CAPÍTULO 13
ALLAN REESE
El olor a laca, a polvo del escenario y a sudor nervioso era mi fragancia favorita en el universo, pero aquel viernes, estaba impregnado de una energía diferente.
El día del estreno de El retrato de Dorian Gray había amanecido con un cielo despejado y un sol frío de otoño, pero en mi interior se estaba gestando una tormenta.
Me pasé toda la mañana en la autocaravana de mis padres en un estado de alerta silenciosa.
Aún me parecía tener el sabor de Chester pegado en la lengua.
El recuerdo del peso de su cuerpo sobre el mío, la aspereza de sus grandes manos apretando mi cintura, la forma en que se derrumbó en el suelo de mi taller y luego renació encima de aquella mesa de corte.
.. todo aquello daba vueltas en mi cabeza en un bucle incesante que me revolvía el estómago.
Mi pequeño proyecto de destrucción del matón del instituto se había descontrolado por completo.
No solo había desarmado a Chester Boyd. Le había dado la llave de todas mis defensas.
Y lo peor de todo: no me arrepentía en absoluto.
Me puse la armadura con un cuidado casi religioso.
Hoy no era día para sutilezas. Necesitaba sentirme como el dueño del mundo para asegurarme de que el mundo no se tragara al chico que ahora estaba, de una forma extraña, bajo mi protección.
Me puse los pantalones negros de cuero sintético más ajustados que tenía, esos que tenían rotos estratégicos en las rodillas.
Elegí una camiseta de un grupo de death metal con un estampado distorsionado, que yo mismo había cortado y vuelto a unir con anillas de metal y tiras de cuero.
Mis botas militares estaban perfectamente pulidas, listas para pisar el cuello de cualquiera que intentara arruinar mi noche.
En mis dedos, toda mi colección de afilados anillos de plata.
Yo era el señor Erskine en el escenario, pero entre bambalinas, era el rey.
Cuando llegué al instituto a última hora de la tarde, el caos ya se había desatado.
El salón de actos parecía un hormiguero a punto de estallar.
El señor Evans se paseaba de un lado a otro en el escenario principal, sosteniendo su portapapeles como si fuera un escudo, gritando órdenes inconexas a los alumnos de primero que intentaban montar los últimos detalles del decorado del salón de baile.
Chloe estaba sentada al borde del escenario, repasando sus frases en un susurro neurótico mientras balanceaba las piernas, y Sam corría con un rollo de cinta de carrocero en la mano, arreglando grietas invisibles en los muebles de época.
Me dirigí directo a la sala de costura. El taller estaba exactamente como lo habíamos dejado la noche anterior.
Me detuve en la entrada, mirando la mesa de madera maciza que había en el centro de la habitación.
Podía sentir la energía de lo que había pasado allí.
El olor residual a sexo, sudor y palo santo aún flotaba en el aire viciado.
Negué con la cabeza, esbozando una sonrisa de medio lado, y empecé a recoger el desorden que habíamos montado con las telas y los guiones caídos por el suelo, doblando las prendas de vestuario y colocándolas cada una en su correspondiente burro.
Quedaba menos de una hora para que se abrieran las puertas del salón de actos cuando el telón de terciopelo burdeos se abrió lentamente.
El sonido de las pesadas botas resonó en la madera.
Me di la vuelta, apoyando las manos en el borde de la mesa.
Chester estaba de pie en la entrada. Llevaba su camiseta negra básica de siempre y su gastada cazadora de cuero.
Su postura era diferente. No estaba sacando pecho de forma exagerada, no tenía el ceño fruncido de odio para alejar a la gente, pero tampoco estaba encogido y asustado como alguien a quien la vida acaba de dar una paliza.
Había una fuerza contenida en él. Una calma cansada, pero presente.
Sus oscuros ojos encontraron los míos, y el mundo entero a nuestro alrededor se desvaneció.
La dinámica entre nosotros había cambiado de forma drástica e irreversible. Toda aquella hostilidad llena de púas, los insultos y las amenazas de pasillo se habían evaporado. En su lugar, había un cuidado silencioso, una intimidad que hablaba mucho más alto que cualquier ofensa.
Cerró el telón tras de sí y caminó hacia mí, sin prisa.
No me moví. Dejé que invadiera mi espacio, dejé que el calor de su cuerpo chocara con el aire frío que me rodeaba.
Se detuvo a unos centímetros de mí. No dijimos "hola".
No dijimos nada sobre la noche anterior.
Simplemente levantó despacio la mano derecha y, con la yema de sus dedos gruesos y callosos, me tocó un lado de la cara, apartando un rizo de mi pelo que me caía sobre el ojo.
El tacto fue tan increíblemente suave que me flaquearon las rodillas un segundo.
