MI ADORABLE MATÓN EPÍLOGO #2
98%

EPÍLOGO #2

—¿Y tú, gigante? —la voz de Chloe me sacó de mi trance. Estaba apuntándome con un trozo de tarta, con los ojos clavados en mí—. Allan dijo por el grupo que tomaste una decisión importantísima esta semana. Suéltalo. ¿Qué está pasando?

El silencio cayó sobre el grupo. Todos me miraron.

Allan, sentado en el sofá, esbozó una sonrisa llena de complicidad y orgullo, cruzándose de brazos y recostando la espalda en el cojín, transmitiéndome esa fuerza invisible que siempre me daba.

Me pasé la mano por la nuca, sintiendo cómo se me calentaba la cara un poquito por la timidez, pero no me eché atrás.

Ya no me daba miedo hablar de mi futuro.

—Eh... bueno. Ya os conté que estoy trabajando de peón en la constructora, ¿no?

—empecé a decir, y mi voz grave llenó su atento silencio—.

Pues eso. Solo estaba en la parte del trabajo físico, pero los ingenieros de allí empezaron a meterme en la oficina.

Me enseñaron a leer planos de planta, a calcular materiales.

Y me he dado cuenta de que se me da bien.

Es como montar los decorados en el club de teatro, solo que de verdad. De ladrillo y hormigón.

—¡Boyd, eso es fantástico! —exclamó Ben.

—Sí. Pero no puedo ser solo el peón que carga ladrillos para siempre —suspiré, cruzándome de brazos, manteniendo mi postura erguida, sintiendo cómo la emoción me subía por la garganta—.

Allan... Allan empezó a darme la tabarra.

No dejó que me creyera que solo era un ex-matón idiota.

He decidido que no voy a quedarme aquí. Me he apuntado a una academia de preparación para la universidad de aquí.

Estoy estudiando por las noches. Voy a intentar hacer la prueba de acceso para la carrera de Ingeniería Civil a final de año.

Toda la sala estalló en un grito. Chloe dio un salto desde el sofá, casi tirándole el café a Allan, y vino corriendo a abrazarme de nuevo, sacudiéndome con fuerza. Sam y Ben empezaron a aplaudir y a golpear el suelo, montando un escándalo de locos.

—¡Toma ya, Chester! ¡Un ingeniero! ¡Vas a ser ingeniero! —gritaba Chloe, apretándome los anchos hombros—. ¡Te imagino con casco de obra y un portapapeles en la mano, dando órdenes! ¡El mundo no está preparado para esa estética!

Gaia se acercó con los ojos de nuevo llenos de lágrimas, sujetándome las mejillas con ambas manos. —Sabía que llegarías lejos, hijo mío. Vi la luz en tu interior desde el primer día. Vas a construir hogares, Chester. Esa es la cosa más hermosa a la que podrías elegir dedicarte.

Miré por encima del hombro de Gaia, buscando los ojos de Allan.

Él no estaba gritando ni saltando. Estaba sentado en el sofá, con esa mirada profunda, oscura y absurdamente enamorada clavada en mí.

Levantó la taza de café en mi dirección en un brindis silencioso.

Él era el responsable de todo aquello. Cada noche, después de que yo llegara muerto de cansancio de la obra, Allan se sentaba a mi lado en nuestra minúscula mesa.

Cerraba sus cuadernos de bocetos de moda, cogía mis cuadernos de física y matemáticas, y se pasaba horas ayudándome a estudiar, exigiéndome, sin dejar que me rindiera, diciéndome que mi cerebro era tan grande como mis músculos.

Si estaba consiguiendo ver un futuro, era porque él me había prestado sus gafas.

Nos pasamos las tres horas siguientes hablando de todo y de nada.

Solano tocó un poco la guitarra, comimos hasta no dejar ni una miga de la tarta de Gaia, y Chloe nos relató con todo detalle todos los dramas de su carrera de Artes Escénicas, quejándose de los veteranos esnobs y prometiendo que robaría el papel principal de la próxima obra universitaria.

Cuando el sol empezó a bajar ahí fuera, tiñendo el cielo de la ventana de un tono anaranjado, empezaron a despedirse. El viaje de vuelta a su ciudad aún era largo, y los padres de Allan querían evitar conducir de noche.

Las despedidas fueron tan ruidosas como las llegadas.

Más abrazos, más promesas de visitas, y Gaia dejando un par de táperes de comida en nuestro congelador con órdenes expresas de que Allan no me dejara vivir solo de fideos instantáneos.

Los acompañamos a todos hasta la puerta del edificio a pie de calle.

—Cuidaos el uno al otro. Y Boyd... cómete esos libros de matemáticas, o volveré aquí para pegarte con mi guion —amenazó Chloe, guiñándome un ojo y dándome un último puñetazo amistoso en el pecho antes de darse la vuelta y bajar por la acera con Sam y Ben.

