CAPÍTULO 12 #3
Allan deslizó sus manos calientes por mi pecho, arrastrando los anillos de metal por mis músculos, bajando hasta la línea de mis vaqueros.
Cerré los ojos, soltando un gemido grave, y eché la cabeza hacia atrás cuando sus uñas me arañaron ligeramente el abdomen.
La sensación de estar completamente entregado a las manos de otro tío, y que me gustara absurdamente, era la mayor liberación que había experimentado en la vida.
Mis manos no se quedaron quietas. Agarré el dobladillo de su camiseta de tirantes rota y tiré de ella hacia arriba, arrancándosela con facilidad.
Su piel era pálida, suave, un marcado contraste con mis callos y mis músculos magullados.
La gargantilla de cuero con pinchos seguía en su cuello.
Me incliné hacia delante y besé la sensible piel justo por debajo del cuero, chupando y mordisqueando su cuello, sintiendo cómo jadeaba, con las uñas clavándose en mis hombros.
El sonido de su placer era una droga que inyectó pura adrenalina en mis venas.
Bajé las manos hasta la cintura de sus pantalones negros rotos.
El botón de metal se abrió en un segundo.
El ruido de la cremallera al bajar resonó en la habitación silenciosa.
La prisa nos consumió. En cuestión de minutos, la ropa pesada, las botas, las cadenas; todo fue apartado a patadas a un rincón del taller, junto a los retales y los guiones en el suelo.
Desnudo encima de la mesa de corte, iluminado solo por la luz dorada del foco, Allan parecía una obra de arte, peligrosa y preciosa.
Su mirada estaba completamente entregada a mí, despojada de cualquier ironía.
La absoluta confianza que estaba depositando en mí (el tío que solía aterrorizar al instituto) era un regalo que nunca creí que fuera digno de recibir.
Le agarré de las caderas, tirando de él hacia el borde de la mesa.
Me metí en el espacio entre sus piernas, pegando mi piel hirviendo a la suya.
Volví a besar su boca, despacio, saboreándole, mientras mis manos recorrían sus muslos.
Su tacto sobre mí era constante, exploratorio, urgente.
Sus manos recorrían mi espalda, bajando hasta la base de mi columna, tirando de mí para acercarme más.
—¿Todo bien? —pregunté en voz baja, jadeando, con la frente apoyada en la suya, con la excitación casi cegándome, pero con mi instinto protector ahora centrado exclusivamente en él.
—Deja de hablar y bésame, Chester. No pienses, solo siente —murmuró con voz ronca, tirando de mi nuca.
No lo dudé. Su boca encontró la mía con una urgencia que me robó el resto del aliento.
El beso fue caliente y hambriento, nuestras lenguas luchando por el control mientras yo le apretaba la fina cintura.
El espacio reducido de la sala de costura nos obligaba a estar enredados, y mis fuertes piernas apretaban las suyas contra el borde de la mesa de madera maciza.
Nunca me había acostado con un tío. La inexperiencia amenazó con paralizarme por un segundo, un miedo irracional a hacer algo mal o a hacerle daño, pero Allan no me dio tiempo a dudar.
Deslizó una mano por mi abdomen, y el metal helado de los afilados anillos trazó un camino de pura excitación por mi piel ardiente, bajando hasta encontrar mi erección.
Ahogué una palabrota contra sus labios. Allan tomó la iniciativa con una autoridad que me volvía completamente loco, guiando mis grandes manos, enseñándole a mi cuerpo exactamente qué hacer.
Nuestra preparación fue apresurada, impulsada por la saliva y la desesperación mutua; la fricción de nuestros cuerpos desnudos generó una temperatura absurda en aquel pequeño taller.
Cuando por fin me coloqué y le penetré, el sonido que escapó de los labios de Allan fue un gemido largo, agudo y rasgado, que intentó acallar mordiéndose el labio inferior.
La sensación de entrar en él fue una descarga directa en la columna vertebral.
Estaba increíblemente apretado, caliente y demasiado perfecto.
Cerré los ojos, deteniendo el movimiento, luchando con cada músculo de mi cuerpo para no perder el control en los primeros segundos.
Mi ancho pecho subía y bajaba frenéticamente, pegado al suyo.
