Mi amor entre páginas Capítulo uno
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Capítulo uno

24 horas antes

Siempre he creído que la clave para ser una buena escritora de novela romántica es poseer una fe verdadera e inquebrantable en los conceptos sobre los que escribes: desde los primeros besos que lo cambian todo hasta los finales felices conseguidos con mucho esfuerzo; desde las relaciones que se desarrollan tan agonizantemente despacio que te dan ganas de chillar hasta la idea de que todos los corazones humanos tienen su media naranja.

Una buena escritora de novela romántica tiene que creer sinceramente que, a pesar de (afrontémoslo) la enorme cantidad de pruebas de lo contrario, el amor es de verdad lo único que necesitas. Incluso en los días oscuros.

Incluso cuando la vida se te hace un poco cuesta arriba. Incluso entonces, tienes que estar segura de que pasarte la vida creando personajes de ficción para que se enamoren de otros personajes de ficción merece totalmente la pena. Tienes que mantenerte firme en la convicción de que tus historias son importantes, de que proporcionan alegría y hacen que los lectores se sientan mejor y más esperanzados de lo que se sentían antes de experimentar lo que tú escribiste para ellos. La literatura romántica no es para los cínicos. Para ser buena en este trabajo, tienes que estar completa y totalmente, sin albergar duda alguna, enamorada del amor. Tienes que ser una auténtica creyente.

Y yo, Gertie Bickerstaff, era una auténtica creyente. La mejor. Estaba totalmente enamorada del amor.

Se me daba bien, además. Tres años y medio de relación con el encantador, atractivo y maduro Henry Irving. Cuatro novelas románticas publicadas en mi haber. Un lavabo doble en un ático minúsculo pero divino en Bloomsbury. ¿Podría decirse que estaba petándolo en el amor? Sí.

¿Estaba yo, quizá, un poquitito subida porque estaba petándolo en el amor?

También. ¿Me sorprendió que Henry me expresara de repente que necesitaba un tiempo porque se sentía «emocionalmente apático» en nuestra relación? Oh, sí. Cuando pronunció esas palabras en voz alta, se me cayó el trozo de pastel de chocolate que estaba engullendo y chillé: «¿Quéééééé?

¡Nooo!» como si estuviera en una serie de la tele.

«Emocionalmente apático». Brutal.

Me lo tengo bien merecido por ser tan arrogante.

Ahora, cuatro semanas después, mi condición de auténtica creyente en el amor se ha visto gravemente afectada. Me siento a la mesa de la cocina y miro fijamente mi portátil, intentando escribir algo sin conseguirlo.

Mantengo las manos en el aire, ansiosas por caer sobre el teclado, por presionar unas letras que formen palabras que formen frases que formen capítulos que formen el último libro de mi saga romántica Arroyo del Caos, destinada a aterrizar en la mesa de mi editora en exactamente doce días.

—Vamos, chicos — murmuro, instando a mis personajes a decir o hacer o sentir o pensar algo, esperando la llegada de incluso la más mínima inspiración —. ¡Tengo una fecha de entrega!

Pero mi protagonista, Cassidy Oakley, y su interés romántico, Ethan Calhoun, se niegan a hacer nada… Siguen como estatuas en la escena final del último libro que escribí de Arroyo del Caos.

Mi imagen mental, normalmente tan intensa mientras escribo, se ha desvaído hasta convertirse en una foto fija en escala de grises. Mi querida Cassidy está en completo silencio, totalmente quieta. La película se ha pausado en mi cabeza, y por eso las palabras no acuden a mí.

Me dejo caer sobre la encimera mientras me preparo una taza de té y veo mi reflejo en el brillante acero de la tetera. Mi rostro, ahora permanentemente húmedo por las lágrimas, está serio y enrojecido; mi largo cabello rubio oscuro es un nido de pájaros despeinado, y las cejas están a punto de convertirse en ceja, en singular.

Expulso el aire de las mejillas. Dios, últimamente soy como un fin de semana lluvioso. Me arrastro por el apartamento dejando en mi estela un rastro de pañuelos empa pados en lágrimas. Y, por supuesto, después del arrastrarse y del llanto llega la inevitable oleada de vergüenza. Una mujer más fría, más valiente y más independiente usaría esta ruptura como un catalizador para conseguir cosas mejores, como una oportunidad para crecer, un nuevo comienzo. Yo quiero ser esa mujer. Ojalá fuera esa mujer.

Dios sabe que he intentado ser esa mujer, pero parece que no puedo conseguirlo debido a…, bueno, a mi personalidad.

Tomo aire profundamente e intento hacer acopio de un poco de rabia en mis tripas, encontrar algún atisbo de esperanza o de entusiasmo, cualquier cosa que no sea esta patética y llorosa inercia en la que llevo sumida un mes entero.

—Recomponte, Gert — riño a mi distorsionado reflejo en la tetera —. ¡Sé fuerte! ¿Qué haría una valiente heroína en esta situación? ¿Qué haría Florence Pugh?

En respuesta, un nuevo cargamento de lágrimas se me abre paso hasta los ojos, esta vez acompañado por una asquerosa burbujita de moco en la fosa nasal.

Ya. Está claro que yo no soy la protagonista.