MI ADORABLE MATÓN CAPÍTULO 16
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CAPÍTULO 16

ALLAN REESE

El peso de la mano de Chester entrelazada con la mía era el único ancla que me mantenía en la realidad mientras caminábamos por los pasillos.

El sonido de las puertas dobles del salón de actos cerrándose a nuestras espaldas resonó como el estruendo de un puente al volar por los aires.

El puente que unía a Chester Boyd con su violento pasado acababa de convertirse en polvo, y nosotros dos estábamos al otro lado, a salvo dentro de la cómoda y polvorienta oscuridad del teatro.

El aire aquí dentro era diferente. Olía a madera antigua, a telones de terciopelo y a ese resto de palo santo que yo siempre encendía en mi taller.

Para el resto del instituto, el teatro era el vertedero de los raritos, el lugar donde se escondía la minoría para que no les pegaran en el recreo.

Pero, para mí, siempre había sido un reino.

Y ahora, el rey destronado del aparcamiento caminaba a mi lado, agarrándome de la mano como si yo fuera lo único que le impedía caer por un precipicio.

Mis pantalones de cuero sintético rojo sangre crujían a cada paso.

Las pesadas cadenas que sujetaban los retales de mi camiseta de death metal se balanceaban con un ritmo casi musical, acompañando el sonido más pesado de las botas de Chester.

Sentía la adrenalina latiendo en mis venas y el corazón me latía deprisa contra las costillas.

Estaba completamente maravillado con lo que acababa de ocurrir.

Chester no solo había pegado a Trent. Había destruido su propia reputación para proteger la mía.

Había renunciado a la corona de espinas que había llevado toda su vida y había elegido ser un blanco, solo para que el blanco no fuera yo.

No dijimos ni una palabra mientras bajábamos por la rampa lateral y entrábamos en las bambalinas.

El escenario principal estaba vacío y en silencio.

Ya no había ensayos. La producción de El retrato de Dorian Gray había sido un éxito rotundo el viernes pasado, y el decorado del Londres victoriano ya estaba desmontado a medias en la parte trasera del escenario, esperando a que el conserje se llevara las sobras al almacén.

El ambiente de caos y desesperación que nos había consumido durante meses ya no existía.

El teatro volvía a ser solo nuestro punto de encuentro, nuestro escondite perfecto.

Tiré de Chester hacia la sala de costura.

Me siguió obedientemente, con la mochila colgada de cualquier manera de un hombro, y con la respiración aún pesada, cargada con la tensión posterior a la pelea.

Cuando llegamos frente al telón de terciopelo burdeos, tiré de él con mi mano libre y le arrastré al interior de mi santuario.

El taller solo estaba iluminado por la cálida luz amarilla del foco del escritorio.

Me dejé caer la mochila de la espalda y la tiré en el sofá de flores, volviéndome hacia él.

Chester estaba de pie en medio de la pequeña habitación.

Su cazadora de cuero negra parecía más grande bajo aquella luz, pero su postura no tenía nada de amenazadora.

Su ancho pecho subía y bajaba rápidamente.

Sus oscuros ojos parpadeaban, procesando la absurda transición de la violencia del iluminado pasillo a la paz de aquella oscura habitación.

Mi mirada cayó de inmediato hacia su mano derecha.

Sus grandes y callosos dedos estaban desollados, la piel desgarrada y manchada con la sangre roja y viva de la nariz de Trent.

Ver aquella sangre me revolvió el estómago de una forma extraña.

Odiaba la violencia. Me había pasado toda la vida luchando contra idiotas que resolvían las cosas a puñetazos, argumentando que la inteligencia siempre humilla a la fuerza bruta.

Y, sin embargo, ver que había utilizado esa fuerza bruta para crear un escudo impenetrable a mi alrededor me produjo un sentimiento de posesión y protección tan primitivo que casi me sentí culpable por disfrutarlo.

—Siéntate —le ordené, señalando la silla giratoria de mi máquina de coser. Mi voz sonó un poco más ronca de lo que pretendía, rompiendo el denso silencio de la sala.

Chester no hizo preguntas. Tiró su propia mochila al suelo y se sentó en la silla, abriendo las rodillas debido al poco espacio, con sus grandes manos apoyadas en los muslos. Tenía la mirada fija en mí, siguiendo cada uno de mis movimientos como si yo fuera un faro en medio de la niebla.

Fui hasta la pequeña estantería de metal que había en una esquina de la habitación, donde guardaba unas cuantas cajas de artículos de mercería y un botiquín de primeros auxilios improvisado que había montado porque Sam siempre se cortaba los dedos con el cúter montando los decorados.

Cogí un bote de suero fisiológico, unos cuantos trozos de algodón y un frasquito de antiséptico.

Volví y me arrodillé en el viejo suelo de madera, justo entre sus piernas.

El cuero de mis pantalones rozó contra sus vaqueros. La cercanía le hizo estremecerse.

