Mi amor entre páginas Capítulo dos
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Capítulo dos

Cuando estar en pareja es lo único que has conocido, quedarte inesperadamente soltera es difícil de sobrellevar. Pasarme la vida entera siendo la devota compañera de aventuras de mi hermana mayor, Josie, me enseñó que afrontar la vida entre dos era mejor en todos los sentidos posibles. La valentía de Josie compensaba mi reticencia. Mi prudencia la mantenía alejada (casi siempre) de los problemas. Mi tendencia natural a fundirme con el fondo se veía equilibrada por el deseo de Josie de tener los focos sobre su persona. A ella le encantaba cocinar, a mí me encantaba comer; yo era el ping, ella era el pong. Tenía sentido. Con Josie, la dicha era el doble de dichosa, y el dolor, la mitad de doloroso. A mí me parecía que salía a cuenta. Dos era claramente mejor que uno. Así que, cuando conocí al atractivo y seguro de sí mismo Henry diez días después de que Josie muriera, me pareció lógico, además de un consuelo y una distracción perfecta, convertirme en su devota compañera de aventuras. Pero ahora él también se ha ido. Y, para un ser humano cuya alma solo se completa siendo la otra mitad de algo, la repentina ausencia de esa otra mitad implica dejar de funcionar como es debido. Soy un cincuenta por ciento menos de lo que era antes. Y me he vuelto…, bueno, un poquito loca.

Por ejemplo, aquí hay tres cosas un poquito locas que he estado haciendo desde que Henry se marchó el mes pasado: 1. Llevar gafas de sol graduadas dentro de casa durante todo el día porque el verano es la estación más romántica de todas y, en estas circunstancias, el implacable sol de agosto me parece odioso, burlón e insoportable. Cada vez que me pongo las gafas canto: «Hello, dark ness, my old friend», y eso me hace sentir un poco mejor durante un par de segundos.

2. Beber no menos de cuatro cócteles caseros bien cargados cada noche (estoy probando todas las recetas de Stanley Tucci del confinamiento), pedir algo de comida a domicilio que lleve carne, ponerme los auriculares y escuchar End of the Road, de Boyz II Men. Después vago lánguidamente por el apartamento, suspirando con tristeza de vez en cuando y comiendo carne.

3. Ocultarle a Bridget, mi agente literaria, que estoy teniendo problemas serios para escribir una sola palabra del último libro de Arroyo del Caos, cuya fecha de entrega vence en poco más de dos semanas y no es negociable. Y por el que ya me han pagado, encima.

No ayuda que mi apartamento sea también mi lugar de trabajo y que hasta el último rincón me recuerde al encantador Henry. Esa mesa coja de la cocina donde él se sentaba cada mañana para escribir en un cuaderno con tapas de cuero, planificando la novela que llegaría a la preselección de los premios Booker. La cama en la que arrancó y esparció cientos de pétalos de rosas de color rosa como sorpresa de San Valentín. Esa butaca de terciopelo verde oliva en la que me hacía sentarme en su regazo para enterrar la cara en mi cuello y decirme que el mío era su olor favorito del mundo, incluso mejor que el de las cerillas recién apagadas (su anterior olor preferido de todos los tiempos). Ahí, en el frigorífico, está nuestra invitación para el cuarenta cumpleaños de su mejor amigo, Jim, una escapada de fin de semana que yo esperaba con especial ilusión porque me encantan los planes románticos en hoteles elegantes.

Y allí, junto a aquella ventana en voladizo, fue donde lloró y me dijo que yo ya no era suficiente. Que ya no le suponía un reto. Que vivir siempre en nuestra burbuja le estaba abotargando el cerebro. Que yo había empezado a dedicarme tanto a él que a veces se sentía en la obligación de quererme solo por lo mucho que yo lo quería. Allí hizo la horrible declaración sobre la necesidad de separarnos un tiempo. Arg.

Y justo allí, junto al enorme póster enmarcado de Hechizo de luna, fue donde le supliqué que se quedara. Donde me detuve y observé, horrorizada, cómo salía por la puerta con la maleta con ruedas que ya tenía hecha.

Por supuesto, he intentado salir del apartamento para ir a escribir a una cafetería local o a la London Library o a un banco del parque o, una vez, a la catedral de Winchester, porque es allí donde Jane Austen está enterrada y

pensé que quizá me proporcionaría inspiración. Pero no funcionó. No escribí una sola palabra y terminé gastándome un dinero que no tenía en bebidas, billetes de metro y merchandising de Jane Austen de la tienda de regalos de la catedral.

Habría intentado llevarme el portátil a otras partes de la casa, pero vivo en un estudio, lo que significa que desde cualquier punto del apartamento puedo ver el resto. Así que sigo rodeada de recuerdos, recordatorios de un amor perdido que me conducen inexorablemente al bucle Boyz II Men/melancolía/carne que en mi interior sé que me está dañando de modos que todavía no puedo imaginar.

La pantalla del teléfono se ilumina cuando mi agente, Bridget, me llama para su seguimiento semanal. Debería responder. Tengo que responder.

Rechazo la llamada.

Unos minutos después me llega un correo electrónico.

¡Solo un saludillo para saber cómo lo llevas! No quiero agobiarte, pero…

¿estás bien, Gertie? No he sabido nada de ti, y esperaba que me mandaras algunas páginas. Por cierto, pregunté en Rock- ford Press por la renovación del contrato para una nueva saga, pero Eleanor quiere ver primero cómo va el último libro de Arroyo del Caos. Sobre todo, porque las ventas del anterior han sido más bajas de lo que esperábamos. ¡Así que este tiene que ser un éxito! ¡Pero no te agobies!

Miro el suelo durante un minuto entero antes de escribir una respuesta.

¡Hola, Bridget! Estoy en la London Library escribiendo, así que no puedo hablar porque no quiero que el bibliotecario me asesine, pero todo va bien. ¡Hablamos pronto! Besos.

Después me encamino a la cocina, saco una taza del estante y abro la alacena donde guardo el alcohol.

Sorpréndeme, Tucci.