El trauma de la similar declaración de Henry del mes pasado hace que me lata con fuerza el corazón, aunque la señora Casablancas no es el amor de mi vida y seguramente no podría decirme nada que me destrozara tanto como lo hizo Henry. No obstante, empiezan a sudarme las sienes.
—Anoche te… oí — dice la señora Casablancas en voz baja, con una mueca de incomodidad en la boca.
Parpadeo.
—¿Disculpe?
—Te oí en la bañera, Gertie. Llorando. En realidad, yo lo describiría mejor como un sonido quejumbroso.
—Oh, no. ¿Me oyó? ¡Lo siento mucho! ¿La desvelé?
—No fue solo anoche, han sido todas las noches durante treinta días seguidos. Esos lamentos… Empiezan a ponerme los pelos de punta.
La vergüenza me tiñe la cara de un rojo feroz.
—¿Por qué no me lo dijo antes? — le pregunto —. ¡Habría llorado contra la almohada! ¡Debería haberme dicho que bajara la voz!
La señora Casablancas se encoge de hombros y el movimiento hace que sus largos pendientes de zafiro bailen de un modo muy bonito.
—La primera semana, Henry acababa de marcharse, tenías el corazón roto y necesitabas desahogarte, eso pensé. La segunda semana empezaste a cantar un poco, lo que me pareció una mejoría, aunque las canciones fueran melancólicas. La tercera semana dejaste de cantar y empezaste a llorar más fuerte. Al final, anoche te oí gritar: «Dios mío, ¿por qué yo? ¿Por qué yo?
¡Ayúdame, Jesús!». Y me temo que eso me parece realmente demasiado, sobre todo porque te he invitado a venir conmigo a la iglesia en numerosas ocasiones y nunca has aceptado la invitación, ni una sola vez.
—Anoche estaba borracha — protesto con debilidad. La vergüenza me corretea por todo el cuerpo como un ejército de hormigas —. Además, ahora mismo estoy muy muy triste. Henry y yo llevábamos juntos casi cuatro años. ¡Yo creía que íbamos a casarnos! Creía que envejeceríamos y chochearíamos juntos. Creía que…
—Tienes que recuperarte, Gertie — me interrumpe la señora Casablancas, hablándome claro.
Me llevo las manos a las ardientes mejillas y suspiro.
—Lo sé. Lo sé. Lo intento. Quiero recuperarme. Odio sentirme tan rota.
—El desamor es duro; todo el mundo lo sabe. — La señora Casablancas agita una mano con impaciencia —. Procesarlo es necesario, sí, pero… ¿la autocompasión? La autocompasión es como las arenas movedizas: cuanto más te hundes, más difícil te resulta salir.
Me habría gustado decir que no me estoy compadeciendo, pero en mi interior sé que eso no es verdad. Estoy gozando de la autocompasión. Me estoy rebozando en ella como Achuchón cuando se revuelca en los charcos de barro de Hyde Park. Es lo único que sé hacer ahora mismo, lo único que evita que me arrastre hasta un amargo cinismo que, para una romántica como yo, sería el beso de la muerte. Si no puedo dejarme arrastrar por un poco de miseria dramática, ¿qué me queda? ¿La fría, reverberante y duramente iluminada realidad de mi vida? No, muchas gracias.
Me miro fijamente los pies y suspiro . ¿Cómo demonios he llegado a esto?
—¡Acabas de quedarte soltera! — trina la señora Casablancas, eligiendo una galleta de la lata abierta que hay sobre la mesa y dándole delicados bocaditos en los bordes —. ¿No deberías salir con tus amigas? ¿Tener aventuras sin compromiso? ¿Bailar en las discotecas del Soho y darte algún homenaje?
—No soy de esas que tienen relaciones sin compromiso. — Me señalo —.
¿Hasta que la muerte os separe, amén? Lo quiero. Me gustaría mucho.
¿Darme un homenaje con cero conexión emocional? No es para mí.
La señora Casablancas asiente con un pequeño chasquido de lengua.
—De acuerdo, pero ver a tus amigas seguramente te animaría. Al menos, distraería tu solitario corazón. Te ayudaría a comenzar con la siguiente fase de tu vida.
Yo no quiero una siguiente fase en mi vida. Estaba bien en la fase original. Quiero volver a esa fase.
—¿Has llamado a tus amigas? Estoy segura de que se alegrarían de ayudarte en esta época de necesidad.
Me muerdo la comisura del labio. La vergonzosa verdad del asunto es que, desde que conocí a Henry, no sé cómo, pero hice eso tan horrible de dejar a mis amistades abandonadas en la cuneta. Nunca había sido una persona que necesitara una tonelada de amigas porque siempre había tenido a Josie a mi lado, pero las que tenía se habían disipado a medida que me involucraba en mi relación. Las amistades necesitan mantenimiento, y acurrucarme con Henry me robaba todo el tiempo libre que tenía. Y, cuando no estaba con Henry, estaba enfrascada en las vidas de mis personajes.
