MI ADORABLE MATÓN CAPÍTULO 15 #3
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CAPÍTULO 15 #3

—Allan... —murmuré, y mi voz, abandonando su dureza, salió ronca y apresurada.

Me detuve frente a él, sin saber si debía tocarle, por miedo a que pudiera rechazarme después de haber vuelto a actuar como un troglodita primitivo.

Mi mano ensangrentada dudó en el aire, y entonces levanté la izquierda, la limpia, con los dedos temblorosos.

No llegué a tocarlo. Allan se levantó rápidamente y redujo la distancia entre nosotros de un solo y brusco movimiento.

Agarró el cuello de mi cazadora de cuero con ambas manos. Sus garras de plata brillaron bajo la luz fluorescente del techo. No se echó atrás. No le asustó mi violencia. El impacto de su cuerpo contra el mío supuso un alivio tan absurdo que mis rodillas amenazaron con ceder.

Levantó la cara para mirarme. Tenía los ojos muy abiertos y su respiración entrecortada golpeaba directamente en mi cara. Su caótica estética de estrella de rock contrastaba maravillosamente con la desesperada intimidad de nuestro contacto.

—¿Estás loco? —susurró, pero no sonó como una reprimenda.

Sonó fascinado, incrédulo. Su pecho subía y bajaba contra el mío.

Miró a mi mano derecha y volvió a fijar sus ojos en los míos—.

Le has roto la cara. Su nariz ha rociado sangre por todo el pasillo, Chester.

Le has destrozado la cara a Trent en medio del instituto por mi culpa. Te podrían haber expulsado.

—Que le follen al instituto. Que le follen a la expulsión —respondí de inmediato, y mi voz salió en un gruñido bajo, ronco y sincero.

Mis manos, ignorando la suciedad y el dolor, rodearon su cintura.

Apreté con fuerza el cuero de sus pantalones rojos, acercándole aún más, anclando su cuerpo al mío—.

Dije que nadie iba a tocar lo que es mío.

Y tú eres mío. Ese bastardo te tiró contra la pared.

¿Te creías que me iba a quedar mirando? No voy a dejar que nadie te haga daño. Nunca más.

Mis palabras cayeron sobre él como una confesión desnuda de pertenencia. Ya no ocultaba nada. Ya no quería la farsa. Lo reclamé allí mismo, en medio de la fría claridad del pasillo del instituto, asumiendo por los dos lo que ya sabíamos.

La mirada de Allan cambió. La incredulidad se vio engullida por un fuego de pura adoración y un deseo violento que hizo que su nuez se moviera al tragar saliva.

La burla desapareció. No me llamó troglodita, ni me reprochó que usara los puños.

Por primera vez, mi fuerza física no era una amenaza; era la barrera que le protegía del mundo.

Una sonrisa lenta, peligrosa e increíblemente preciosa se dibujó en su pálido rostro.

—Estoy perfectamente, gigante —murmuró con voz ronca, ajustándose la ropa con una mano, pero manteniendo la otra agarrada a mi cazadora, con los dedos subiendo para acariciarme la nuca.

El frío metal de sus anillos contrastaba con la temperatura hirviente de mi piel.

Ladeó ligeramente la cabeza—. El único empujón contra la pared que acepto recibir es el tuyo. Y prefiero que sea dentro de mi taller.

La provocación afilada y llena de lujuria golpeó mi cerebro de lleno, quemando los últimos restos de mi autocontrol.

Solté un suspiro que sonó más como un leve gemido.

La tensión del puñetazo que había dado se evaporó por completo, sustituida por la necesidad urgente y magnética de borrar el mundo exterior y existir únicamente en el espacio que él ocupaba.

Apreté su cintura con más fuerza y apoyé mi frente contra la suya. —Eres un cabrón, Allan Reese —susurré contra sus labios, y una sonrisa incontrolable rompió mi dura expresión.

—Y tú eres mi caballero de la vieja cazadora y las manos ensangrentadas —respondió, cerrando los ojos y depositando un beso rápido pero firme en la comisura de mi boca, sin importarle el pasillo, sin importarle si aparecía alguien. Su valentía era el combustible perfecto para la mía.

Nos apartamos lo justo para volver a respirar aire normal.

Me agaché y recogí mi mochila del suelo, ignorando el dolor en mis dedos, y me la colgué del hombro.

Allan me soltó la cazadora y deslizó la mano hacia la izquierda, la que estaba limpia, y no dudó en entrelazar sus dedos con los míos.

El apretón fue fuerte, firme, entrelazando su plata con mi piel encallecida.

Un simple gesto de darnos la mano que, en medio de un instituto, me equivalía a saltar en paracaídas sin equipo de reserva. Pero no sentí ni una pizca de miedo.

Caminamos juntos hacia las puertas dobles del teatro.

Hombro con hombro. Dejamos atrás el charco de sangre de Trent, las taquillas abolladas y todo un pasado que intentó destrozarnos.

Cuando las pesadas puertas del salón de actos se cerraron a nuestras espaldas, aislándonos en aquel silencio y oscuridad acogedores, tuve la certeza de que la guerra había terminado.

Ya no necesitaba sembrar el terror para sentirme vivo.

Mi refugio y mi verdadera valentía estaban justo allí, cogiéndome de la mano. Y con eso me bastaba.