CAPÍTULO 16 #2
Chester se apartó de mi abdomen; sus hombros se tensaron de inmediato por puro instinto, y levantó la cabeza en estado de alerta. Sus manos apretaron mi cintura a la defensiva. Su cuerpo aún esperaba peligro cada vez que oía ruidos repentinos y gritos.
—Tranquilo. Son mis idiotas —murmuré, pasándole el pulgar por la mejilla para calmarle.
Antes de que pudiera apartarme de él, el telón de terciopelo burdeos se abrió con violencia.
Chloe irrumpió en el taller como un huracán, jadeando, con los ojos muy abiertos y el teléfono en la mano. Sam y Ben entraron tras ella, apretujándose en la entrada, y los dos parecían haber visto a un fantasma o un milagro.
El grupo se quedó paralizado en la puerta.
La escena que presenciaron era, cuanto menos, inusual para el público externo.
Su amigo del teatro de pie entre las piernas del ex-matón gigante, con las manos en su pelo, en un ambiente que gritaba intimidad por todos los poros de la sala.
Pero su sorpresa duró exactamente dos segundos antes de que el urgente cotilleo anulara cualquier pregunta sobre nuestras posiciones.
—¡¿Qué ha sido eso?! —gritó Chloe, ignorando por completo las manos de Chester en mi cintura, señalándonos frenéticamente con su teléfono—.
¡Trent está en la enfermería con una bolsa de hielo en medio de la cara!
¡Hay un charco de sangre del tamaño de una pizza en el pasillo del pabellón este!
¡Han dicho que os rodearon a los dos y que el gigante ha puesto en fuga a todo el equipo de un solo puñetazo!
Sam dio un paso adelante, ajustándose las gafas, con los ojos muy abiertos brillando de pura admiración.
—Tío... —empezó Sam, mirando a Chester con un asombro reverencial—. Los de tercero dicen que lanzaste a Derek contra las taquillas como si fuera un muñeco de trapo. ¿Es verdad? ¿Estáis bien? ¿Le han hecho daño a Allan?
Ben estaba detrás de Sam, negando con la cabeza.
—Trent llegó llorando a la enfermería. ¡Llorando! He visto el vídeo que ha grabado de lejos un alumno de primero. ¡Está en los grupos de WhatsApp de todo el mundo!
El aluvión de información nos golpeó como una ola.
Sentí que el cuerpo de Chester se tensaba bajo mis manos.
Su pecho dejó de moverse. Su mirada se desvió de la mía hacia el pequeño público de la puerta.
Su antiguo instinto de supervivencia le dictaba que debía retroceder.
No estaba acostumbrado a que la gente celebrara su presencia.
Estaba acostumbrado a ver a la gente huir o juzgar su violencia.
Pensaba que su reacción sería de asco o de miedo al verle actuar de nuevo como un troglodita en el pasillo.
Conocía lo suficiente su mente destrozada como para predecir que se apartaría de mí, se pondría de pie y pediría disculpas por haber traído problemas al club.
Pero no lo hizo.
En lugar de soltarme y alejarse, las grandes manos de Chester se deslizaron de mi cintura a mi espalda.
Me abrazó, pegando mi cuerpo al suyo, anclándome en medio de aquel interrogatorio.
El movimiento fue sencillo, sutil, pero cargado de significado.
Estaba marcando su territorio de forma protectora, no amenazadora, y, al mismo tiempo, buscando la seguridad que yo le ofrecía frente a la invasión de preguntas.
—Estamos bien —respondió Chester, y su voz sonó profunda y controlada, cortando el parloteo de Chloe y de Sam.
Miró directamente a mis amigos. Su rostro carecía de arrogancia.
Tenía una nueva firmeza—. Nadie tocó a Allan.
Lo intentaron, pero no iba a dejar que una pandilla de niñatos le hiciera daño.
Chloe dejó de dar saltos y bajó el teléfono.
El silencio se apoderó de la sala por un momento.
Abrió y cerró la boca. Miró las manos de Chester a mi alrededor, y luego la expresión tranquila y ligeramente sarcástica de mi cara, y la brillante mente de aquella chica procesó toda la verdad en un tiempo récord.
La expresión de su rostro se derritió, pasando de la pura conmoción a una alegría absolutamente histérica y genuina.
—¿En serio? —susurró, llevándose las manos a las mejillas; se le llenaron los ojos de lágrimas con un dramatismo digno de un Oscar—.
Vosotros... Vosotros estáis... ¡Lo sabía!
¡Le dije a Sam que toda aquella tensión en el escenario el viernes no era solo talento teatral!
El señor Evans pensaba que era subtexto, ¡pero yo sabía que queríais devoraros el uno al otro!
Sam se cruzó de brazos, sonriendo de oreja a oreja.
—¿Y le partiste la cara a Trent por culpa de Allan?
¿En serio? —preguntó Sam, con un tono de respeto absurdo en la voz—.
Boyd... oficialmente eres nuestro dios de la guerra.
El tío que ha jodido el sistema del instituto para defender a nuestro figurinista.
Eres uno de los nuestros y además eres nuestro guardaespaldas VIP. Es una locura.
