MI ADORABLE MATÓN CAPÍTULO 11 #2
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CAPÍTULO 11 #2

Esbozó una pequeña sonrisa, una sonrisa que le iluminó la cara y me dio un vuelco en el estómago.

—Lo sé. Ahora, lee la primera frase. Y no la leas como si fueras un robot leyendo un manual de instrucciones.

Quiero que te acuerdes de Trent empujándote contra la taquilla.

Acuérdate del asco que sentiste por toda esa hipocresía, por ese corro de idiotas riéndose.

Usa tu rabia. No esa rabia explosiva de quien quiere pegar. La rabia contenida. El desprecio. Dale.

Fijé los ojos en el guion. Inspiré hondo, buscando en mi mente la imagen de la cafetería, el olor agrio del vestuario, la risa de Derek.

Una rabia auténtica y controlada me subió por el pecho.

No tartamudeaba por el miedo al público.

Tartamudeaba porque intentaba ser el Chester de antes, intentando forzar una agresividad vacía.

—Yo no aprecio las compañías vacías... —leí. Mi voz salió más firme. Más grave.

—Mejor —murmuró Allan, pero no se quedó ahí. Se levantó de la silla. El cuero de sus pantalones crujió. Caminó hasta plantarse justo delante de mí—. Levántate.

Me levanté del sofá. Nos quedamos frente a frente en el minúsculo espacio entre el sofá y la mesa de corte.

Yo era más alto que él, pero su presencia me dominaba por completo.

—Quítate el guion de la cara —ordenó, con calma.

Bajé la mano, sosteniendo el papel a un lado del cuerpo—.

Ahora, mírame. Olvídate de las letras del papel.

Sabes lo que tienes que decir. Imagínate que soy el tío al que más odias en este momento. Dímelo a la cara.

Le miré. Miré sus anillos de plata, su camiseta rasgada. La hostilidad que sentía hacia él se había evaporado por completo, lo que hacía la tarea mil veces más difícil. ¿Cómo iba a fingir odiar a la única persona en el mundo que me hacía sentir seguro?

—Yo... yo no aprecio las compañías v-vacías —tartamudeé de nuevo, y mi voz falló porque me perdí mirando su boca, recordando el loco beso que nos dimos encima de aquella mesa de madera.

Allan suspiró, pero no había impaciencia en el sonido.

Dio un paso hacia mí. Estábamos tan cerca que sentía el calor que irradiaba, mezclándose con el mío.

Levantó la mano derecha y, con la yema de los dedos llenos de anillos de plata, me tocó el pecho, justo sobre el corazón.

El roce fue ligero, pero me provocó un escalofrío por la espalda.

Se me cortó la respiración. Mi corazón empezó a martillear contra la palma de su mano de forma delatadora.

—Estás pensando demasiado, Chester. Estás pensando en el escenario, estás pensando en la gente riéndose, estás pensando en lo que yo pienso de ti —la voz de Allan era un murmullo suave y peligroso, una melodía que me hipnotizaba.

No apartó la mano de mi pecho. Su pulgar empezó a acariciar el algodón de mi camiseta—.

No pienses. Siente. Estás asustado. El miedo nos hace tartamudear. Tienes que usar el ancla adecuada.

Su mirada estaba clavada en la mía. Era una mirada tan profunda y tan comprensiva que me sentí completamente desnudo.

Su roce, la intimidad de aquel momento, estaba deshaciendo mis muros de hormigón como si fueran de azúcar bajo la lluvia.

—No puedo odiarte ahora mismo —la confesión se me escapó de la boca, un susurro sincero y aterrador.

Estaba entregando las armas. El matón ya no existía.

Solo quedaba un chico desesperado por el roce que me desmontó pieza a pieza.

Los ojos de Allan se oscurecieron. El movimiento de su pulgar en mi pecho se detuvo.

Jadeó por lo bajo, y la sorpresa le cruzó la cara ante mi vulnerabilidad cruda y desnuda.

Tragó saliva, y la pequeña máscara de burla que siempre llevaba se resbaló por completo.

—Entonces no me odies —respondió, y su voz sonó un poco ronca, cargada de una tensión sexual que hizo que el aire de la habitación se volviera denso—.

Pero Lord Thomas odia al señor Erskine. Y tú vas a tener que encarnar eso.

Vamos a probar otra cosa. Si la rabia no funciona porque estás.

.. distraído... entonces usa el frío desprecio.

Eres un gigante. Usa tu tamaño. Mírame por encima del hombro.

Apartó la mano de mi pecho y me agarró las dos muñecas, levantándome los brazos.

Me obligó a adoptar una postura recta, con los hombros abiertos y el pecho hinchado.

Me ajustó el cuerpo con sus propias manos, como si fuera uno de sus maniquíes.

Cada vez que su piel rozaba la mía, casi perdía el hilo de mis pensamientos.

El roce de las cremalleras, el frío de la plata, la fuerza inesperada de sus delgados brazos.

—Mantén el contacto visual —ordenó, a escasos centímetros. Me soltó las muñecas, pero no retrocedió. Tenía la cara levantada para mirarme—. Te daré la réplica. Tú me contestas. Si tartamudeas, lo volvemos a hacer. Hasta que te salga bien.

Su paciencia era un bálsamo. Nadie había tenido nunca paciencia conmigo.

Mi padre me gritaba la primera vez que me equivocaba, y a la segunda, me pegaba.

La expectativa del error siempre iba acompañada del pánico al castigo.

Pero con Allan, el error era solo un peldaño.

No me castigaba; me guiaba. Eso me dio una oleada de valor que no sabía de dónde venía.

