EPÍLOGO
CHESTER BOYD
El sonido de la llave girando en la cerradura de nuestra puerta seguía siendo mi música favorita de todo el mundo.
Ocho meses. Hacía exactamente ocho meses desde que había dejado atrás aquella puta casa en ruinas, había encerrado mi pasado en una caja fuerte y había tirado la llave.
Y cada vez que abría la puerta de este minúsculo estudio en el centro de la ciudad universitaria, sentía como si estuviera respirando aire puro por primera vez.
Empujé la fina puerta de madera con el hombro y entré; el olor a café recién hecho y a canela me golpeó en la cara como un abrazo de bienvenida.
El apartamento era ridículamente pequeño.
Básicamente era un cuadrado donde la cocina, el salón y el dormitorio compartían el mismo oxígeno, con un único baño que más bien parecía un aseo de lo pequeño que era.
Pero, para mí, era un palacio. En una esquina, cerca del único ventanal que daba a la concurrida calle, estaba su mesa de costura, abarrotada de retales de telas caras, cadenas de metal, alfileres y cuadernos de bocetos de la carrera de Diseño de Moda que estaba devorando en la universidad.
Al otro lado, nuestro sofá cama, unas estanterías rústicas de madera que yo mismo había construido con restos de material de mi trabajo, y unos ganchos en la pared donde mis cazadoras de cuero compartían espacio con sus chaquetas customizadas.
Tiré mi pesada mochila al suelo cerca de la puerta y me quité las botas sucias de cemento y polvo.
Acababa de llegar de mi turno del sábado por la mañana en la constructora donde conseguí trabajo en cuanto nos mudamos aquí.
Al principio, me contrataron solo como peón de almacén en la obra.
Cargaba sacos de cemento, descargaba ladrillos y montaba andamios.
La fuerza bruta que usaba para hacer daño a los demás en el instituto, empecé a usarla para construir cimientos.
Pero, con el paso de los meses, los dueños de la empresa se dieron cuenta de que tenía una facilidad asombrosa para las medidas y las herramientas.
Empezaron a meterme en la oficina, enseñándome a leer planos, a entender las estructuras.
Y fue allí, en medio del polvo de yeso y el olor a café de oficina, donde descubrí lo que quería hacer el resto de mi vida.
Ya no quería romper cosas; quería construir lugares donde la gente pudiera sentirse a salvo.
—Si pisas mi alfombra limpia con esos calcetines sucios de la obra, te juro que le paso las tijeras de zigzag a tus camisetas negras —sonó la voz de Allan desde la pequeña barra de la cocina.
Levanté la cabeza, y el corazón me dio el vuelco de siempre.
Allí estaba, encajonado entre el hornillo de dos fuegos y el fregadero, llevando únicamente unos pantalones de chándal grises y holgados que le caían peligrosamente bajos por las caderas y una camiseta de un grupo de heavy metal cortada de tal forma que dejaba a la vista su pálido abdomen.
Tenía el pelo castaño alborotado, con algunos rizos pegados a la frente sudada por el calor del fuego.
Estaba terminando de hacer café y sacando un molde de bizcocho del horno.
—Ya me he quitado las botas, relájate. No voy a ensuciar tu castillo —murmuré, acercándome a él solo en calcetines.
Rodeé su fina cintura con mis grandes brazos desde atrás, apoyando mi ancho pecho en su espalda y hundiendo la cara en la curva de su cuello caliente.
El olor de su perfume mezclado con el aroma a café me hizo cerrar los ojos.
Le di un beso largo en la piel, sintiendo cómo suspiraba y se apoyaba contra mi pecho.
—Apestas a cemento y a sudor de macho trabajador.
Vete a darte una ducha rápida porque la caballería debe de estar al caer.
Mis padres me han mandado un mensaje diciendo que ya han pasado el peaje, y Chloe ha dicho que su autobús ha llegado a la estación hace media hora —dijo, girando ligeramente la cara hacia atrás para rozar sus labios contra mi mejilla.
Gemí de frustración, apretándole la cintura un poco más fuerte, rozando mi barba incipiente contra la piel de su cuello. —¿No podríamos echar la llave, fingir que no hay nadie en casa y pasarnos el resto del sábado metidos en esa cama? Estoy reventado.
Allan soltó una risa corta, y el sonido vibró contra mi pecho, y me dio un suave manotazo en el brazo.
—Ni lo sueñes. Ya sabes que mi madre averigua las contraseñas de las cerraduras solo con la fuerza de su mente.
Y Chloe echaría esta puerta abajo. Hace un mes que no los vemos, Chester.
Vete a la ducha de una vez. Yo ya he recogido todo por aquí.
Sabía que tenía razón. Nos habíamos mudado a esta ciudad en cuanto recibió la carta de admisión para la universidad de moda.
Yo no lo dudé ni un solo segundo. Metí mi escasa ropa en mi mochila de lona, cogí el dinero que había ahorrado de unos trabajillos que hice y seguí a Allan.
Dejamos atrás nuestra antigua ciudad con mucho orgullo.
