CAPÍTULO 16 #3
Levanté la cabeza y me encontré con la mirada de Chester.
Estaba sonriendo, una sonrisa pequeña, tierna e increíblemente tímida; un contraste absurdo con el chico que había lanzado a otro alumno contra una taquilla de metal una hora antes.
Aquel chico gigante al que salvé de su propio terror estaba allí, totalmente rendido, libre de su pasado y arraigado en un futuro que ambos habíamos inventado desde cero.
Su pecho subía y bajaba tranquilamente, y su rostro, ahora libre del hematoma que le había hecho su padre, era la visión más perfecta del mundo.
No me pude resistir. Alargué la mano que me quedaba libre, y le arreglé el pelo oscuro, pasándole las uñas por el lateral del cuello caliente. Cerró los ojos, disfrutando del contacto, y suspiró profundamente.
—Nos has reconocido ante ellos —susurré, con una voz cargada de un cariño ronco, sin rastro de sarcasmo.
Abrió los ojos, clavándolos en los míos, y me apretó la mano.
—¿No dije que ya no iba a esconderme más? Me cansé de vivir en la oscuridad, Allan. Si el instituto quiere odiarme por coger de la mano a un tío vestido con pantalones rotos y accesorios de plata, es su problema. Me importa una mierda. Solo me importa lo que pasa aquí.
Su valentía era un espectáculo. Estaba abrazando su nueva identidad con la fuerza del que necesita respirar. Sonreí, encantado, enamorado hasta los huesos de aquella dulce brutalidad.
Se humedeció los labios y su expresión vaciló un segundo, adquiriendo un adorable tono de duda.
Miró al suelo, se aclaró la garganta en voz baja, y el gigante de un metro noventa, capaz de imponer miedo a cualquiera, de repente se puso rojo.
Sus mejillas se sonrojaron ligeramente. El contraste era cómico y cautivador.
—¿Qué pasa ahora? —pregunté, divertido por su repentina timidez—. ¿Has descubierto que tienes alergia a mis anillos?
—No me jodas —refunfuñó, dándome un leve tirón de la mano, pero sin lograr borrar la vergüenza de su cara. Tragó saliva, mirando a la pared del taller y luego volviendo a mirarme—. Dentro de tres semanas nos graduamos. Oficialmente.
—Gracias a todos los dioses que existen, sí —respondí, frunciendo ligeramente el ceño—.
¿Qué pasa con la graduación? No vas a repetir curso.
El señor Evans firmó tus papeles con lágrimas en los ojos y sacaste la máxima nota en esa estúpida obra.
Tienes el diploma asegurado. Estás libre de este sitio, Boyd.
—Ya lo sé. El diploma no es el problema —habló deprisa, interrumpiendo mi explicación. Respiró hondo, intentando reunir valor para decir algo que claramente no pertenecía a su vocabulario habitual. Miró nuestras manos unidas—. ¿Qué te parece el baile de graduación?
—Siempre me ha parecido una estupidez, un grupo de niñatos con trajes de alquiler baratos emborrachándose en el gimnasio mientras fingen que son felices.
Y sigo pensando que es una estupidez elitista y hortera —señalé, apoyando la mano libre en la cintura; las cadenas hicieron ruido; y mi lado de diseñador de vestuario se activó al instante—.
La música es pésima, los vestidos parecen merengues de los años ochenta y el aire acondicionado del gimnasio nunca funciona bien.
Iba con los de teatro solo para monopolizar la mesa del ponche y criticar las telas ajenas en el fondo del salón.
Siempre vamos todos juntos para no dar protagonismo a Trent y a las pijas irritantes. Es nuestra tradición de supervivencia.
Ladeé la cabeza, analizando la situación. ¿A dónde quería llegar con aquello?
Chester asintió, pasándose la mano libre por el pelo de nuevo.
Parecía estar intentando resolver un problema de física cuántica.
El rubor de sus mejillas se hizo más intenso.
La tensión no era de miedo, sino del nerviosismo más intenso y adolescente que había visto nunca en un tío de semejante tamaño.
Levantó el rostro, con los oscuros ojos brillando, y atrapó mi mirada con una intensidad que casi me derrite.
—Entonces... ya que vais todos juntos... —empezó a decir, y su voz adquirió un tono grave y decidido. Volvió a apretarme la mano; su calloso pulgar trazaba lentos círculos en el dorso de mi pálida mano—. ¿Crees que habría algún problema si yo fuera también? ¿Contigo?
