CAPÍTULO 14
CHESTER BOYD
Los pesados telones de terciopelo rojo se cerraron con un estruendo ahogado, cortando la luz cegadora de los focos y sumiendo el escenario principal en la penumbra de las luces de servicio.
El sonido del público, sin embargo, no desapareció.
Los aplausos, los silbidos y los gritos seguían resonando a través de la gruesa tela, una tormenta de sonido que hacía vibrar el suelo de madera bajo mis botas.
Yo estaba de pie, justo detrás del telón, con el pecho subiendo y bajando a un ritmo frenético, y mis pulmones buscando aire con una urgencia desesperada, como si acabara de correr un maratón con los ojos vendados.
El sudor me resbalaba por la frente, bajando por un lado de la cara y empapando el cuello duro de la camisa victoriana que Allan me había cosido.
La adrenalina en mi sangre era tan densa que podía saborearla en la punta de la lengua.
Me temblaban las manos, pero, por primera vez en toda mi vida, el temblor no provenía de la rabia reprimida, del pánico a que me pegaran en casa o de la enfermiza necesidad de partirle la cara a alguien.
Estaba temblando de pura euforia. Mi corazón latía con la fuerza de un tambor de guerra, golpeando mis costillas, celebrando el hecho de que estaba vivo. Vivo de verdad.
Cerré los ojos un segundo, dejando que la vibración de aquel momento se apoderara de cada célula de mi cuerpo.
Estaban aplaudiendo. Todo el instituto estaba ahí fuera, de pie, aplaudiendo hasta que les dolían las manos.
Y no aplaudían porque me tuvieran miedo.
No me respetaban porque amenazara con meterles la cabeza en un retrete o porque le diera un puñetazo a una taquilla.
Me aplaudían porque había formado parte de algo bueno.
Porque había entregado algo real. Me estaba dando cuenta, con el peso de un ancla, de que el respeto que había pasado años intentando arrancar a la gente a base de fuerza bruta, terror psicológico y violencia, lo acababa de conseguir utilizando únicamente mi voz y mi postura.
Cuando abrí los ojos, el caos de las bambalinas ya había engullido al reparto.
Las luces de servicio iluminaban el torbellino de adolescentes sudorosos, maquillados e histéricos que corrían de un lado a otro.
Era una explosión de alivio colectivo. El peso de meses de ensayos, broncas, noches sin dormir y vestuarios rotos acababa de evaporarse.
—¡Lo conseguimos! ¡No me lo puedo creer, lo conseguimos! —la voz chillona de Chloe resonó por encima del ruido general. Estaba en medio de las bambalinas, saltando con aquel gigantesco vestido de época, pareciendo una campana descontrolada, con el maquillaje completamente corrido por las lágrimas.
El señor Evans estaba apoyado en la mesa de la cabina de sonido, con ambas manos cubriéndose la cara, llorando como un niño. Se quitó las gafas, se limpió los ojos rojos con la manga del jersey y dio unas palmadas, llamando la atención de todo el mundo.
—¡Chicos! ¡Chicos, venid aquí! ¡Treinta segundos antes de que abramos las puertas a los padres! ¡Todo el mundo aquí! —gritó, con la voz embargada por la emoción.
Los alumnos del reparto y del equipo técnico empezaron a aglomerarse en un círculo torpe entre bastidores.
Yo me quedé donde estaba, un poco apartado, apoyado en la pared de ladrillos fríos.
El viejo instinto me gritaba que me mantuviera en la sombra.
Yo era el intruso. Era el tío que acosaba a la mitad de aquellas personas.
No iban a querer al monstruo en medio de su círculo de celebración.
Ya había hecho mi parte. Solo tenía que ir a la sala de costura, quitarme aquella ropa y marcharme antes de que se rompiera el encanto.
Pero antes de que pudiera dar un paso atrás, Chloe giró la cabeza y me vio allí en la esquina.
Dejó de saltar, se agarró la pesada falda del vestido con ambas manos y caminó hacia mí.
El pasillo se abrió para ella. Me quedé paralizado, esperando algún tipo de comentario ácido, pero no se detuvo frente a mí.
Simplemente redujo el espacio a cero y echó ambos brazos alrededor de mi cuello, atrayéndome en un abrazo apretado y completamente inesperado.
El olor de su perfume floral y de su laca para el pelo invadió mi nariz.
Me quedé helado. Todo mi cuerpo se puso rígido como una tabla.
Mis manos se quedaron suspendidas en el aire, sin saber qué hacer.
Nunca me había abrazado una chica del instituto que no intentara sacarme algún favor o que no formara parte del grupito de los populares.
¿Y Chloe? ¿La chica que me llamaba neandertal y troglodita cada vez que pasaba?
Me estaba estrujando como si fuera un oso de peluche gigante.