Mi padre no debió de notar mi ausencia hasta que le entró hambre, pero a mí eso me daba igual desde hacía mucho tiempo.
Chloe, Sam y Ben habían entrado en otra universidad, en una ciudad a un par de horas de aquí.
Nuestra pequeña tribu de marginados se separó geográficamente, pero el grupo de chat no pasaba ni un solo día sin pitar con los mensajes neuróticos de Chloe.
A regañadientes le solté la cintura y fui a nuestro minúsculo baño.
Me di una ducha rápida, restregándome el polvo de la obra de la piel, dejando que el agua caliente relajara mis músculos doloridos.
Cuando salí, me puse unos vaqueros negros limpios y una camiseta gris ajustada.
Mientras me secaba el pelo con la toalla, sonó el timbre de nuestro estudio, seguido de unos golpes frenéticos en la madera.
—¡Abran esta puerta en el nombre de la ley y de la alta costura! —la voz chillona de Chloe se filtró por el pasillo del edificio.
Allan esbozó una sonrisa gigantesca, dejó los trapos de cocina y corrió a abrir la puerta. En cuanto la madera cedió, nuestro pequeño salón fue invadido por un huracán de brazos, gritos y bolsas del supermercado.
Chloe se tiró encima de Allan, y los dos cayeron en el sofá cama en un abrazo histérico.
Llevaba un abrigo de piel sintética verde lima y pantalones de vinilo, el maquillaje impecable como siempre, el pelo suelto y con volumen.
Justo detrás de ella entraron Sam, con una cazadora vaquera llena de parches de grupos de música, y Ben, sujetando dos briks de zumo y ajustándose las gafas.
Y cerrando la marcha, llenando nuestro pequeño estudio con esa absurda energía de paz y luz, entraron Gaia y Solano.
Gaia llevaba su habitual ropa vaporosa, trayendo una fuente cubierta con papel de aluminio, y Solano cargaba con una bolsa de pan y queso, con una amplia sonrisa asomando por debajo de sus rastas.
—¡Chester, hijo mío! —exclamó Gaia en cuanto me vio salir del baño. Dejó la fuente en la encimera y vino directa hacia mí, envolviéndome en aquel fuerte abrazo que me salvó de la oscuridad meses atrás. Le devolví el abrazo de inmediato, dándole un beso en la coronilla con un profundo respeto.
—Hola, Gaia. Qué alegría veros. Hola, Solano —saludé, estrechándole la mano al padre de Allan, que tiró de mí para darme un rápido abrazo por los hombros.
—Vuestro apartamento tiene una energía maravillosa. Se puede sentir el amor impregnado en las paredes —comentó Gaia, cerrando los ojos y respirando hondo, con las manos extendidas en el aire como si estuviera sintiendo el aura del lugar.
Chloe se despegó de Allan y corrió a abrazarme a mí también. —¡Boyd! ¡Mi bestia favorita! Mira el tamaño de tu brazo, ¿estás cargando con todo el edificio a cuestas? —me apretó, riendo.
—Casi —me reí, soltándola y dándoles un puñetazo amistoso en el hombro a Sam y a Ben—. ¿Qué pasa, tíos? ¿Sobreviviendo a vuestra universidad?
—A duras penas y a medias —suspiró Sam, sentándose en uno de los pufs que había en la alfombra del salón—.
Mi profesor de Escenografía es un sádico que se cree que tenemos que construir maquetas de teatros usando solo palillos de dientes y odio.
Me estoy pasando noches en vela a base de bebidas energéticas.
Pero está mereciendo la pena. Os echamos de menos a los dos, todos los días.
La carrera de teatro no tiene la misma gracia sin las crisis de Allan y sin tu presencia para espantar a los gilipollas del pasillo.
El espacio era diminuto, así que en pocos minutos estábamos todos apiñados.
Chloe se desparramó en el sofá con Allan; Sam y Ben se sentaron en el suelo sobre la alfombra con las piernas cruzadas; Gaia tomó el control de nuestra pequeña cocina improvisando platos y servilletas, y Solano y yo nos apoyamos en la pared cerca de la ventana.
El olor a café, bizcocho, pan recién hecho y una tarta de manzana que había traído Gaia inundó el ambiente.
Su energía amorosa llenó el apartamento, y me sorprendí a mí mismo apoyado en la pared, contemplando la escena, sintiendo un calor en el pecho que juraría que era pura felicidad.
Yo nunca había tenido eso. Mi antigua casa era una tumba de silencio y miedo.
Tanta gente apretujada en un dormitorio con salón, hablando a la vez, riendo, comiendo bizcocho con las manos y dejando caer migas en la alfombra.
Eso era una familia. Esta pandilla de inadaptados era mi nueva familia.
Y el centro de toda aquella constelación era Allan, gesticulando con sus manos llenas de anillos de plata, contando algún cotilleo sobre un profesor de moda que intentó humillarle en la clase de Historia del Arte y que salió llorando del aula tras la respuesta que le dio.