Me quedé sin palabras. Mi ágil lengua, lista para soltar una respuesta rápida y sarcástica, se me quedó pegada al paladar.
Chester Boyd me estaba invitando al baile.
Me estaba invitando a entrar en aquel gimnasio lleno de alumnos que le odiarían, enfrentándose a las miradas de asco, enfrentándose a todo el instituto.
Me proponía que cruzáramos juntos la puerta principal, en el mayor acontecimiento social de la vida escolar.
El tío que, hace unas semanas, rajó una camisa del vestuario para que no le vieran hablar conmigo, me estaba invitando a ser su pareja en la noche en la que todos los focos estarían puestos en las apariencias.
No es que estuviera en shock; es que me estaba derritiendo por dentro.
El silencio se prolongó demasiado, y vi el pánico brillar en su mirada. El miedo al rechazo, que le había perseguido toda la vida, intentaba sacar las garras. Tragó saliva, encogiéndose ligeramente de hombros.
—Quiero decir, no tenemos que hacerlo, si crees que la vamos a cagar o si ya habías quedado con Chloe o yo qué sé.
.. —empezó a echarse atrás, intentando arreglar lo que no estaba roto; su voz tropezaba con sus propias palabras, adquiriendo una prisa desesperada por ocultar su vulnerabilidad—.
Sé que he causado un gran revuelo en el instituto y que la gente de ahí fuera me odiará.
No hace falta que lleves a la diana del instituto a la fiesta. Podría ser malo para ti...
—Cállate, gigante —le interrumpí, y mi voz salió en un susurro que rebosaba afecto, cariño y una excitación incontrolable.
Di un paso adelante, colocándome entre sus piernas.
Pasé las manos por sus anchos hombros y por su nuca, entrelazando mis dedos cubiertos de anillos de plata en su oscuro pelo.
Me incliné y le besé despacio en la boca, saboreándole, probando la absurda valentía y el dulce nerviosismo que desprendía.
Él respondió al instante, soltando un gemido ahogado contra mi boca, con sus grandes manos agarrándome la cintura y atrayéndome hacia él, como si el contacto borrara todas las dudas.
Rompí el beso al cabo de unos segundos, manteniendo mi frente apoyada en la suya, y nuestras narices rozándose. El corazón me latía tan rápido que pensé que me iba a explotar, pero una sonrisa sádica y completamente enamorada ya se apoderaba de mi rostro.
—Me importa una mierda lo que piense o deje de pensar todo el instituto, Boyd.
Y tú no eres una diana. Eres mi posesión más letal —susurré contra sus labios, usando mi tono de voz más provocador y arrogante.
Aparté la cara solo unos centímetros para poder mirarle al fondo de sus ojos castaños, y le di mi respuesta final—.
Me encantaría ir al baile contigo. Pero te aviso, entraremos por la puerta principal.
Vamos a aplastar el ego del resto del instituto solo por existir en el mismo espacio que ellos.
.. y tendrás que ponerte el traje que voy a hacerte.
Nada de aparecer allí con esa vieja cazadora, o te dejaré solo en el aparcamiento. ¿Trato hecho?
La sonrisa que estalló en el rostro de Chester fue tan brillante, tan amplia y tan libre que casi me cegó. La vergüenza y la tensión se evaporaron del chico gigante. Echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada grave y ronca que resonó en las pequeñas paredes del taller.
—Trato hecho, Allan —murmuró, volviendo a mirarme con adoración, y sus manos tiraron de mis pantalones rojos para que me sentara en su regazo—. Me pondré lo que tú me digas. Siempre y cuando tú estés allí conmigo.
La guerra estaba ganada por fin. Me senté en su regazo, ignorando las agujas sueltas de la mesa, el polvo y el futuro caos burocrático que nos esperaba en dirección a la semana siguiente.
Las puertas del teatro nos protegían, y nuestra pequeña tribu ahí fuera estaba lista para enfrentarse al mundo.
Por primera vez en mi vida, el baile de graduación del instituto me pareció el evento perfecto para acabar la noche, y la perspectiva de diseñar un traje de alta costura para el antiguo matón del instituto era el proyecto final más divertido y apasionante que mi cerebro había soñado realizar jamás.
Habían cambiado las tornas, la obra había terminado y nuestra vida real no había hecho más que empezar.