Mi amor entre páginas Prólogo
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Mi amor entre páginas

Mi amor entre páginas

Por Kirsty Greenwood

© inepub.com

Prólogo

Hay un tipo raro en mi sofá.

Un vaquero.

Un vaquero sin camisa, ni más ni menos, con sus grandes músculos bronceados a la vista, lleno de moratones y de lo que parecen manchas de carbón.

No grito. Siempre pensé que gritaría en una situación así (si alguien entrara en mi casa, por ejemplo, si un vaquero apareciera de repente en mi salón, ante un potencial e inminente asesinato). En lugar de eso, agarro lo que tengo más cerca para tapar mi desnudez. Por supuesto, es la boina roja con la araña que acabo de comprarle a la señora Casablancas. Una de las larguiruchas patas de la araña, confeccionada con un limpiapipas, se me clava en el interior del muslo. Ay.

—Vete, por favor — le digo al desconocido, con la voz temblorosa y dos octavas más aguda de lo normal —. Yo no… no sé qué estás haciendo en mi casa, a qué has venido, pero no deberías estar aquí y tienes que marcharte de inmediato.

¿Cómo ha conseguido entrar? Miro de soslayo la puerta, que está cerrada por dentro, como siempre. La ventana está abierta, pero mi apartamento se encuentra en la cuarta planta del edificio. ¿Ha… ha escalado la fachada?

El hombre clava sus ojos, ilegibles bajo la sombra de su sombrero Stetson, en los míos. Parpadea como si acabara de despertarse y aparta rápidamente la mirada de mi cuerpo desnudo, lo que me parece inesperadamente respetuoso teniendo en cuenta que se trata de un intruso que ha entrado en mi casa con la idea de asesinarme. Puede que no sea un asesino entonces… ¿Un ladrón, quizá?

—Si… si eres un ladrón, a kilómetro y medio de aquí tienes opciones mucho mejores — le indico, hablando a trompicones —. Yo solo soy escritora. Todo lo que poseo solo tiene valor sentimental. — Señalo la

tele —. Puedes quedarte el televisor si quieres, aunque es bastante viejo. La pantalla no es OLED. Seguro que hay tecnología mucho mejor en las casas de Marylebone. Apuesto a que allí también tienen montones de joyas.

Cuberterías de plata y Birkins auténticos, si eso es lo que buscas. Hay una casa muy elegante en…

Cierro la boca cuando se me ocurre que este no es el momento ni el lugar para intentar ser servicial.

El vaquero se mira las botas polvorientas, con el ceño fruncido. Se pasa una mano por el bozo de la mandíbula y no puedo evitar notar que es una mandíbula excelente, tanto como puede serlo una mandíbula.

Espabila, Gertie.

—Si te marchas ya, te prometo que no llamaré a la policía — le digo, intentando que mi voz exprese algo de seriedad, pero fracaso.

Es mentira. Por supuesto que voy a llamar a la policía. Alguien tiene que advertir a los residentes de Maryle bone para que cierren sus puertas con llave.

El hombre se levanta del sofá, casi golpeando el techo con su sombrero Stetson marrón oscuro. Avanza un paso.

—¡No me mates, por favor! — grito —. Puede que justo ahora no tenga muchas razones por las que vivir, pero no quiero morir.

Tengo una breve visión de mi funeral. ¿Lloraría Henry si me muriera?

Claro que lloraría. ¿Verdad?

El vaquero mantiene la mirada fija en el suelo mientras levanta la mano e inclina el sombrero despacio en mi dirección.

—Señora — dice, con acento norteamericano y una voz imposiblemente grave —. No planeo asesinarla. — Mira la ventana abierta con los ojos entornados, confuso —. Pero voy a necesitar que me diga una cosa ahora mismo… ¿Dónde diablos estoy?