—Ya puedes, Chester. Dale. Yo te aguanto —susurró Allan en mi oído, jadeando, clavándome las uñas en mi ancha espalda y tirando de mí hacia él.
Fue el único incentivo que necesitaba. Lo que siguió fue una tormenta de sensaciones, piel, sudor y fricción.
El ritmo empezó siendo denso, pero pronto fue ganando velocidad y fuerza.
El ruido de la mesa de madera crujiendo bajo mis pesadas embestidas creó una banda sonora primitiva y rítmica en el silencio de la noche.
Me dejé llevar por completo por las manos de Allan en mi nuca y por sus piernas enrolladas a mis caderas.
La fuerza bruta que siempre había utilizado para destruir, intimidar y sembrar el terror por el instituto se estaba usando allí para venerar al chico que tenía debajo.
El olor a sexo se mezcló con el polvo antiguo y el humo dulce del palo santo.
Con cada embestida mía, con cada gemido ronco que le arrancaba del fondo de la garganta, con cada vez que el metal de sus anillos me apretaba la cintura con fuerza, me sentía más vivo, más limpio, más libre.
Estábamos completamente hundidos el uno en el otro, en una excitación acumulada que rozaba la locura.
El mundo exterior ya no importaba. El instituto no existía.
La figura violenta de mi padre estaba muerta para mí en aquel momento.
Solo existía la mesa de madera crujiendo, la luz amarilla proyectando nuestras sombras, el sudor brillando en la pálida piel de Allan bajo mis fuertes manos, y la liberación de todos mis traumas filtrándose por mis poros.
Cuando llegó el clímax, fue devastador. Una ola de calor insoportable me explotó en la columna vertebral, cegando mi visión de blanco.
Apreté su cuerpo contra el mío, hundiendo la cara en su cuello con un gemido ahogado, y el corazón me martilleaba como una taladradora.
El cuerpo de Allan se estremeció en mis brazos al mismo tiempo, sus dedos se clavaron en mi espalda en un dolor agudo y perfecto, y su respiración falló en un suspiro largo y exhausto.
Nos desplomamos el uno contra el otro. El silencio volvió a reinar en el taller, solo roto por el sonido de nuestras respiraciones irregulares y jadeantes.
El sudor pegaba mi piel a la suya. Mis brazos aún rodeaban su cintura, sosteniendo el peso de mi cuerpo inclinado sobre la mesa.
El agotamiento físico y emocional era total, pero el peso de una tonelada que había llevado sobre mis hombros toda mi vida simplemente se había evaporado.
Allan me acarició el pelo corto, y sus dedos se pasearon por los mechones empapados de sudor en un gesto lento, cariñoso, absolutamente tranquilo.
La hostilidad había sido sustituida por algo tan parecido al amor que me dio vértigo.
Levanté la cara despacio y le miré. Tenía los labios hinchados y una expresión completamente serena.
Sonrió. Una sonrisa exhausta y cómplice.
Me incliné y le dejé un largo beso en la frente. —Gracias —susurré. Y no le estaba dando las gracias solo por el sexo. Le estaba dando las gracias por haber visto el agujero en el que estaba metido y por haberme tirado una cuerda.
—No des las gracias todavía, Boyd —respondió con un suspiro perezoso.
Su voz volvió a adquirir ese tono lúdico y ligeramente desafiante—.
Mañana tienes una obra que protagonizar.
Lord Thomas tiene que salir a ese escenario y destruir al señor Erskine con sus argumentos.
Y más te vale tenerte las frases en la punta de la lengua.
Me reí por lo bajo, un sonido que llevaba años sin hacer.
Volví a apoyar mi frente en la suya, cerrando los ojos.
Aún tenía que lidiar con los matones en el pasillo y con la pesadilla de volver a casa.
La realidad todavía me estaba esperando al otro lado de aquel telón.
Pero por primera vez en mi solitaria existencia, el pánico no me paralizó.
Mañana, todo el instituto vería a Chester Boyd en el escenario, despojado de su armadura de agresor y vestido únicamente con el valor que aquel chico de cuero y plata le había devuelto.
Y, que le jodan al mundo, iba a dar el mejor espectáculo de mi vida.