MI ADORABLE MATÓN CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

CHESTER BOYD

La hoja de papel en mis manos temblaba ligeramente.

Estaba de pie en medio del pasillo principal del instituto, justo enfrente de secretaría.

El murmullo de los alumnos a mi alrededor parecía haberse silenciado.

La Directora me acababa de entregar el boletín final impreso con la firma digital de la junta de evaluación.

El corazón me latía tan fuerte contra las costillas que creí que me iba a desmayar allí mismo, en medio del suelo encerado.

Mis ojos recorrieron la tabla de notas por décima vez, solo para asegurarme de que no estaba sufriendo una alucinación provocada por la falta de sueño y el estrés agudo.

Había aprobado. No iba a repetir curso. Me había graduado oficialmente.

El aire entró en mis pulmones rasgándome la garganta en un suspiro de alivio tan profundo que mis hombros cayeron.

El peso de una tonelada que llevaba a la espalda, la amenaza constante de tener que volver a esa prisión el año que viene y de tener que enfrentarme a la furia de mi padre por culpa de un suspenso, simplemente se evaporó.

Estaba libre del instituto. Ya no tenía que volver a pisar aquel lugar, ya no tenía que andar por aquellos pasillos fingiendo ser un monstruo, ya no tenía que ver la cara de Trent o de Marcus.

Había sobrevivido al instituto. El rey del aparcamiento estaba muerto, y el tío que quedaba sosteniendo aquel boletín no era más que un chaval que había conseguido, por un milagro llamado Allan Reese, encontrar la salida del laberinto.

Arrugué el papel con cuidado, lo doblé y me lo metí en el bolsillo de mi gastada cazadora de cuero.

Tenía que salir de allí. El aire del instituto ya no me pertenecía.

Caminé hacia las puertas dobles, sintiendo una ligereza en las piernas que nunca había experimentado.

Las miradas que me seguían aún tenían esa mezcla de curiosidad y juicio, pero a mí ya me importaba una mierda.

El bullying a la inversa de mi antigua manada se había detenido por completo después de que le partiera la nariz a Trent.

Habían captado el mensaje. Todo el instituto lo había pillado.

Yo era el marginado radiactivo, el tío que se juntaba con el club de teatro y que salía con el figurinista. Y ostentaba ese título con orgullo.

Atravesé el aparcamiento y fui directo a mi camioneta.

Allan no había venido a clase hoy; el vestuario ya estaba entregado, su nota estaba puesta y dijo que necesitaba el día libre para "trabajar en mi obra maestra", significara lo que significara eso.

Me mandó un mensaje a media mañana diciéndome que fuera directo a su casa en cuanto recogiera mis notas. Y eso era lo que iba a hacer.

Encendí el ruidoso motor de la camioneta y aceleré para salir por las puertas del instituto por última vez.

El trayecto hasta la dirección que me había dado Allan fue una mezcla de euforia y pánico.

Iba a conocer a sus padres. Allan nunca se había avergonzado de mí.

Desde que lo nuestro se hizo público frente a aquel grupo de locos del teatro, me arrastraba a todas partes, me cogía de la mano en el pasillo, me besaba apoyado en mi taquilla solo para ver la cara de sorpresa de los demás alumnos.

Me exhibía como a un peligroso trofeo. Pero conocer a la familia era otro nivel.

Yo era el chico que pegaba a los demás. Era el chico que venía de un hogar roto, al que le pegaba su padre alcohólico, que no tenía ninguna perspectiva de un futuro brillante.

¿Qué iban a pensar de mí sus padres? ¿Y si me odiaban?

¿Y si le prohibían a Allan acercarse a mí?

Me sudaban las manos frías en el volante cuando llegué al aparcamiento de caravanas que me había indicado.

El lugar no era uno de esos campamentos lúgubres y olvidados; era un espacio arbolado, lleno de autocaravanas gigantes y bien cuidadas, con un ambiente de comunidad alternativa, de artistas y nómadas.

Aparqué la camioneta cerca de un macizo de flores y me bajé, secándome el sudor de las manos en los vaqueros.

Caminé por las parcelas hasta encontrar el número que me había dado.

La autocaravana de su familia era inmensa.

Un modelo antiguo, probablemente de los ochenta, pero reformado de una forma increíble.

La carrocería estaba pintada de un tono verde musgo, y el lateral tenía un toldo extendido sobre una zona cubierta con alfombras de colores, pufs, pequeñas macetas con plantas colgando y un pequeño carillón de viento que tintineaba con la brisa.

Había un olor muy fuerte y dulce en el aire, el mismo olor a palo santo y a incienso que siempre impregnaba la ropa de Allan.

Tenía el corazón en la garganta. Me detuve frente a la pequeña escalera de metal que conducía a la puerta abierta de la caravana, intentando reunir un poco del valor que tenía cuando tenía que pelear, pero el valor para ser juzgado por buenas personas era completamente diferente.

Antes de que pudiera llamar a la puerta, apareció Allan.