Le sujeté la muñeca derecha con ambas manos. Mis puntiagudos anillos de plata contrastaban absurdamente con su piel cálida y áspera. Acerqué su mano sucia a la luz.

—Eres un idiota, Boyd. ¿Y si te hubieras roto los huesos de la mano? ¿Cómo ibas a apilar las pesadas cajas que necesito guardar mañana, eh? —murmuré, con un tono de voz cargado de mi sarcasmo habitual, ocultando la absurda preocupación que sentía. Humedecí el algodón en el suero fisiológico.

—Tengo la mano dura. La nariz de ese mierda es lo que era de cristal —replicó él, y su grave voz sonó en un susurro exhausto.

Le pasé el algodón frío por los dedos. La sangre de Trent empezó a manchar el algodón de rosa y a desaparecer de la piel de Chester.

Mi movimiento era lento, casi reverente.

Estaba limpiando su pasado. Esa suciedad ya no le pertenecía.

Con cada pasada del algodón, todo el cuerpo de Chester se relajaba un poco más.

La rígida postura del luchador se iba deshaciendo en la silla, sus anchos hombros caían, la tensión abandonaba su cuerpo.

Soltó un largo suspiro, echó la cabeza hacia atrás y cerró los ojos.

—¿Te duele? —pregunté en voz baja, tirando el algodón sucio a una pequeña papelera cerca de la mesa y cogiendo uno limpio con antiséptico.

—No —respondió con los ojos cerrados. Y entonces, en un murmullo casi inaudible, añadió—. Nada me duele cuando estoy aquí dentro contigo.

El corazón me dio un vuelco. Su sinceridad siempre me desarmaba.

El tío que aterrorizaba a la mitad del instituto estaba ahora con los ojos cerrados, confiando ciegamente sus manos heridas a un chico de dieciocho años considerado un bicho raro.

Apreté el algodón con la medicina sobre los cortes superficiales.

Chester solo frunció un poco el ceño por el escozor, pero no retiró la mano.

—Sabes que mañana las cosas serán diferentes ahí fuera, ¿verdad?

—dije, rompiendo el cómodo silencio, centrando mi atención en sus heridas para no mirarle a su rostro perfectamente esculpido—.

El puñetazo que diste fue como firmar tu carta de renuncia al grupito de los populares.

Has aplastado a su líder. Para la pirámide social de este manicomio, ahora eres radiactivo.

Acabas de convertirte en el mayor marginado del instituto, gigante.

Chester abrió los ojos lentamente y bajó la cabeza para mirarme desde arriba. El castaño oscuro de sus ojos estaba increíblemente tranquilo. No había rastro del pánico que vi cuando los tíos patearon sus cuadernos. No había aquella confusión. Solo había claridad.

—Ya no me importa —dijo, con voz firme e inquebrantable.

Giró la mano que yo sostenía y entrelazó sus dedos callosos con los míos, ignorando el metal de mis anillos que se clavaba ligeramente en su piel.

Su agarre era fuerte y cálido—. Deja que me llamen marginado.

Deja que todo el instituto me dé la espalda.

Me he pasado toda la vida en lo alto de esa estúpida pirámide y nunca me he sentido tan solo.

Lo único que me importa está justo aquí, delante de mí, arrodillado en el suelo de este polvoriento taller. Que le jodan al resto.

Tragué el nudo que se formó en mi garganta. Su mirada estaba devorando mis defensas una a una. Esbocé una sonrisa lenta, una sonrisa genuina que rara vez le daba a nadie, e incliné la cabeza, dejando que mi rostro rozara la mano que compartíamos.

—Eres muy dramático para ser un ex-matón —le provoqué con suavidad.

—He tenido un buen profesor de interpretación —respondió, tirando suavemente de mi mano y haciendo que me levantara del suelo.

Acompañé el movimiento, levantando mi cuerpo hasta quedar de pie justo entre sus piernas, muy cerca de él.

Mi abdomen rozó su pecho. Sus enormes manos bajaron desde mi mano hasta mi cintura, agarraron las cadenas de mis pantalones y me atrajeron aún más hacia él.

Apoyó la cara en mi barriga un segundo, respirando hondo, como si mi olor fuera el oxígeno que necesitaba para sobrevivir al día.

Llevé mis manos a su oscuro y alborotado pelo, deslizando los dedos entre sus suaves mechones, acariciándole lentamente.

Era surrealista estar allí. El monstruo domado.

La farsa destruida. Y la paz reinando, por fin, en la cabeza de aquel chico al que tanto había castigado la vida.

Nos quedamos así durante unos minutos que parecieron horas, disfrutando de la quietud. Pero el silencio en el teatro de un instituto nunca dura mucho.

El ruido de las puertas dobles del salón de actos abriéndose resonó por todo el espacio, seguido por una avalancha de voces en alto, risas histéricas y pasos corriendo. La paz se rompió al instante.

—¡Allan! ¡¿Dónde estás?! —la voz de Chloe sonó como la sirena de una ambulancia, vibrando por el pasillo en dirección a las bambalinas.