CAPÍTULO 15
CHESTER BOYD
La pálida luz de la mañana del lunes entraba por la rendija de la cortina de mi habitación, cortando el aire viciado y polvoriento.
El irritante sonido de la alarma de mi viejo móvil empezó a sonar, pero yo ya llevaba mucho tiempo con los ojos abiertos mirando la mancha de humedad del techo.
El fin de semana había sido una tortura lenta y pegajosa.
El sábado y el domingo se habían arrastrado como si el tiempo se hubiera convertido en un charco de brea.
Mi padre se pasó la mayor parte del tiempo desmayado en el sofá, oliendo a cerveza rancia y a tabaco barato, y las pocas veces que estuvo despierto, su voz resonó por la casa con los insultos de siempre.
Rompió un vaso contra la pared de la cocina porque no encontraba el abridor.
Gritó que yo era un inútil. Pero, por primera vez en toda mi vida, sus palabras no me hicieron daño.
Chocaron contra mi pecho y cayeron al suelo, vacías, sin ningún peso.
Ya no era su presa. El hechizo se había roto el viernes por la noche, en medio de un escenario de madera iluminado por focos calientes, con todo el instituto aplaudiéndome de pie.
Aquel sonido ensordecedor del público aún me zumbaba en los oídos, pero no fueron los aplausos lo que me había curado.
Fue el chico que me cogió de la mano entre bastidores.
Allan. La imagen suya apoyado en el burro de la ropa, su piel pálida, sus anillos de plata brillando, su respiración agitada contra mi boca.
.. Me había pasado las últimas cuarenta y ocho horas reviviendo cada momento de lo que pasó en el taller de costura.
Me aferré a ese recuerdo como un náufrago se aferra a un trozo de madera en medio del océano.
Ese recuerdo fue mi escudo contra el infierno que era mi casa.
Me levanté de la cama, con los músculos protestando ligeramente, y fui al baño.
Me lavé la cara con agua helada, frotándome la piel hasta que se puso roja.
Miré mi reflejo en el espejo resquebrajado.
El hematoma de mi mandíbula ya era solo una sombra casi imperceptible.
Pero lo que realmente me llamó la atención fue la expresión de mis propios ojos.
Ya no había ese terror disfrazado de odio.
No estaba ese ceño fruncido a la defensiva que usaba para mantener a la gente alejada.
El monstruo que había creado para sobrevivir había muerto, y el tío que quedaba en el espejo parecía simplemente.
.. normal. Un chico de dieciocho años, cansado, pero que por fin podía respirar.
Me puse mis vaqueros oscuros, mis pesadas botas de siempre y una camiseta negra básica.
Dudé un segundo al mirar mi vieja cazadora de cuero, colgada en la silla de la habitación.
Aquella cazadora era el uniforme de mi antiguo yo.
Era el símbolo del terror que sembraba. Pero ahí fuera hacía frío y no iba a tirar mi ropa solo porque hubiera decidido cambiar de vida.
Cogí la cazadora, me la eché a los hombros y salí de casa sin hacer ruido, pisando suavemente en el pasillo para no despertar al desgraciado del sofá.
Mi cuota para lidiar con idiotas estaba reservada para el instituto.
Cuando aparqué la camioneta en el patio del instituto, lo primero que noté fue el cambio en la gravedad del lugar.
El aparcamiento estaba lleno de alumnos llegando, mochilas a la espalda, conversaciones en voz alta.
Pero en cuanto cerré la puerta de mi coche, la dinámica cambió.
Antes, mi llegada estaba marcada por un silencio aterrorizado y la gente se apartaba de mi camino como si fuera a atropellar a todo el mundo.
Hoy, la gente me abría paso, sí, pero las miradas eran completamente diferentes.
No había miedo. Había curiosidad. Había asombro.
Incluso había alguna que otra sonrisa tímida de personas que nunca pensé que me mirarían a la cara sin temblar.
El cotilleo sobre mi actuación en la obra había dominado el instituto durante el fin de semana.
Ya no era solo "Boyd, el bestia del aparcamiento".
Era el tío que se había subido al escenario y se había comido la escena.
La dualidad de todo aquello le estaba friendo la cabeza a mucha gente, y confieso que encontrarle la gracia a la confusión ajena era liberador.
Crucé las puertas dobles del edificio principal, con la mochila colgando de un solo hombro, y empecé a caminar hacia mi taquilla.
Sin embargo, la tensión en mi cuerpo empezó a subir lentamente.
Estaba preparado para lo peor. Después de haber abandonado a la manada en la cafetería y haberme negado a pelear en el vestuario, Trent y los demás empezaron a tratarme como su nuevo saco de boxeo.
El bullying a la inversa había empezado con fuerza.