Llevaba unos anchos pantalones de chándal negros, muy diferentes al cuero sintético de siempre, y una vieja y descolorida camiseta de un grupo de música.

Tenía el pelo despeinado. Parecía suave.

Guapo, hogareño y absurdamente suave. En cuanto me vio, la sonrisa que le cruzó la cara me hizo olvidar cómo se respiraba.

—Has venido —dijo, bajando los dos escalones y saltando a mi cuello, abrazándome la cintura con fuerza.

Rodeé su cintura con mis anchos brazos, enterrando la cara en su cálido cuello, inhalando ese olor a hogar que tenía. —He aprobado —murmuré contra su piel, y la emoción me ahogó la voz—. Por los pelos, pero he aprobado, Allan. Me he graduado. Estoy fuera de ese infierno.

Se apartó un poco, sujetándome la cara con ambas manos, y sus ojos castaños brillaban de orgullo.

—Sabía que lo conseguirías. Te dije que no dejaría que repitieras —me dio un beso rápido y largo, sonriendo contra mis labios.

Luego, me cogió de la mano y me tiró hacia las escaleras—.

Vamos. Mis padres se mueren de ganas de conocerte de verdad, fuera del entorno del instituto.

El pánico volvió con toda su fuerza. Clavé los pies en el suelo, tirando un poco de su mano para no entrar. —Allan, espera. ¿Estás seguro? Estoy sucio, llevo esta vieja cazadora, no sé cómo hablar con tus padres. ¿Qué les has contado? Si se enteran de las mierdas que he hecho...

Allan se detuvo en el escalón y me miró con una expresión de infinita paciencia. Me apretó la mano con fuerza. —Chester, mis padres no son la Directora del instituto. No son tu padre. Y no les oculto nada. Saben quién eras antes del club de teatro. Y saben todo lo que estás pasando en tu casa.

Se me heló la sangre. —¿Todo? ¿Les has hablado de... de mi padre?

—Les he contado que el chico del que estoy completamente enamorado estaba recibiendo palizas de forma cobarde en su propia casa y necesitaba ayuda —respondió, con una firmeza que no me dio lugar a sentir vergüenza.

La palabra "enamorado" soltada así, en medio de la frase, me golpeó en el pecho como un puñetazo de terciopelo.

Nunca había utilizado esa palabra con todas sus letras.

Me quedé paralizado, mirándole a la boca, incapaz de formular una respuesta coherente.

Sonrió, una sonrisa pequeña y comprensiva, y volvió a tirar de mi mano—.

Solo quieren conocerte. Entra ya, antes de que venga mi madre a arrastrarte de los pelos.

Tragué saliva, reuniendo el resto del valor que me quedaba, y subí los escalones, entrando en la autocaravana.

El interior era gigantesco y sorprendentemente acogedor.

Las paredes estaban revestidas con tapices indios, estanterías llenas de libros, cristales y esculturas de madera.

El olor a buena comida, a especias frescas y a café recién hecho me inundó la nariz, haciendo que me rugiera el estómago al instante.

En la cocina americana, en la parte trasera de la caravana, había una mujer con una vaporosa falda larga y el pelo gris recogido en una trenza.

Volvió la cara en cuanto entramos. El parecido con Allan era innegable en los ojos castaños y en la forma de la cara.

Sentado en el sofá, con una guitarra en el regazo, había un hombre de cortas rastas que vestía ropa ancha de lino. Dejó de tocar la suave melodía en cuanto me vio.

Me quedé paralizado en medio de la pequeña sala.

Yo era demasiado grande para aquel espacio.

Mis hombros casi rozaban las estanterías superiores.

Me sentí como un oso salvaje que acababa de colarse en la casa de una familia de hadas.

Mi instinto me decía que bajara la cabeza, que pidiera perdón por existir y saliera corriendo.

Pero la madre de Allan no me dio tiempo a pensar.

Dejó la cuchara de palo que tenía en la mano, se limpió las manos en un paño de cocina y caminó hacia mí con una sonrisa tan amplia y luminosa que parecía el amanecer.

—¡Chester! ¡Por fin! Allan no paraba de hablar de ti. ¡Ven aquí, chico, dame un abrazo!

Antes de que pudiera retroceder, echó sus brazos alrededor de mi torso y me apretó en un fuerte abrazo.

Me quedé completamente rígido, con las manos suspendidas en el aire, sin saber qué hacer.

Ella era bajita, y su cabeza me daba en el pecho, pero la energía que irradiaba era gigantesca.

Su abrazo no era un saludo formal; era cálido, seguro, cargado de un instinto maternal que no había sentido desde que tenía siete años.

Poco a poco, muy lentamente, bajé los brazos y le devolví el abrazo, cerrando los ojos durante un segundo, sintiendo cómo se formaba un doloroso nudo en mi garganta.

—Es un placer conocerla, señora —murmuré, y mi voz sonó más grave y entrecortada de lo que quería.