—Milord, veo que su tolerancia hacia la escoria de la alta sociedad es tan baja como la calidad del champán de esta noche... una completa decepción —me provocó Allan, usando el tono sarcástico y cínico de su personaje, con la mirada echando chispas de desafío.

Sostuve su mirada. No pensé en el instituto.

No pensé en la luz del escenario. Solo pensé en la dinámica retorcida y magnética que había entre nosotros dos.

Usé mi voz grave, dejando que el peso de mi propio cuerpo anclara las palabras.

—Yo no aprecio las compañías vacías, Erskine.

Y su silencio sería el único lujo real que esta fiesta podría ofrecerme.

Las palabras salieron fluidas. Graves. Sin tartamudear. Sin temblar. Cortantes como un cuchillo afilado.

Una sonrisa lenta, amplia y absolutamente preciosa se extendió por la cara de Allan.

Fue una sonrisa real, sin cinismo, una sonrisa de aprobación que me hizo un nudo en el estómago de tonta felicidad.

—¿Ves? Perfecto —susurró, con los ojos brillantes de orgullo—.

Ha sido perfecto, Chester. Lo llevas dentro.

Solo tienes que dejar de pelear contigo mismo.

No bajé la guardia. No salí de la postura en la que me había puesto, pero mi expresión se suavizó.

El silencio volvió a llenar la habitación, pero ahora era un silencio cargado de una tensión densa, febril.

La distancia entre nosotros era mínima. Ya no estaba actuando.

El guion había quedado olvidado en mi mano izquierda.

Mis ojos bajaron lentamente de los suyos a su boca, y me sorprendí recordando la suavidad de aquellos labios.

La respiración de Allan también cambió. Se volvió más entrecortada.

Se humedeció los labios, y el movimiento atrajo toda mi atención.

La hostilidad había desaparecido. La extrañeza del principio, los insultos que yo usaba como defensa, todo eso pertenecía a un universo paralelo que no existía dentro de aquella sala de costura.

Levanté la mano derecha despacio, casi sin darme cuenta de lo que hacía, y le pasé el dedo índice suavemente por la pálida mejilla.

Allan no se apartó. Cerró los ojos durante una fracción de segundo, apoyando sutilmente la cara en mi torpe caricia. El contraste de mi mano encallecida con su piel suave. Sentí que el corazón amenazaba con romperme las costillas de lo fuerte que latía.

—Allan... —murmuré, con la voz casi apagada.

No sabía qué iba a decir. No tenía las palabras adecuadas para explicar el huracán que me estaba revolviendo por dentro.

Solo sabía que quería volver a besarlo. Esta vez, sin el pánico posterior.

Esta vez, con la certeza absoluta de que lo necesitaba más que respirar.

Sus ojos castaños se abrieron. Su mirada estaba oscura, con la pupila dilatada devorando el iris. Miró mi mano en su cara, y luego levantó la suya, cruzando sus propios dedos alrededor de mi muñeca. La plata de sus anillos me apretó la piel. No me empujó, pero me detuvo.

—Tenemos más frases que ensayar, Boyd —dijo en un susurro, y la voz le tembló de una forma que le delató: estaba luchando contra el mismo deseo irracional que yo.

Me apartó lentamente la mano de la cara, dando un paso atrás a regañadientes, reconstruyendo el muro invisible entre nosotros, aunque la argamasa estuviera hecha de puro deseo reprimido—.

El estreno está al caer. Si besas al figurinista y te olvidas del guion, el señor Evans me mata.

Dejé escapar el aire pesadamente, bajando el brazo.

El rechazo que esperaba no llegó. No dijo que no quisiera; dijo que no era el momento.

El aplazamiento no me ofendió, solo inflamó aún más mi ansiedad.

Asentí, dando un paso atrás y apoyando las caderas en la mesa de corte.

—Vale. Ensayar. Repasar las frases. No me voy a equivocar. Lo prometo.

Allan volvió a sentarse en la silla giratoria, acercándose al regazo el portapapeles con el calendario de la obra, intentando desesperadamente recuperar su papel de líder autoritario de las bambalinas.

Pero las manos con las que sostenía el bolígrafo le temblaban casi tanto como las mías cuando se me cayó el guion al suelo y me tuve que agachar a cogerlo.

Pasamos las dos horas siguientes ensayando las siete frases hasta el agotamiento.

Allan creó marcas de movimiento, me enseñó dónde pisar, cómo mirar a la luz sin cegarme, cómo colocar los hombros para que la chaqueta que había cosido no me tirara de la espalda.

Cada vez que daba con el tono adecuado y no tartamudeaba, me ganaba esa sonrisa de aprobación que se estaba convirtiendo en mi nuevo vicio.

Ahí fuera, había perdido mi corona. Ya no era el matón. Los pasillos serían un infierno de risas, de bullying a la inversa y de empujones. Mi padre me estaría esperando en casa con una botella en la mano y el mismo odio de siempre en los ojos. Mi vida era un desastre sin visos de mejorar.

Pero allí dentro, con el sonido del motor de la máquina de coser de Allan poniéndose en marcha para hacer un último ajuste en el bajo de mis pantalones, con el olor a café, polvo y palo santo impregnado en las paredes, sentí una extraña paz.

La intimidad entre nosotros iba creciendo, sustituyendo el miedo por una extraña esperanza de que ya no tendría que ser un monstruo para sobrevivir.

Cuando por fin salí del instituto aquella noche, la oscuridad ya cubría el aparcamiento.

El frío me cortó la cara. Me subí a la camioneta, encendí el motor y apoyé la cabeza en el asiento, sonriendo a solas en la oscuridad.

Iba a tener que enfrentarme al escenario y al instituto.

Pero, por primera vez en mi vida, sabía que tenía a alguien entre bastidores cogiéndome de la mano, y eso lo cambiaba absolutamente todo.