Empujones, insultos, cuadernos por el suelo.
Creía que hoy pasaría la misma mierda, tal vez incluso peor, ya que todo el instituto vio a Trent callarse y tragarse mi actuación el viernes.
Pero la mañana avanzó y... nada.
Ningún hombro chocando con fuerza contra el mío en el pasillo.
Ninguna risita por lo bajo desde el fondo de la clase en matemáticas o historia.
Ningún comentario humillante susurrado a mi paso.
Busqué a Trent, a Marcus y a Derek con la mirada varias veces.
Los vi de lejos en el recreo, cerca de la cancha de baloncesto.
Me miraron, pero apartaron la cara rápidamente y se dieron la vuelta, fingiendo que no existía.
Fue una sensación extraña. Una quietud que no parecía paz, sino el silencio que precede a un huracán.
No eran de los que se tragan una humillación en silencio.
Su frágil orgullo no iba a permitir que el viernes quedara impune.
Si no apuntaban hacia mí, apuntaban a otra cosa.
Mi instinto de supervivencia saltó en el fondo de mi cerebro, pero intenté ignorarlo, concentrado solo en contar las horas para el final del último periodo, cuando por fin podría ir a las bambalinas del teatro para ver a Allan.
Las clases de la tarde fueron un borrón tortuoso.
El profesor de biología parecía hablar a cámara lenta y las agujas del reloj de la pared se negaban a moverse.
Con cada minuto que pasaba, crecía la ansiedad por volver a estar cerca de él.
Me sorprendí a mí mismo mirando fijamente mi cuaderno abierto, trazando con la punta del bolígrafo sus iniciales en una esquina de la página y tachándolas a continuación, riéndome por lo bajo de mi propia idiotez.
Parecía un imbécil adolescente enamorado.
Y lo peor es que me daba exactamente igual.
Por fin, el agudo timbre que marcaba el final de la jornada escolar resonó por los pasillos.
El alivio fue instantáneo. Tiré los libros de cualquier manera en la mochila, me levanté del pupitre y salí del aula entre la multitud, ajustándome la cazadora de cuero.
Mi ruta estaba trazada: ala oeste, salón de actos, sala de costura.
Necesitaba oler a incienso y laca para el pelo.
Necesitaba oír su voz ácida y ver aquellos ojos llenos de desafío.
El instituto empezó a vaciarse rápidamente. La mayoría de los alumnos corrían a coger los autobuses escolares o al aparcamiento. Los pasillos se fueron quedando cada vez más vacíos a medida que me alejaba del bloque principal y entraba en el ala de artes. El silencio allí solía ser acogedor.
Pero hoy, el silencio se vio interrumpido por una voz que reconocería hasta en el infierno.
—¿Te crees intocable ahora, bicho raro? ¿Crees que por haberle enseñado a ese idiota a leer dos frases en un escenario mandas en algo?
La voz de Trent rebotó en las paredes del pasillo.
Gruesa, cargada de pura maldad. Mi corazón perdió el ritmo.
Se me heló la sangre e, instantáneamente, alcanzó el punto de ebullición.
La quietud de todo el día no era rendición.
No me estaban ignorando porque se hubieran rendido.
Me estaban ignorando porque habían encontrado un objetivo más fácil para hacerme daño.
Cobardes de mierda. Sabían que no tenían huevos para enfrentarse a mí, así que habían ido a por el chico que creían que era el problema.
Aceleré el paso, con mis pesadas botas pisando fuerte el suelo, la mochila olvidada en el hombro.
La adrenalina que hacía días que no sentía me volvió como un puñetazo directo al cerebro, pero no era la adrenalina del monstruo que quería destrozarlo todo.
Era el instinto de un lobo a punto de arrancarle la garganta al que osaba acercarse a lo que era suyo.
Giré en el pasillo que conducía a las puertas dobles del teatro.
La escena que tenía ante mí hizo que se me oscurecieran los bordes de la visión.
Eran cuatro contra uno. Trent, Marcus, Derek y otro gilipollas del equipo de lacrosse formaban un estrecho semicírculo. Y en el centro, de espaldas a la pared junto a la puerta del salón de actos, estaba Allan.
Incluso acorralado, Allan no perdía la majestad.
Su estética hoy era aún más agresiva de lo habitual.
Llevaba unos pantalones de cuero sintético tan rojos que parecían sangre fresca, ajustados a las piernas y llenos de gruesas cremalleras color plomo.
Su camiseta negra era casi un jirón de tela, deconstruida al extremo y atada con cadenas que caían por su pálido pecho.
Tenía la barbilla levantada al máximo. No mostraba ni un ápice de miedo.
Su postura rezumaba ese impecable desdén que tantas veces me había desarmado a mí.