MI ADORABLE MATÓN CAPÍTULO 15 #2
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CAPÍTULO 15 #2

—No creo que mande en nada, Trent —la voz de Allan sonó clara y afilada, cortando el pasillo sin temblar, aun con los cuatro tíos abalanzándose sobre él—.

Pero de lo que sí estoy absolutamente seguro es de que sois la cosa más patética que ha pisado este instituto.

No habéis superado el hecho de que la única relevancia que teníais en la vida se esfumó cuando a vuestro perro guardián se le quedó vieja la correa.

—Cierra el pico antes de que te lo cierre yo a hostias —gruñó Derek, dando un paso adelante y apretando los puños.

—Uh, qué miedo. ¿Me vas a pegar, Derek? —Allan soltó una carcajada irónica, cruzándose de brazos, y los anillos de plata hicieron un sonido metálico que resonó en el pasillo—.

¿Te vas a ensuciar las manos para demostrarle a Trent que eres un buen lacayo?

¿Por qué no os volvéis al vestuario y os oléis los sobacos los unos a los otros, que es para lo único que os da vuestra capacidad intelectual?

Fue la gota que colmó el vaso para la frágil masculinidad de Trent. El líder de la manada perdió los papeles. No soportaba que le humillaran con palabras. No tenía cerebro para contestar. El único idioma que conocía era la violencia.

—¡Cabrón de mierda! —bramó Trent.

Avanzó hacia él. La gigantesca mano de Trent, la misma que sujetaba los balones de fútbol americano con brutalidad, se estampó con fuerza contra el pecho de Allan.

El impacto fue violento. El empujón hizo retroceder a Allan.

El sonido de su espalda y su cabeza golpeando la pared fue un chasquido sordo y angustioso.

El delgado cuerpo de Allan cedió por un segundo, las botas rozando el suelo mientras intentaba recuperar el equilibrio.

Las cadenas de su ropa chocaron contra la pared.

Dejó escapar un gemido sordo de dolor, cerrando los ojos una fracción de segundo, pero enseguida se llevó las manos con sus garras de plata hacia delante, intentando defenderse de la próxima embestida.

La amenaza física se hizo real. Le iban a dar una paliza allí mismo. Iban a hacer añicos al chico de cuero y plata para vengar la humillación que yo les había causado.

Mi paciencia se agotó.

No dudé. No pensé en las consecuencias. No pensé en la Directora, ni en mi graduación, ni en la promesa que me había hecho a mí mismo de no volver a pegar a nadie.

Había una línea muy clara entre ser violento sin motivo y proteger a la persona que era el mundo para mí.

Y Trent acababa de cruzar esa línea con los dos pies.

—¡Quítale tus sucias pezuñas de encima! —Mi grito estalló en el pasillo, tan grave y ensordecedor que sonó como el rugido de un animal salvaje rompiendo su jaula.

El sonido de mi voz rebotó en las paredes y el efecto fue inmediato.

Los cuatro imbéciles se quedaron helados.

Trent volvió la cabeza, con los ojos muy abiertos por la sorpresa.

Marcus y Derek dieron un paso involuntario a un lado, rompiendo el círculo por el susto.

Allan abrió los ojos, jadeando contra la pared, y cuando me vio, su impenetrable máscara resbaló por fin, revelando el alivio más puro que he visto nunca.

Me dirigí hacia ellos a paso firme, con la sangre palpitando tan fuerte en mis oídos que bloqueaba casi todos los demás sonidos. Ya no era el chico asustado, ya no era la presa. Y tampoco era el monstruo que descargaba el odio de su padre. Yo era la furiosa justicia llamando a la puerta.

Me detuve a dos metros de ellos. Mi mochila se deslizó de mi hombro y golpeó el suelo con un ruido sordo, abandonada.

—Ah, ha llegado el caballero —Trent intentó disimular su pánico con esa estúpida sonrisa burlona de siempre, volviéndose hacia mí, pero vi que su nuez subía y bajaba rápidamente.

Intentó adoptar su postura de líder—. ¿Qué pasa, Boyd?

¿Vienes a rescatar a la princesa? Ya te dije que te ibas a convertir en la putita del teatro. Mírate, corriendo detrás de...

No terminó la frase. No le di tiempo. La época de hablar con él había terminado en la cafetería la semana pasada.

No caminé. Avancé como un tanque. Derek intentó interponerse en mi camino, levantando un brazo.

No me detuve. Agarré a Derek por el cuello de su camiseta con la mano izquierda y, aprovechando el impulso de mi propio peso, lo lancé a un lado con una fuerza descomunal.

El cuerpo de Derek salió volando y chocó contra la fila de taquillas azules del otro lado del pasillo, y el estruendo metálico sonó como un accidente de tráfico.

Cayó al suelo tosiendo, sin respiración, llevándose las manos al pecho.

Marcus y el otro chico del lacrosse dieron tres pasos atrás, pegando la espalda a la pared de enfrente, con los ojos saltones de puro terror.

Se dieron cuenta de la cagada que habían hecho.