Nos quedamos parados en la puerta del edificio, viendo cómo el coche de Solano y la pandilla que caminaba hacia la estación de autobuses desaparecían al final de la calle.

La brisa fría de la tarde me dio en la cara.

Pasé mi brazo derecho por la cintura de Allan, tirando de él hacia mi lado, pegando su cuerpo a mi costado.

Apoyó la cabeza en mi hombro con un largo suspiro de cansancio.

—Son demasiado ruidosos, ¿verdad? Ya me dolía la cabeza de tanto oír a Chloe quejarse de su profesora de expresión corporal —refunfuñó, pero había una sonrisa de satisfacción en la comisura de sus labios.

—Pero los queremos —repliqué, besando la coronilla de su pelo castaño.

—Sí. Qué se le va a hacer. Tengo un gusto pésimo para adoptar inadaptados. Tú eres la prueba viviente de ello —respondió, dándome un flojo codazo en las costillas.

Subimos las escaleras del edificio y volvimos a nuestro estudio.

Cuando cerré la puerta y eché el pestillo, el silencio se instaló de nuevo.

Pero ya no era aquel silencio solitario de mi pasado; era el silencio seguro e íntimo de nuestro mundo.

El salón estaba hecho un desastre. Pufs fuera de su sitio, migas en la alfombra, tazas sucias en el fregadero.

Allan soltó un quejido perezoso, desperezándose en medio del salón y levantando los brazos.

Su camiseta recortada se levantó, dejando a la vista la piel pálida de su vientre.

Me quedé paralizado en el sitio. El cansancio de la obra y la emoción de la visita se evaporaron de mi cuerpo, siendo sustituidos inmediatamente por una oleada de deseo que siempre me golpeaba cuando veía su piel de aquella manera.

Bajó los brazos y giró la cara para mirarme.

Lo pilló al instante. La convivencia de ocho meses nos había enseñado a leer cada expresión del otro.

Vio cómo se me dilataban las pupilas, vio cómo mis hombros caían en una postura diferente.

La sonrisa burlona y maliciosa que me dedicó me hizo hervir la sangre.

—Ni lo pienses. Tengo que limpiar esta leonera, lavar las tazas y tengo que entregar un proyecto de moulage el lunes... —empezó a decir, dando un paso atrás hacia la cocina, haciendo un teatro de rechazo que no engañaba a nadie.

No dije nada. Di tres largas zancadas y acorté el espacio entre nosotros antes de que pudiera llegar al fregadero.

Agarré su fina cintura con ambas manos, dándole la vuelta hacia mí y levantándole del suelo con un tirón brusco y sin esfuerzo, como si no pesara nada.

Allan dejó escapar un jadeo de sorpresa, pero inmediatamente cruzó sus largas piernas alrededor de mi cintura y enganchó sus talones en mi espalda.

Enredó los brazos en mi cuello, riéndose por lo bajo en mi oreja mientras lo llevaba hacia nuestro sofá cama, que ya estaba abierto en la esquina de la habitación.

—Los platos pueden esperar —gruñí, con voz grave, tirándole de espaldas sobre el suave colchón. No perdí ni un segundo. Caí sobre él, atrapando su cuerpo bajo mi enorme peso, y mis piernas encajaron entre las suyas.

Allan se rio, y sus manos llenas de anillos de plata agarraron el cuello de mi camiseta.

Tiró de mí hacia abajo, ajustando su cara, y encontró mi boca.

El beso empezó urgente, hambriento; nuestras lenguas peleaban por el espacio.

Aún tenía el sabor a café en la boca, mezclado con ese sabor único que solo él tenía.

Ahogué un gemido en su garganta, deslizando mis gruesas manos por debajo de su camiseta de grupo de música, sintiendo el calor de su piel pálida; mis callos rasparon ligeramente sus costillas, arrancando un suspiro tembloroso de los labios que estaba devorando.

Nunca necesitábamos previo aviso. La conexión física entre nosotros era un incendio que se encendía con cualquier chispa.

Me apoyé en una rodilla, rompiendo el beso lo justo para arrancarme la camiseta por el cuello de un agresivo tirón y tirarla a un lado.

Mi ancho pecho, sudado por el calor que ya estaba subiendo, se pegó al suyo de nuevo.

Las ágiles manos de Allan no perdieron el tiempo; sus dedos trazaron el contorno de mis hombros, bajando por mis musculosos brazos, venerando cada marca de mi trabajo físico.

A él le encantaba la estética de mi fuerza tanto como a mí me encantaba su delicadeza.

—Eres un bestia, ¿lo sabías? Tirándome a la cama a media tarde —susurró sin aliento, con la provocación goteando en su voz, y los ojos castaños oscurecidos por pura lujuria. Me mordió el labio inferior con fuerza.

—Y a ti te encanta —respondí, con la voz rasgada. Bajé la boca por su afilada mandíbula, chupando y besando su cuello pálido. Mi lengua trazó su piel caliente, y sentí que arqueaba la espalda en el colchón, empujando su cadera contra la mía.