Nunca jamás estaba sola, lo que significaba que estaba bastante satisfecha.
Pienso en Alicia, a quien conocí el año pasado en una fiesta de la editorial. Quedamos para ir al cine, pero lo cancelé porque Henry pilló una gripe horrible. La segunda vez que la dejé plantada fue en el último minuto, porque The New Yorker acababa de rechazar un relato de Henry y quería que me quedara con él y lo ayudara a animarse. Después de eso, Alicia empezó a escribirme mucho menos, lo que me pareció… justo. Me siento abatida cuando recuerdo lo que Henry me dijo, que mi vida giraba en torno a él.
Me aclaro la garganta.
—Bueno, aunque me encantaría ir a los pubs del Soho con mis muchas amigas, tengo que dedicar toda mi energía a escribir mi último libro de Arroyo del Caos.
La señora Casablancas se traga el resto de la galleta y me mira con sorpresa.
—¿ Todavía no lo has terminado? Ay, madre mía.
Le relleno la taza de té y me río amargamente.
—No me siento muy inspirada estos días. Además, ¿sabe? He estado extremadamente ocupada lloriqueando en el baño.
—Yo tuve el mismo problema el invierno pasado — me confiesa la señora Casablancas, tomando un enorme trago de té —. Fue un bloqueo creativo total, de buenas a primeras.
—Lo siento. Es lo peor.
—Ya te digo. Estuve tres semanas enteras sin hacer nada. Ni gorros, ni ropa… Ni siquiera una funda de cojín, y ya sabes cuánto me gusta hacer fundas de cojín.
Miro el sofá de soslayo: está abarrotado de cojines con todas las fundas que le he comprado a la señora Casablancas en el transcurso de los años.
—Lo sé.
—Cuando me pasó, pensé: «¡Ya está! He agotado mi vena artística. Ya puedo morirme. ¿Qué sentido tiene la vida sin creatividad?». Y entonces vi una publicación en Internet sobre la ley de la atracción y me sentí intrigada de inmediato. ¿Has oído hablar de la manifestación creativa, Gertie? Es increíble. Aled me dio unos libros de la biblioteca, encontré algunos artículos online y vi un vídeo de YouTube que se llamaba «¡Desbloquea tu magia con la ley de la atracción!». Al día siguiente (al día siguiente, en serio), mi veta artística volvía a estar tan llena como el Ganges.
—¿La ley de la atracción? Suena genial, pero ¿qué es exactamen…?
Antes de que pueda terminar la pregunta, la señora Casablancas golpea la mesa de la cocina con ambas manos, sobresaltándome. Se le derrama un poco de té de la taza, que salpica el cuaderno en el que he escrito cero palabras.
—¡Lo haremos juntas, Gertie! — declara —. Una ceremonia de manifestación. Esta noche hay luna llena, que es imprescindible para una ceremonia de manifestación exitosa. ¡Debe de ser el destino! ¡Vamos a hacerlo! Te ayudará con tu bloqueo creativo, sé que lo hará. — Se levanta de la mesa y empieza a recoger los gorros y a guardarlos en la caja de plástico —. No te preocupes, yo lo prepararé todo.
Hago una mueca. ¿Cómo podría decirle que no sin ofenderla?
—¿Una ceremonia? ¿De manifestación? Aunque me gusta pensar que tengo la mente abierta, señora Casablancas, todo esto suena un poco…
—¿Hippy? ¿Magufo? A mí también me lo pareció la primera vez que leí al respecto, pero me sentía tan desesperada que estaba dispuesta a probar cualquier cosa. ¿Tú no estás desesperada, Gertie?
Pienso en Ethan, arrodillado, sosteniendo en alto la caja del anillo. En Cassidy, mirándolo, dividida entre su amor por ese hombre y su miedo a lo desamparada que ese mismo amor la hace sentirse a veces. Los dos se han quedado atrapados para siempre en el último capítulo del cuarto libro. No puedo dejarlos así, en el limbo. He deseado darles a Cassidy y a Ethan su
final feliz desde el mismo momento en que llegaron a mi cabeza, totalmente configurados, esa extraña y triste mañana de hace cuatro años.
Era el 20 de agosto, el cumpleaños de Josie, y ni siquiera había pasado una semana desde su funeral. Me había metido en la bañera para llorar con el consuelo de las burbujas con olor a lavanda cuando, de repente, una mujer llamada Cassidy Oakley me apareció en la mente, clara y cristalina, en nítido HD. Tenía unos veinticinco años, era rubia y con las mejillas sonrosadas, y estaba conduciendo; pasó junto a un letrero de madera que decía «BIENVENIDOS A BEDLAM CREEK, TEXAS», lo que me pareció raro teniendo en cuenta que yo nunca había estado en Estados Unidos, y mucho menos en Texas. Pero allí estaba ella, como si una película se me reprodujera en la mente, de camino al funeral de su padre, un vaquero llamado Big Chip Oakley, nerviosa ante la perspectiva de encontrarse con su malvado hermanastro, River Oakley, pero deseando ver el rancho Oakley, el lugar donde creció, después de casi diez años. Había leído de autores que habían experimentado una inspiración así, la repentina aparición de personajes totalmente configurados, listos para llevar. ¿Era eso lo que me había pasado a mí, en el baño, en mitad de una crisis?