—Al principio fuiste un auténtico capullo con nosotros, Boyd —dijo, con la voz ahogada contra mi ancho pecho, riendo y llorando al mismo tiempo—.
Pero hoy has salvado mi obra. Has estado increíble ahí arriba.
Y te juro que, si desapareces ahora y no lo celebras con nosotros, yo misma te arranco los dientes con un alicate de cutículas.
Solté el aire que ni siquiera sabía que estaba conteniendo.
La sorpresa me desarmó. Lentamente, de una forma un poco torpe, bajé las manos y le devolví el abrazo, dándole unas suaves palmaditas en la espalda.
—Gracias, Chloe —murmuré, con la voz ronca y entrecortada—.
Tú también has estado increíble en el escenario.
Se apartó, secándose las lágrimas con cuidado de no correrse aún más el rímel, y me dedicó una sonrisa que no tenía ni una gota de falsedad.
Me agarró del brazo y me arrastró hacia el centro del círculo de alumnos.
Me dejé arrastrar. Cuando entramos en el círculo, las conversaciones disminuyeron un poco, pero las miradas ya no eran de miedo o de asco. Eran miradas de aceptación.
El señor Evans volvió a ponerse las gafas y me miró directamente.
Se aclaró la garganta, adoptando su postura de director chiflado.
—Confieso, y todos vosotros sois testigos, que cuando la Directora me obligó a aceptar a Chester Boyd en nuestro club, pensé que mi producción estaba arruinada.
Pensé que iba a romper mis decorados, a asustar a mis actores y a abandonar el barco a la primera dificultad.
Dio un paso hacia mí, levantando la mano y señalándome el pecho con el dedo, pero no era una reprimenda.
Era un reconocimiento. —Pero me has demostrado que estaba equivocado, muchacho.
Te has tragado tu orgullo. Has trabajado como un condenado en esas bambalinas cargando madera.
Rajaste un vestuario, sí, y casi me matas del susto.
.. pero volviste. Y lo que has hecho hoy en ese escenario, tapando el hueco de Toby en el último segundo y callando la boca a todo ese público.
.. ha sido teatro en su forma más pura. Tienes un lugar aquí, Chester. Felicidades. Eres uno de los nuestros.
"Eres uno de los nuestros".
Aquellas palabras me golpearon en el pecho con la fuerza de un nocaut.
Miré el rostro del profesor, luego a los alumnos de mi alrededor.
Nadie me estaba juzgando. Nadie se estaba riendo en mi cara.
Estaban de acuerdo. Algunos alumnos de primer año aplaudieron bajito.
Sam y Ben estaban al otro lado del círculo, mirándome con una mezcla de respeto y sorpresa.
Ya no era el matón. Ya no era el tío del aparcamiento, el perro guardián de una manada de cobardes.
Era el marginado. Era un chico del teatro.
La transición que había empezado a base de humillación y dolor acababa de concluir a base de triunfo.
No había perdido mi sitio en el instituto; simplemente había encontrado el lugar donde realmente debía estar.
La sensación de pertenencia fue tan abrumadora que sentí un nudo en la garganta.
Bajé la cabeza, rascándome la nuca, completamente avergonzado por la atención positiva.
—Gracias, señor Evans —logré decir, con voz baja pero firme—. Yo... no lo habría hecho si no me hubierais aguantado.
El corro de alumnos estalló en aplausos y gritos de nuevo, rompiendo el momento solemne y transformando las bambalinas en una ruidosa fiesta.
El grupo empezó a dispersarse, la gente se abrazaba, se hacían fotos con los móviles, quedaban para ir a comer pizza después a celebrarlo.
Los organizadores ya estaban despejando el escenario.
Vi a Sam y a Ben caminando hacia la salida, riéndose de algo sobre los focos.
El estómago me dio un vuelco. Aún quedaba una cosa por hacer.
La obra había terminado, me habían aceptado, pero sabía lo que había hecho en el pasado.
Sabía el terror que les había causado a esos dos en concreto.
Aceptar los aplausos sin limpiar la suciedad que había dejado a mis espaldas sería solo una cobardía más, y me había jurado a mí mismo que nunca más huiría de mi propia mierda.
Di zancadas largas, abriéndome paso en medio de la confusión, y me detuve justo delante de los dos, cortándoles el paso hacia la puerta.
Sam retrocedió instintivamente, con los ojos muy abiertos, llevándose la mano al pecho.
Ben se ajustó las gafas en la punta de la nariz, y su postura defensiva volvió de golpe.
Su instinto de supervivencia seguía saltando cuando yo me acercaba demasiado rápido.
Y la culpa de ello era cien por cien mía.
—Eh, calma. Relajaos —dije. Mi voz era lo más mansa que logré hacerla sonar.
Se detuvieron, intercambiando una mirada de desconfianza, pero no huyeron.