—Estás precioso —murmuró, y su grave voz salió en un tono bajo que resonó directo en mi estómago—. Jodidamente aterrador. Pero precioso.
Solté una risa baja, apoyando ligeramente mi cara en la palma de su mano antes de dar un paso atrás para no perder el foco de la noche.
—Guárdate los cumplidos para cuando hayamos sobrevivido a este manicomio, Boyd. Ve quitándote la cazadora. Es hora de que te conviertas en Lord Thomas.
Chester suspiró, pero asintió. Se quitó la cazadora de cuero y la tiró en el sofá de flores.
Luego, se quitó la camiseta negra por la cabeza.
La visión de su ancho pecho y su abdomen definido me golpeó con la misma intensidad de siempre, pero ahora había una deliciosa familiaridad en ello.
Conocía cada marca de aquella piel. Fui hasta el burro, cogí el traje de tela oscura y pesada que había reconstruido, y le entregué la camisa blanca de época.
Se puso la camisa, con movimientos un poco rígidos por la ansiedad.
Me acerqué a él para ponerle el chaleco.
Me puse delante de su inmenso cuerpo, pasando las manos por la gruesa tela, abrochándole la parte delantera.
Su cercanía era nuestra burbuja de protección.
Sentía su respiración golpeando en mi coronilla.
Mis anillos de plata rozaban su pecho mientras le alisaba las solapas, y con cada roce, sentía cómo sus músculos se relajaban un poco más bajo mis cuidados.
—¿Nervioso? —pregunté en voz baja, levantando los ojos para encontrarme con los suyos.
—Mucho —respondió con sinceridad, y con la voz ronca.
Bajó la mirada—. Mi padre no viene. He salido de casa antes de que se despertara para ir al taller.
El instituto mandó las invitaciones para la obra hace dos semanas, pero tiró el papel a la basura delante de mí.
Dijo que no iba a perder el tiempo viendo a su inútil hijo hacer el ridículo en un escenario.
El dolor de su voz era ahogado, pero estaba ahí. Dejé de trastear con el chaleco. La rabia que sentía por aquel hombre al que ni siquiera conocía era algo casi palpable. Levanté ambas manos y sostuve la cara de Chester, obligándole a mirarme directamente a los ojos.
—Tu padre es un cobarde y una basura, Chester —dije, y cada palabra salió como una afilada puñalada de verdad absoluta—.
No merece estar en ese público. No merece ver en el increíble chico en el que te estás convirtiendo.
Si estuviera allí, intentaría menospreciarte de nuevo, porque es lo único que sabe hacer para sentirse grande.
No vas a subir a ese escenario por él. No lo vas a hacer por Trent, por Marcus o por cualquier otro imbécil que te haya dado la espalda.
Lo haces por ti. Y yo estaré ahí contigo. Todo el tiempo. ¿Me oyes?
Sus oscuros ojos brillaron con una humedad que no dejó caer. Asintió despacio, y sus manos subieron a sujetar mis muñecas, con sus grandes dedos envolviendo mi brazo con una fuerza cariñosa.
—Te oigo, Allan.
—Genial —susurré, inclinándome hacia delante y dándole un rápido y firme beso en los labios, un contacto que rompió cualquier resquicio de pánico que aún rondara por su cabeza—.
Ahora termina de vestirte, porque el señor Evans está a punto de sufrir un aneurisma cerebral si no aparecemos entre bastidores en cinco minutos.
El salón de actos abrió sus puertas puntualmente a las ocho de la tarde.
El ruido del público llenando la sala era como el sonido de un mar agitado chocando contra las rocas.
Los alumnos del instituto, los profesores, los padres, la Directora.
Estaban todos allí. El cotilleo sobre la caída de Chester Boyd y su participación en la obra había corrido más rápido que la pólvora encendida, y el teatro estaba lleno hasta la última fila de gente queriendo ver el espectáculo, ya fuera para aplaudir la obra o para reírse del desastre.
Yo estaba asomado por la rendija del telón principal de terciopelo rojo, viendo cómo la gente se acomodaba en sus butacas.
El olor a perfumes y palomitas se apoderaba del aire acondicionado.
Mis ojos rastrearon las filas. Al frente, justo en el centro, en la tercera fila, divisé a mis padres.
Mi madre llevaba una falda larga estampada y agitaba los brazos llenos de pulseras, sonriendo de oreja a oreja, mientras que mi padre estaba con la guitarra en el regazo, las rastas recogidas hacia atrás, saludando a alguien que ni siquiera conocía.
Su presencia era un faro de amor y aceptación tan absurdo que me hizo un nudo en la garganta al recordar el asiento vacío que ocuparía el padre de Chester.
Desvié la mirada y seguí buscando. Y entonces, se me encogió el estómago.