La curiosidad, la distracción que me proporcionó aquella visión, fue para mí un gran alivio, una bendición, sobre todo porque lo único que había sentido desde la muerte de Josie, dos semanas antes, era una implacable y profunda tristeza, además de un remordimiento que hacía que me dolieran los huesos. Recuerdo que dejé de llorar mientras me imaginaba a aquella rubia decidida y segura de sí misma cantando algo de Kate Bush en su descapotable rojo con tanta pasión que estuvo a punto de no ver al atractivo médico que cruzaba la polvorienta carretera en bicicleta. Ese hombre era Ethan Calhoun, y no solo se fijó en ella: se quedó inmediatamente prendado. ¿Qué necesitaba Cassidy? ¿Cómo encajaba en ello el atractivo e inteligente hombre de la carretera? ¿Y qué sería del famoso rancho Oakley ahora que Chip Oakley había muerto? ¿Tendría Cassidy la oportunidad de trasladarse al lugar que tanto había amado? ¿O se lo impediría su mujeriego y mezquino hermanastro, River, como siempre había hecho?
Josie siempre me había animado a hacer algo con mis sueños de ser escritora, a dejar de esquivar mis deseos. Solía decirme: «¡Échale agallas, Gertie!». Era su modo de decirme que le enseñara al mundo aquello de lo que era capaz. Así que me tomé la repentina llegada de Cassidy, ese día
concreto, como una señal de que quizá debía intentar escribir una novela.
Allí estaban los personajes y la ubicación, servidos en bandeja, y al menos me ayudaría como distracción del insoportable dolor que sentía. Cassidy, Ethan y los dispares residentes de Bedlam Creek, Texas, le habían hecho compañía a esta británica obsesionada con el romance desde entonces.
Al menos, así había sido.
Pienso en los cada vez más preocupados correos de Bridget, en los mensajes que recibo de los lectores diciéndome que esperan con impaciencia el último libro. Cuánto han esperado a que Cassidy Oakley consiga todo lo que siempre ha querido, a que Ethan Calhoun termine por fin su formación como cirujano, a que River Oakley reciba por fin su merecido. Pienso en cuánto echo en falta a estas personas que han vivido en mi cabeza tanto tiempo. Mi corazón los añora.
—Porque a mí me pareces realmente desesperada — me dice ahora la señora Casablancas —. No te ofendas.
—No me ofendo — miento —. Y tiene razón. Estoy desesperada. Pero no estoy segura de que una ceremonia…
—Gertie, de no ser por la ceremonia de manifestación creativa que hice, tú no llevarías el magnífico gorro que tienes ahora mismo en la cabeza. ¡Ese gorro ni siquiera existiría! Lo siento, pero tienes que salir de este bucle. No soporto más lloriqueos. Ni una noche más. En serio, ¿qué tienes que perder?
La señora Casablancas recoge su caja de plástico de gorros y se dirige a la puerta. Yo la adelanto para abrir. Lo último que quiero hacer esta noche es una absurda ceremonia con mi vecina. Tenía planes para hoy: más cócteles Tucci, más carne a domicilio y llorar con la cara aplastada contra una almohada en lugar de libremente en la bañera. Pero no puedo decirle a la señora Casablancas que no, no solo porque sería muy grosero, sino también porque ella es la única persona con la que cuento hoy en día.
Todavía tienes a mamá y a papá, replica una voz vaga en el fondo de mi cabeza. La descarto, como siempre hago.
—Vale. — Levanto las manos, rindiéndome —. Vamos a hacerlo. Tiene razón. Es patético, pero no tengo literalmente nada que perder.
—Buena chica. ¡Achuchón! ¡Ven conmigo! — le ordena a Achuchón, que estaba escondido junto a la estantería mordisqueando unas pantuflas de Henry que yo podría (o no) haberme aplastado contra el corazón en los momentos más patéticos de la noche anterior.
Achuchón no le hace caso.
—¡Achuchón! ¡Sándwich Reuben! — prueba. En respuesta, el animal suelta de inmediato la pantufla y corre hacia ella para sentarse dócilmente a su lado. La mujer se dirige a mí en un susurro —: Hoy no tengo sándwich Reuben, voy a comer crema de guisantes, pero eso él no lo sabe porque es un perro. — Me guiña el ojo —. A las ocho en punto. En la azotea. Trae tus novelas. Te traeré tu caftán un rato antes.
—¿Mi caftán? Espere, ¿qué?
—Confía en mí — responde, y regresa tranquilamente a su apartamento sin mirar atrás. Achuchón sale corriendo tras ella, pensando en sándwiches —. Tu vena artística estará a rebosar en un periquete.