Me reí por lo bajo, sintiendo que me sonrojaba, una reacción que odiaba, pero que era imposible evitar con Chester acariciándome la espalda delante de mis amigos.
—Menos idolatría, Sam, o su ego no va a caber por la puerta —bromeé, inclinando la cabeza para mirar a Chester desde arriba, esbozando una sonrisita de medio lado.
Chester no estaba avergonzado. Por primera vez desde que le conocía, la piel de su cara no mostraba aquella tensión aterrorizada.
Miró a Chloe, luego a Sam y a Ben. No le miraban con asco por la violencia.
No le tenían miedo. Le veían como a un protector.
Ya no era el agresor del instituto; para aquel pequeño círculo de marginados y artistas, se acababa de convertir en un héroe. El paladín de la cazadora de cuero.
Vi que la mandíbula de Chester se relajaba, y una sonrisa lenta e increíblemente aliviada apareció en sus labios.
Fue un suspiro del alma. Aquel momento selló su transición definitiva.
Por fin lo entendía. Entendió que ser querido por lo que eres, con tus defectos incluidos, es infinitamente más poderoso que ser temido por lo que finges ser.
La aprobación de aquella pandilla de chiflados del teatro llenó el agujero que su padre y sus viejos amigos habían cavado en su pecho durante dieciocho años.
Había encontrado su lugar, su familia, su manada.
—Ya les avisé que la iban a cagar si se metían con vosotros —dijo Chester, y esta vez, apartó la mano de mi espalda y la deslizó para agarrar mi mano izquierda delante de todo el mundo.
Entrelazó sus dedos con los míos y apoyó las manos sobre su rodilla, de forma expuesta, declarada y absoluta.
Asumió la relación allí mismo, sin discursos dramáticos, con el valor que hizo que me enamorara de él en el escenario.
Me apretó la mano y volvió el rostro ligeramente sonrojado por la timidez hacia mí antes de volver a mirar a Chloe—.
Pero son imbéciles. Necesitaban una demostración práctica.
Ben dio un saltito de entusiasmo detrás de Sam.
—¡Lo importante es que estáis de una pieza!
¡Y que tenemos el mejor cotilleo para contarlo en el grupo de teatro!
—dijo Ben, animado—. Mañana todo el instituto te dará la espalda, Boyd.
Los profesores no harán la vista gorda, la Directora te va a interrogar.
.. Oficialmente vas a ser un paria con nosotros.
Bienvenido al pozo de la sociedad. Está oscuro, pero nos divertimos.
—Sí —murmuró Chester, con una sonrisa que no se le borraba de la cara. Volvió a mirarme, con una mirada cargada de pasión—. Creo que me gustará estar en ese pozo con vosotros.
El taller de costura estalló en carcajadas y comentarios sobre las escenas de Trent cayendo de bruces al suelo.
El ambiente de celebración era histérico.
Chloe no paró de parlotear durante diez minutos sobre cómo la chaqueta que Allan había cosido era la armadura perfecta para un rey destronado, y Sam se pasó un buen rato intentando entender la logística física de lanzar a Derek contra las taquillas.
Chester, a pesar de estar un poco cohibido por la falta de costumbre con tanta interacción positiva, respondió a las preguntas, se rio con disimulo y no me soltó la mano en ningún momento.
No le hacía falta fingir ser malo. Simplemente existía allí, inmenso y tranquilo, riéndose de las locuras de mis amigos.
El sentimiento de pertenencia era palpable, tan denso como el olor a incienso en el aire. Formábamos un cuadro distorsionado, exótico y maravilloso. Los raritos, y en medio de nosotros, el gigantesco ex-matón, roto, curado y absurdamente leal.
Tras casi media hora de euforia continuada, sonó el timbre del cambio de turno de las actividades extraescolares, recordándonos a todos que ya pasaban las cinco de la tarde y que los conserjes empezarían a cerrar los pabellones.
—Bueno, tenemos que irnos antes de que el conserje cierre la puerta y tengamos que dormir en ese sofá lleno de alfileres —dijo Chloe, ajustándose la mochila a la espalda y cogiendo el móvil.
Nos señaló a Chester y a mí con los ojos entrecerrados y una sonrisa felina—.
A ver si no rompéis la mesa de corte del señor Evans ahí dentro.
Tenéis cinco minutos para dejar de agarraros con la mirada y reuniros con nosotros en la puerta, ¡o le diré a la madre de Allan que se ha echado un novio que rompe narices!
Se dio la vuelta, riendo a carcajadas, y arrastró a Sam y a Ben fuera del taller. El telón se cerró, y el sonido de sus pasos resonó por el teatro hasta que se cerraron las puertas dobles del fondo.
La sala de costura volvió a sumirse en un profundo silencio. La paz era ensordecedora.
Miré hacia abajo, a nuestras manos entrelazadas sobre su rodilla, con mis anillos de plata brillando contra sus dedos recién limpiados. Suspiré, sintiendo que un peso desaparecía también de mis hombros. La guerra había terminado y habíamos vencido al jefe final de un solo puñetazo.