Se dieron cuenta de que el Chester que conocían había vuelto, solo que infinitamente más centrado y peligroso.

Trent abrió los ojos como platos y su sonrisa desapareció al instante. Levantó los puños en un fallido instinto de defensa, intentando prepararse para el impacto. Pero no fue lo bastante rápido. Nunca lo fue.

Cerré el puño derecho. El movimiento fue fluido, perfecto, impulsado por todo el odio que sentía hacia aquel asqueroso sistema, por toda la rabia de haber visto la espalda de Allan golpeando aquella pared.

Saqué el hombro, giré la cadera y asesté un puñetazo recto y devastador, con todo el peso de mi metro noventa, directamente en medio de la cara de Trent.

El ruido del impacto fue fuerte y claro. El sonido de su nariz rompiéndose resonó en el pasillo, fuerte y definitivo.

La fuerza del puñetazo levantó a Trent del suelo.

Su cabeza se echó hacia atrás violentamente.

Ni siquiera tuvo tiempo de soltar un grito de dolor.

Su cuerpo se desplomó como un saco de patatas vacío, golpeándose la espalda contra el suelo y resbalando un poco sobre las baldosas.

Su nariz se convirtió en un grifo. La sangre brotó al instante, manchándole la boca, la barbilla y la camiseta blanca que llevaba debajo de la chaqueta del equipo.

Rodó hacia un lado, cubriéndose la cara con ambas manos, gimiendo, un sonido agudo y patético, retorciéndose en el suelo.

Me quedé quieto en el sitio. Mis piernas estaban firmes, mis hombros echados hacia atrás, y mi puño derecho seguía cerrado al costado de mi cuerpo.

Me dolían los dedos, que ya empezaban a enrojecerse y a mancharse con su sangre, pero no sentía dolor.

Sentí un alivio abrumador. No perdí la postura.

No perdí el control y no seguí golpeando, como habría hecho mi padre.

Le di exactamente lo que necesitaba para pillar el mensaje.

Solo un puñetazo. Certero e imperdonable.

Bajé la vista y miré a Trent en el suelo. El olor a sangre fresca flotó en el aire del pasillo.

—Esta es la última vez —mi voz salió mortalmente tranquila, grave, sin necesidad de gritar para llenar todo el espacio.

Mi tono era absoluto, incuestionable. Miré de Trent a Marcus, que estaba petrificado contra la pared, y luego a Derek, que seguía intentando levantarse del suelo.

El terror en sus ojos era absoluto. El rey no solo había vuelto; era el dueño de todo el juego—.

Si cualquiera de vosotros, o cualquier imbécil que se junte con vosotros, le pone un dedo encima, respira cerca o vuelve a mencionar su nombre.

.. iré a por todos y cada uno de vosotros.

Os buscaré en el aparcamiento, en el campo, en la puerta de vuestra casa.

Y lo que le acabo de hacer a la nariz de esta mierda parecerá una caricia comparado con lo que os haré.

Marcus tragó saliva y asintió frenéticamente. El chico del lacrosse ayudó a Derek a ponerse en pie, ambos temblando. —¿Lo habéis entendido? —gruñí, bajando un poco la cara, exigiendo confirmación.

—Lo hemos entendido. ¡Lo hemos entendido, joder! —tartamudeó Marcus, presa del pánico.

—Pues recoged a esta basura del suelo y desapareced de mi vista. Ahora.

No lo dudaron. Marcus y el otro chico se agacharon, tirando a Trent de los brazos.

Trent se quejaba, con la cara cubierta de sangre y completamente desorientado.

Le arrastraron, llevándole en volandas lejos de aquel pasillo lo más rápido que les permitían las piernas.

Derek les siguió, cojeando ligeramente, y miró atrás una sola vez para asegurarse de que no iba a atacar de nuevo.

En cuestión de segundos, doblaron la esquina del vestíbulo y desaparecieron, dejando atrás solo unas gotas de sangre manchando el suelo blanco.

El silencio descendió sobre el pasillo. El sonido de mi propia respiración agitada era lo único que escuchaba.

La furia empezó a disiparse y la adrenalina dejó paso a un ligero temblor en las manos.

La rabia que me impulsaba desapareció en cuanto el peligro fue eliminado.

El monstruo había vuelto a su jaula. Aquel había sido mi último acto en el mundo de la violencia estúpida.

Mi salida definitiva de la manada quedó firmada con sangre y un punto y final.

Relajé las manos y abrí mis doloridos dedos. Me di la vuelta despacio.

Allan seguía apoyado en la pared. Tenía las manos apoyadas en las rodillas y la cabeza un poco gacha, intentando recuperar el aliento tras haberse quedado sin aire por el empujón. Sus rizos castaños le tapaban parte de la cara.

Verle vulnerable hizo que se me encogiera dolorosamente el pecho. El instinto protector, que ahora guiaba mi vida, me hizo dar un paso rápido hacia él. Olvídate de la frialdad, olvídate de la actitud de tío duro. Solo necesitaba saber si estaba bien.