CAPÍTULO 18 #3
Soltó una risa ronca, un sonido bajo y delicioso que me vibró directo en el estómago, y su cuerpo cedió por fin.
La rigidez desapareció. Relajó sus anchos hombros, y sus brazos me sujetaron con un cuidado y una adoración que me dejaron completamente sin aire.
Empezamos a bailar como una verdadera pareja.
Girando despacio bajo el techo estrellado de luz azul, completamente ajenos a las miradas de asco o de asombro que venían de las mesas de alrededor.
Apoyé la cabeza en su fuerte hombro, cerrando los ojos, dejándome llevar por el olor a menta, a cuero limpio y a hombre que emanaba de él.
Allí dentro, en aquella pista, éramos la única cosa que tenía sentido en todo el universo.
La música iba por la mitad, y el ambiente de entrega era tan perfecto que pensé que el final de la noche sería pacífico. Pero el instituto no perdona un triunfo sin intentar una última demostración de bajeza.
El sonido de unos pasos firmes y el ruido de risas forzadas cortaron la melodía del piano cerca de nuestra zona en la pista.
—Mirad si no es la pareja del año —la voz arrastrada y gangosa de Trent rompió nuestra burbuja.
Abrí los ojos despacio, sintiendo que el cuerpo de Chester se paralizaba al instante en mis brazos. Dejamos de movernos. Separé la cabeza de su hombro y me di la vuelta, manteniendo un brazo alrededor del cuello de Chester.
Allí estaban. El comité de recepción del infierno.
Trent estaba de pie a dos metros de nosotros, acompañado por Marcus y Derek.
El aspecto de Trent era divertidísimo: llevaba un traje azul marino que le venía demasiado grande, pero lo que más destacaba era su enorme vendaje.
Una tira de esparadrapo blanco le cubría toda la nariz y se extendía hasta las mejillas, dejándole los ojos ligeramente hinchados y morados, resultado del puñetazo que le dio Chester.
Marcus estaba a su lado, con los brazos cruzados, intentando poner cara de malo, y Derek masticaba chicle con una forzada cara de aburrimiento.
Habían venido a hacer un último intento de provocación.
Su orgullo humillado necesitaba un último ataque público para intentar recuperar un poco del poder que habían perdido.
—¿Qué pasa, Trent? ¿Te han dado el alta antes de tiempo en la enfermería del instituto o solo has venido a ver si la escayola de tu nariz combina con el color de mi americana?
—disparé de inmediato, y mi voz sonó alta, afilada y goteando un veneno tan puro que hizo que algunos de las mesas cercanas contuvieran la risa.
Di un paso adelante, cambiando mi postura a la del tirano arrogante de siempre, y mis anillos de plata brillaron bajo la luz azul.
Trent apretó los dientes, y su cara se puso roja por debajo del esparadrapo blanco.
Intentó sacar pecho, mirando por encima de mí para centrarse directamente en Chester.
La rabia brillaba en sus ojos. —No he venido a hablar contigo, costurero.
He venido a ver a Boyd. Tío, todo el instituto se está riendo en tu cara, lo sabes, ¿no?
Eras el terror de la escuela, el más temido, y ahora estás ahí, disfrazado, bailando en medio de la pista con un rarito.
¿Sabe tu padre esta mierda, Chester? Si el viejo se entera, te dará una paliza hasta que te conviertas en un hombre de verdad.
Te has convertido en un chiste, Boyd. Un desperdicio de espacio.
La mención al padre de Chester y la amenaza de violencia doméstica fue un golpe bajo, asqueroso, diseñado para hacerle encogerse de vergüenza y pánico ante el público de alumnos que presenciaba el enfrentamiento.
Vi cómo la mandíbula de Chester se apretaba con tanta fuerza que le saltaron los músculos de las mejillas.
Sus puños se cerraron a mis espaldas y su respiración se volvió pesada.
Su antiguo instinto, el monstruo violento, le gritaba que avanzara, que le diera otro puñetazo a Trent y le rompiera el resto de los huesos de la cara.
Pero Chester Boyd ya no era el perro rabioso de esa manada. Había aprendido la lección más valiosa de todas.
No avanzó. No levantó los puños. Me soltó la cintura despacio, dio un paso adelante, colocándome sutilmente detrás de su hombro, y tomó las riendas de la situación con una calma que me produjo un escalofrío de puro orgullo.
Enderezó la espalda, y su altura hizo que Trent pareciera minúsculo debajo de su vendaje.
Chester miró a Trent. Su mirada no tenía miedo, no tenía pánico y no tenía aquella furia descontrolada de antes. Solo tenía un profundo aburrimiento, una indiferencia tan aplastante y fría que cortó el aire como el hielo.
—Mi padre no lo sabe, Trent. ¿Y quieres saber una cosa?
Me importa una mierda —la voz de Chester resonó por la cancha, profunda, grave, con un tono de mando absoluto que hizo que la música de fondo pareciera un susurro apagado.
Esbozó una media sonrisa, una sonrisa llena de puro orgullo y superioridad legítima—.
Mi padre es un cobarde frustrado que se pasa los días bebiendo y pegando a los que son más pequeños que él.
Exactamente igual que tú. Me pasé años juntándome con vosotros, haciendo las mismas mierdas que hacéis vosotros, pensando que eso me hacía fuerte.
Pero te miré, llorando en el suelo del pasillo con la nariz rota, y lo único que sentí fue asco.
Asco de mí mismo por haber sido igual a un mierda como tú durante tanto tiempo.
Un murmullo de puro asombro recorrió el corro de alumnos. Marcus dio un paso atrás por instinto. Trent abrió mucho los ojos por detrás de la hinchazón, con la boca abierta, completamente desarmado por la sinceridad de Chester.
