Capítulo tres
A la mañana siguiente me despierta de un sueño ligero mi vecina de al lado, la señora Casablancas, aporreándome la puerta. Sé que es ella porque hoy en día nadie más llama a la puerta sin avisar antes, y porque está gritando a través de la cerradura: «¡Gertie, cielo! ¡Soy yo, la señora Casablancas!
¡Ábreme la puerta!». Un ladrido decidido de Achuchón, el revoltoso cruce de chihuahua y carlino que la señora Casablancas se arrepiente en secreto de haber adoptado hace unas semanas, acompaña sus gritos.
Me levanto de la cama con un gemido; el cóctel de más que me tomé anoche hace acto de presencia en mi dolor de cabeza.
—¡Solo un segundo, señora Casablancas! — grazno.
Me obligo a abrir los ojos legañosos, me pongo las gafas de sol graduadas, me echo por encima la bata y arrastro los pies los dos metros que hay hasta la puerta. La abro y me encuentro a la señora Casablancas con un largo y fluido vestido púrpura cubierto de rosas bordadas a mano y un enorme táper en la mano. Achuchón entra corriendo, directo a mi maceta de piedra, donde levanta la pata trasera, se inclina bruscamente a la izquierda y vacía la vejiga.
—¡Achuchón, no! — La señora Casablancas le riñe con la voz cansada de una mujer que ha dicho lo mismo muchas veces sin que sirva para nada —. ¡Gertie, lo siento mucho!
—¿Eso también lo hace en su casa? — le pregunto con una mueca, mientras cojo papel de cocina para limpiarlo.
—¡No! Me muerde las zapatillas, me roba mis sándwiches Reuben y, como sabes, le gusta ladrar siempre que oye la música de Las chicas Gilmore, pero nunca nunca se hace pipí dentro. Debe de ser el olor de la tierra de tu ficus. Le hace creer que está al aire libre.
—Es una planta de plástico.
—¿En serio? Guau. Parece de verdad. A él también debe de parecérselo.
Pienso en pedirle que le ponga la correa a Achuchón cuando lo traiga a mi casa, pero, desde que Henry se marchó y mis personajes dejaron de hablarme, la compañía de la señora Casablancas ha sido mi único bálsamo.
No me gusta la idea de hacer algo que provoque que deje de venir a visitarme, ya que me quedaría totalmente sola. Levanto en los brazos el pequeño cuerpo regordete de Achuchón. Me lame la nariz y frota la cara contra mi mejilla.
—Bueno, ya te he perdonado — murmuro, disfrutando de la sensación de su suave calidez en mi cara. Tan pronto como le muestro mi cariño, Achuchón quiere largarse: se revuelve frenéticamente para que lo deje en el suelo y se aleja corriendo de mí para olfatear el perímetro de mi apartamento.
—Eres muy blanda con él. — La señora Casablancas pone los ojos en blanco —. Igual que yo. No me extraña que esté tan malcriado. — Deja el táper sobre la mesa de la cocina y se coloca las manos en las caderas.
La señora Casablancas es como si alguien hubiera dibujado un montón de círculos uno encima de otro y puesto una carita sonriente en el más alto.
Todo en ella es total y agradablemente esférico: la cabeza, el pecho, los ojos, el estómago, su rizado cabello plateado, sus tobillos e incluso sus manos, cubiertas de anillos de oro demasiado apretados, que le forman pequeños michelines en los nudillos. La señora Casablancas había sido profesora de Ingeniería Química en el Imperial College London, pero desde su jubilación, hace dos años, ha explorado caminos más creativos.
—¿Qué cócteles probaste anoche? — me pregunta, fijándose en mi estado —. ¿Todos?
—Solo el Tequilatini. — Hago una mueca y me llevo una mano a la frente —. Muy fuerte. Muy rico.
—Como te dije, ese hombre sabe lo que hace, el viejo señor Tucci.
Le echo un vistazo a mi teléfono mientras la señora Casablancas se entretiene abriendo la tapa del táper. Una llamada perdida de Bridget. Nada de Henry. Nada de Henry. Nada de Henry.
Apago el teléfono, me cambio las gafas de sol por las gafas normales y contengo la respiración, como hago siempre que la señora Casablancas me enseña los últimos sombreros que ha hecho. Normalmente son temáticos, dependiendo de la estación en la que estemos o de lo que haya interesado a mi vecina esa semana. A menudo están adornados con lentejuelas, brillantes
o perlas recuperados de broches comprados en tiendas de segunda mano. Yo describiría los sombreros como únicos, aunque he oído a otros describirlos como «profundamente perturbadores» y, una vez, «más feos que un pecado».
—¡Guau! — exclamo, mientras observo las distintas opciones que me presenta: un fedora rosa hecho con tela de toalla, una gorra de béisbol cubierta de gorras de béisbol en miniatura, un gorro de lana con llamas rojas y naranjas de fieltro en el borde. Me decido por una boina roja con una enorme araña hecha con limpiapipas posada en el lateral. Los ojos de la araña están confeccionados con diminutas esmeraldas verdes. Este no está mal en realidad. Por primera vez desde que empecé a comprarle estos sombreros, me gusta de verdad.
—Es un poco Tim Burton, ¿a que sí? — La señora Casablancas sonríe, quitándome la boina de las manos y poniéndomela en la cabeza —. Me he tragado la serie entera de Miércoles y eso ha hecho que resurja mi inclinación natural hacia lo macabro. — Me pasa un espejo de mano con el marco dorado que llevaba en la caja y lo sostiene ante mí.
Parezco una loca.
—¿Te encanta? — me pregunta la señora Casablancas.
—Me encanta — digo con firmeza —. Me lo voy a quedar, gracias.
—Este es un poco más caro, cielo. Por los ojos de esmeralda, ¿sabes?
¿Cincuenta libras te parece bien?
Hago una mueca, pero por dentro. Una vez me entregaron por error el correo de la señora Casablancas y lo abrí sin querer: era una carta del banco denegándole un préstamo. Londres es cada vez más cara, y, por lo que he leído en Internet, las pensiones del profesorado dejan mucho que desear.
—Es una auténtica ganga — le aseguro.
La señora Casablancas me da un beso de alegría en la mejilla y el conocido olor fresco de su champú de azahar me anima momentáneamente.
—Gertie, eres mi clienta más fiel. Me has alegrado el día… — La mujer hace una mueca y suspira —. Pero me temo que no he venido solo para traerte los maravillosos sombreros. Tengo que decirte una cosa… y no estoy segura de que vaya a gustarte.