MI ADORABLE MATÓN CAPÍTULO 14 #3
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CAPÍTULO 14 #3

Levanté mis propias manos y le agarré por la cintura, mis dedos apretaron el cuero sintético de sus pantalones.

Tiré de él suavemente para acercarlo, hasta que nuestros cuerpos se tocaron.

El contacto de su cadera contra la mía me hizo jadear en voz baja, pero no le besé de inmediato.

Primero tenía que decir algo. Tenía que quitarme el peso del pecho.

—Mi lugar no está en el escenario, Allan —dije, y mi voz grave sonó rasgada, cargada de toda la verdad que había estado guardando para aquel momento. Le miré a los ojos, buscando el cálido brillo de aquellos ojos castaños—. El escenario fue solo una prueba. Mi lugar está donde tú estés.

Allan contuvo la respiración. Su mano en mi pecho se congeló. La máscara de cinismo y burla que usaba para protegerse se desmoronó por completo, revelando al chico vulnerable y absurdamente guapo que había debajo.

No me eché atrás. El valor que había echado raíces en mí durante la obra me estaba dando el combustible necesario para no huir de mis propios sentimientos.

—Me pasé dieciocho años de mi vida pensando que estaba estropeado.

Pensando que la violencia de mi padre era una maldita herencia que me iba a contaminar hasta ahogarme en ella —continué, y las palabras salieron despacio, confesándole mi alma al chico que la había salvado.

Deslicé mi mano izquierda por su espalda, sujetándole la pálida nuca, y mis dedos se perdieron en los alborotados rizos de su pelo—.

Me convertí en ese monstruo porque pensé que era la única forma de existir en este instituto sin ser aplastado.

Empujé a todo el mundo al infierno para asegurarme de que nadie me viera sangrar. Y entonces apareciste tú.

Le pasé el pulgar por la mejilla, trazando la fina línea del lápiz de ojos. El cuerpo de Allan se estremeció ligeramente ante el contacto.

—Con tus pantalones ajustados, tus cadenas y esa boca que no sabe cuándo callarse —sonreí de medio lado, una sonrisa triste, pero llena de un cariño abrumador—.

Me acorralaste. No retrocediste cuando intenté asustarte.

Tocaste mi herida y, en lugar de usarla para destruirme, la usaste para reconstruir mi vida.

Me defendiste en el pasillo cuando me quedé sin fuerzas.

Me escuchaste llorar en esta sala. Me abrazaste cuando creí que ni siquiera merecía los "buenos días".

La voz de Allan falló cuando intentó hablar. Negó levemente con la cabeza, y sus manos subieron para agarrarme con fuerza por los hombros, clavando las uñas en la tela del vestuario. —Tú valías, Chester. Siempre has valido. Yo solo se lo restregué por la cara a esos idiotas hasta que lo vieron.

—Me demostraste que valgo —le corregí con firmeza, reduciendo la distancia entre nuestras caras hasta que mi nariz rozó la suya.

Nuestro aliento se mezcló en uno solo—. Me demostraste que no necesito ser un animal, no necesito pegar, no necesito dar miedo a nadie para tener un lugar propio.

No necesito a Trent. No necesito a la manada.

Ni siquiera necesito la aprobación de mi padre. Tú me curaste, Allan.

El silencio en la sala de costura se volvió absoluto, denso y sagrado. No solo estábamos hablando; estábamos sellando un pacto silencioso de supervivencia mutua. Le miré a la boca, a los labios enrojecidos, entreabiertos, anhelantes, y luego volví a sus ojos brillantes de emoción.

—Gracias —susurré, y la palabra cargaba con toda la gratitud acumulada y sofocada de toda una vida de soledad—. Gracias por no haber huido de mí.

Una lágrima obstinada escapó del ojo de Allan, rodando por su pálida mejilla. No intentó esconderla. Sonrió, una sonrisa pequeña, rendida y absurdamente verdadera, y negó con la cabeza. —Hablas demasiado para mi gusto, gigante —murmuró con voz ronca, llena de amor disfrazado de provocación.

