CAPÍTULO 13 #3
El resto de la obra transcurrió como un sueño frenético.
El sudor, las carreras entre bastidores para los cambios de vestuario, la emoción de cada acto terminado.
Cada vez que iba a las bambalinas, mis ojos buscaban a Chester.
Se quedaba al fondo, ayudando a Sam a mover los pesados muebles en la oscuridad, en silencio, concentrado.
Pero cada vez que nuestras miradas se cruzaban, la comunicación era inmediata.
Había orgullo brillando en sus ojos, un gigantesco alivio por no haber fracasado, por no haberse rendido al pánico.
El gigante respiraba por fin aire puro. Y la forma en que sus ojos me seguían, llenos de una reverencia y un deseo que ya no intentaba ocultar, estaba derritiendo cualquier barrera que yo aún insistiera en mantener.
La escena final terminó con una espectacular luz roja centrada en el retrato deteriorado de Dorian. Subió el volumen de la música, triste y grandiosa, y las luces se fueron atenuando gradualmente hasta el apagón total.
El silencio reinó durante tres largos segundos antes de que se produjera la explosión.
Los aplausos empezaron tímidamente y rápidamente se convirtieron en una estruendosa ola de choque.
El público se volvía loco. Silbidos, gritos de "bravo", el sonido de las palmas llenando cada centímetro del salón de actos.
Las luces principales se encendieron en un tono dorado, anunciando el momento de los saludos.
El señor Evans lloraba entre bastidores, empujando al reparto hacia el escenario. Chloe salió primero, haciendo reverencias dignas de la realeza, siendo ovacionada. Sam y los demás entraron poco después. Me puse en fila para entrar, arreglándome el terciopelo verde de mi traje. Miré hacia atrás.
Chester se había retirado, pegado a la pared de ladrillo de las bambalinas, dudando en salir al resplandor del escenario. Creía que no tenía derecho a estar allí, a recibir los aplausos. Se había pasado tres años aterrorizando a ese mismo instituto; la culpa aún le mantenía en las sombras.
Yo no iba a permitirlo. Aquel triunfo era tan suyo como mío.
Detuve la fila de saludos, caminé hasta el fondo de las bambalinas, pasé la mano por el musculoso brazo de Chester y entrelacé mis dedos con los suyos con fuerza.
El impacto de mi mano en la suya hizo que abriera los ojos como platos.
El contacto físico delante de todo el mundo, incluso en la penumbra.
Intentó retirar la mano, asustado por su propia valentía, pero yo le apreté más fuerte, mis anillos presionando su mano encallecida.
—No vas a huir ahora, Boyd —grité por encima del ruido ensordecedor del público—. ¡Ven! ¡Ese escenario también es tuyo!
Tiré de él conmigo. Chester tropezó con su propio tamaño, pero me siguió. Entramos en la luz de los focos, y nuestras manos siguieron unidas una fracción de segundo en la oscuridad del lateral, antes de que le soltara para colocarnos en la fila del reparto. Todo el teatro estaba de pie.
Miré al público. Mi madre estaba de pie en la silla, gritando mi nombre, mientras mi padre silbaba con los dedos en la boca.
Eran mi ruidoso puerto seguro. Desvié la mirada hacia la segunda fila.
Trent y el resto de la manada también estaban de pie, pero no aplaudían.
Tenían los brazos cruzados, la cara seria, derrotados, invisibles en medio del triunfo colectivo.
Su opinión ya no valía absolutamente nada. Eran irrelevantes.
Giré la cabeza hacia un lado para mirar a Chester.
Estaba de pie en el extremo de la fila del reparto.
El pecho le subía y le bajaba deprisa, con la respiración entrecortada por la emoción.
Miró a aquella multitud que le ovacionaba de pie.
No había miedo en sus ojos. No había hostilidad, no había fruncido el ceño a la defensiva.
Solo había una vulnerabilidad iluminada.
Y entonces, por primera vez desde que lo conocí, el rostro de Chester Boyd se iluminó.
Sus labios se separaron en una sonrisa. No fue una sonrisa irónica de lado.
No fue una sonrisa burlona. Fue una sonrisa real, genuina, gigantesca, que le llegó a los ojos y formó pequeñas arrugas en las comisuras.
Era la sonrisa de un chico que por fin sentía que tenía derecho a pertenecer a algún sitio sin tener que herir a nadie para conseguirlo.
La alegría en su rostro era la cosa más pura y abrumadora que había visto en mi vida.
Mi corazón, que yo juraba que estaba blindado contra el romance, perdió uno, dos, tres latidos. El aire huyó de mis pulmones y mi mente se desconectó por completo.
La sala de costura, las puyas, el olor a cuero, las noches ensayando las frases en voz baja, la forma en que temblaba cuando lo tocaba, la fuerza de su beso encima de aquella mesa y esa sonrisa liberadora de ahora, bañada por la luz dorada.
Todo encajó con el peso de un ancla soltada en medio del océano.
Estaba jodido. Estaba irreversible, absurda y perdidamente enamorado de él.
Había caído en mi propia trampa, rendido por el corazón roto del matón al que decidí salvar.
Chester giró la cara en medio de los aplausos, y su enorme sonrisa se encontró con mi mirada.
El mundo exterior se convirtió en un borrón desenfocado.
El ensordecedor sonido del público aplaudiendo de pie siguió resonando, llenando el salón de actos de ruido y luz, pero para mí, todo se concentró en aquel segundo perfecto, en aquel triunfo minúsculo y gigantesco que conquistamos juntos.
La obra había terminado. Pero nuestra historia, de eso estaba absolutamente seguro, no había hecho más que empezar.