—¿Os creéis que me estáis humillando porque estoy bailando con Allan?
—continuó Chester, y su voz adquirió una firmeza y una claridad que me dieron ganas de arrodillarme y adorarle allí mismo.
Alargó la mano izquierda y agarró mi mano derecha delante de todo el mundo, levantando nuestros dedos entrelazados justo a la altura del pecho de Trent—.
Fíjate bien en esto. Tengo dieciocho años.
Me he graduado. Tengo una casa de verdad en la que vivir con gente que me quiere.
Y estoy cogido de la mano del tío más inteligente, más estiloso y más increíble de todo este instituto.
No me escondo detrás de una cazadora ni de un puñetazo para demostrar que soy un hombre.
Soy libre, Trent. Puedo ser exactamente quien quiero ser.
¿Y tú? Tú te vas a pasar el resto de tu vida siendo ese niñato estúpido y frustrado, que necesita reunir a su manada para intentar humillar a los demás y así sentirse menos insignificante.
Vuestro poder se ha acabado. Sois irrelevantes.
Jaque mate. Humillación pública completa, sin necesidad de levantar un solo dedo.
El silencio que siguió en el gimnasio fue la cosa más poética que he presenciado jamás.
Trent se quedó paralizado, con la cara morada de vergüenza, y los ojos brillantes por las lágrimas de pura impotencia.
Miró a Marcus, esperando que su amigo hiciera algo, pero Marcus estaba mirando al suelo, completamente avergonzado.
Derek se limitó a dar media vuelta y empezó a caminar hacia la salida, rindiéndose ante la vergüenza colectiva.
—Vámonos de aquí, Trent. Ya vale —murmuró Marcus, agarrando al líder del equipo por el brazo y tirando de él hacia las puertas del fondo.
Salieron de escena con la cabeza gacha, escabulléndose por los laterales de la cancha, arrastrando su propia mediocridad fuera de la fiesta. La caída de la dinastía de los matones se había consumado, y todo el instituto acababa de presenciar el fin definitivo de su reinado.
En cuanto las puertas se cerraron tras ellos, el público de alumnos pareció despertar del trance.
Y, para mi total asombro, nadie abucheó.
Nadie insultó. Chloe empezó a gritar y a aplaudir desde nuestra mesa, acompañada por Sam y Ben, y acto seguido, algunos novatos y los del club de teatro empezaron a aplaudir también.
El respeto que Chester Boyd se había ganado ya no provenía del miedo; provenía de la admiración por un tío que había tenido el valor de romper sus propias cadenas en la plaza pública.
El DJ, al ver que el espectáculo había terminado, volvió a subir el volumen de la música lenta. La melodía del piano volvió a llenar el gimnasio de estrellas azules.
Chester giró su cuerpo despacio hacia mí.
Su cara aún estaba ligeramente sonrojada de timidez por la declaración pública, y sus mejillas tenían un adorable tono rosado que contrastaba a la perfección con la inmensidad de sus hombros.
Me miró, y la pequeña y tierna sonrisa que apareció en sus labios hizo que mi corazón se derritiera por completo.
—¿Lo he hecho bien? —preguntó en un susurro ronco, abriendo los brazos para atraerme de nuevo a su espacio.
—Has estado monumental, Milord —respondí, y mi voz se apagó en un susurro de pura adoración.
Volví a rodear su cuello con los brazos, enterrando mis dedos de plata en el pelo de su nuca.
Chester pegó sus caderas a las mías, y sus grandes manos se afianzaron en las hebillas de mis pantalones de cuero rojo, y volvimos a movernos al ritmo lento de la música.
Todo el gimnasio a nuestro alrededor se convirtió en un borrón desenfocado.
Los susurros de la gente perdieron toda su fuerza, convirtiéndose solo en un ruido de fondo sin importancia.
Bailamos hasta que terminó la canción. Bailamos con los cuerpos pegados, intercambiando pequeños besos en la comisura de los labios, sonriéndonos en la penumbra azul.
Cuando las últimas notas del piano se desvanecieron y las luces normales del gimnasio empezaron a encenderse, marcando el final de la noche de graduación, nos separamos despacio.
Chester volvió a coger mi mano izquierda, entrelazando sus dedos con los míos de forma firme e inquebrantable. Miramos a la mesa de la esquina. Chloe, Sam y Ben ya estaban cogiendo sus mochilas, saludándonos desde lejos, quedando para ir a comer hamburguesas al aparcamiento de caravanas.
Caminamos hacia la salida principal, hombro con hombro.
Su americana negra rozando mi americana rojo sangre, y el sonido de las cremalleras y las cadenas componiendo nuestra particular banda sonora de liberación.
Cruzamos las puertas del instituto y salimos al aire fresco de la madrugada.
El cielo estaba despejado, lleno de estrellas de verdad, y la vieja pick-up de mi padre nos esperaba cerca de la puerta principal con las luces encendidas, un faro de hogar y de un futuro funcional.
Miré a un lado, observando el rostro de Chester a la luz de la luna.
Iba con la cabeza alta, mirando la carretera que teníamos por delante con una expresión de paz absoluta que nunca pensé que vería en aquel rostro marcado por tantas cicatrices.
El matón del último curso había quedado enterrado en el pasado.
El chico que quedaba en mis brazos era libre, querido y dueño de su propio destino.
Apoyé mi hombro en el suyo mientras nos alejábamos del perímetro del instituto, agarrando su mano con más fuerza aún.
La obra había terminado definitivamente, el telón del instituto se había bajado y nuestra nueva vida de libertad nos estaba abriendo por fin las puertas.
Y, que le jodan al mundo, estábamos más que preparados para empezar el siguiente acto.