No me dio tiempo a responder. Las manos de Allan se deslizaron de mis hombros a mi nuca. Los fríos anillos de plata se hundieron en mi pelo corto, y él me empujó la cabeza hacia abajo con una urgencia posesiva y hambrienta, aplastando su boca contra la mía.

Mis brazos rodearon su fina cintura, aplastando su cuerpo contra el mío, levantándolo del suelo con facilidad.

Él cruzó las piernas en mi cintura al instante, enganchando los tobillos a mi espalda, con el peso de su ligero cuerpo anclado únicamente en mi fuerza.

El beso fue una explosión de alivio y pura pasión.

No era el beso desesperado y confuso de nuestra pelea.

No era el beso febril de nuestra confesión. Era la entrega total.

Le besé como si fuera la única fuente de oxígeno del planeta. Nuestras lenguas se encontraron en un ritmo ardiente, profundo, saboreando el café y la victoria que acabábamos de conquistar. Caminé con él pegado a mí y le empotré contra la pared del taller.

Gimió por lo bajo en mi boca, y el sonido vibró en mi lengua.

Sus manos bajaron a mi cara, sujetando mi mandíbula, con los pulgares acariciando el hematoma casi invisible ya, como si quisiera borrar las últimas sombras de mi pasado con su propio tacto.

Apreté sus muslos por encima de los pantalones rotos, sintiendo el calor de su piel ardiente, chupándole el labio inferior.

Fue Allan quien rompió el beso, jadeando. Apartó la cara lo justo para que nuestros ojos se encontraran, apoyando las manos en mis hombros y resbalando despacio de mi cintura. El sonido de sus botas tocando el suelo de madera rompió el trance.

—Tranquilo, gigante. Respira —murmuró, con la voz ronca, ajustándose la camiseta con una sonrisa provocativa y un poco sin aliento—. Si el señor Evans entra aquí buscando algún vestuario y ve esta escena, le da un infarto y nos expulsan.

No retrocedí. No fruncí el ceño. El terror absoluto a ser descubierto, que me paralizaba y me hacía querer romperlo todo hacía tan solo unos días, simplemente ya no estaba ahí.

—Que le follen al señor Evans. Que le follen a todo el instituto —respondí, y mi voz salió grave, rústica y cargada de una certeza que nunca había tenido en mi vida—. Ya no quiero esconderme más, Allan. De nadie.

Se le iluminó la cara. La sonrisa de Allan se ensanchó, y sus ojos castaños brillaron con una mezcla de sorpresa, burla y orgullo.

—Míralo... El rey del armario tirando la puerta abajo. Quién iba a decir que debajo de esa vieja cazadora de cuero había un tío tan valiente. Has cambiado de verdad, ¿eh, Boyd?

—Eso parece —dije, soltando un leve suspiro, sintiendo mi pecho extrañamente aliviado, aún acostumbrándome a la ausencia de pánico.

Se encogió de hombros, fingiendo normalidad, pero se arregló la ropa arrugada con un brillo malicioso en la mirada y dio un paso atrás, hacia la salida.

—Guárdate esas ganas para luego. Terminaremos exactamente lo que acabamos de empezar aquí, pero ahora tengo que ir al vestíbulo. Mis padres deben estar volviéndose locos de la ansiedad por verme.

—Ve tú delante. Yo iré justo detrás de ti —dije, descruzando los brazos y viéndole retroceder.

Me quedé en medio del taller, viendo a Allan correr el telón de terciopelo y desaparecer por los oscuros pasillos de las bambalinas. El silencio que dejó tras de sí no estaba vacío, era pacífico.

El matón había muerto. La farsa se había acabado para siempre.

Allí, viendo al chico marginado salir de un polvoriento taller, yo solo era Chester.

Y, por primera vez en mi vida, tenía la absoluta certeza de que no había mejor lugar en el mundo en el que estar.

El gigante ya no necesitaba tener miedo de su propia sombra, porque había encontrado a alguien dispuesto a encender la luz.