CAPÍTULO 10 #2
El corro de alumnos estaba sumido en un silencio sepulcral.
La humillación pública era mi mejor arma.
Sabía cómo exponer su mediocridad de una manera que la violencia física jamás lograría.
Deconstruí su reputación usando únicamente la verdad y una dicción impecable.
No sabían cómo reaccionar. Si me pegaban allí, delante de decenas de testigos después de lo que había dicho, solo me estarían dando la razón.
Estarían confirmando que eran unos gorilas descontrolados.
La inteligencia siempre humilla a la fuerza bruta.
Trent resoplaba, con los puños temblorosos, pero no me tocó. La humillación de ser reducido a polvo por un chico al que se consideraba raro delante de todo el instituto le estaba quemando su limitado cerebro.
No les di tiempo a recuperarse. Aparté la mirada de Trent con un desprecio final, como si hubieran dejado de existir, y miré a Chester.
Me estaba mirando fijamente, inmóvil, con los ojos castaños muy abiertos, conteniendo la respiración, pareciendo no dar crédito a lo que acababa de ver.
El monstruo que no sabía defenderse acababa de ser salvado por el marginado al que solía aterrorizar. El impacto en su rostro era poético.
—Recoge tus cosas, Boyd —le ordené, cambiando la burla por una autoridad impaciente—. Llegas tarde. El señor Evans ya está gritando en el escenario y no tengo todo el día para perder el tiempo con el zoo del instituto.
Chester parpadeó, despertando del trance.
Miró a Trent, luego a sus propios cuadernos en el suelo.
No dudó. Se agachó, recogiendo su mochila, metiendo las cosas de cualquier manera.
Trent y los demás dieron un paso atrás involuntariamente, confundidos, desarmados por mi intervención y por la falta de resistencia de Chester, que ahora parecía actuar bajo mis órdenes directas.
En cuanto Chester se levantó y se colgó la mochila al hombro, le di la espalda a los matones, le di la espalda a todo el pasillo, y eché a andar. —Vamos. Mueve esas piernas.
Oí sus pesados pasos siguiéndome de inmediato. Nos abrimos paso entre el corro de alumnos, que ahora se apartaba aún más rápido. Dejamos a Trent, Marcus y Derek parados cerca de las taquillas, hirviendo de rabia y humillación, reducidos a la nada en medio del pasillo principal.
Caminamos en absoluto silencio. El sonido de mis botas militares y las de Chester eran los únicos ruidos.
Cruzamos el vestíbulo, pasamos por la puerta de cristal del pabellón este y entramos en el pasillo desierto que llevaba al salón de actos.
La adrenalina del enfrentamiento empezaba a bajar de mi cuerpo, y tenía las manos ligeramente heladas, pero no lo demostré.
Mantuve la barbilla alta y la expresión cerrada.
Cuando por fin entramos por las puertas dobles del teatro, el ambiente oscuro y el olor a polvo nos envolvieron, garantizando nuestra privacidad. El silencio duró apenas dos segundos más antes de estallar.
—¡No te pedí ayuda! —la voz de Chester resonó fuerte y rota, deteniéndose abruptamente en medio del pasillo enmoquetado del salón de actos. El eco de su voz chocó contra las paredes.
Me detuve y me giré lentamente. Estaba parado a tres metros de mí, con el pecho subiendo y bajando violentamente, y los ojos inyectados en sangre.
Su orgullo masculino, al que yo acababa de salvar, sangraba ahora por la humillación de haber necesitado que le rescataran.
Estaba furioso. No con los tíos, sino conmigo, por haberle visto en aquella situación.
—No la pediste, pero la necesitabas —respondí fríamente, cruzándome de brazos—. Estabas ahí, encogido como un saco de boxeo, dejando que esa pandilla de imbéciles le diera patadas a tus cosas. ¿Qué ha sido eso, Chester? ¿Qué le ha pasado al gigante intocable?
—¡He decidido no pelear más, ¿vale?! —gritó, tirando la mochila al suelo enmoquetado con fuerza. Se pasó las manos por el pelo con desesperación—. ¡No voy a ser más el animal que ellos quieren! ¡No voy a pegarle a nadie más! Iba a dejar que hablaran y se fueran. ¡Tenía la situación controlada!
—¿Controlada? —Solté una risa estridente y burlona que le hizo apretar los puños.
Di dos pasos hacia él, señalándole a la cara con el dedo—.
¡No tenías controlada una mierda! ¡Te estaban tratando como a basura en medio del pasillo!
¿Te crees que aguantar una paliza callado te hace superior?
¿Crees que convertirte en un mártir arregla las cagadas que has hecho?
¡Eres gilipollas si te crees que agachar la cabeza ante los cobardes es la solución!
—¿Y qué querías que hiciera? —bramó, y la voz se le quebró al final.
Dio un paso hacia mí, acortando la distancia entre nosotros, con la cara contorsionada en una mezcla de furia y pura frustración—.
Si les pego, soy un monstruo. Si no les pego, soy la presa.
¡Ya no sé cómo actuar! ¡No lo sé! Todo el instituto piensa que soy un monstruo.
Mi padre piensa que soy basura. ¡No tengo adónde ir, no tengo nada que hacer!
¡Y entonces apareces tú, con tu ropa brillante, con tu puta valentía que nunca se acaba, me humillas delante de ellos y me llevas como a un perro con correa!
¿Quieres joderme, Allan? ¿Es eso? ¡¿Quieres destruirme del todo? !
La desesperación de su voz cortó mi rabia por la mitad. Estaba en pleno colapso. Su identidad había sido borrada, y no había construido ninguna otra para ponerla en su lugar. Estaba en la oscuridad, tanteando su propio terror, y lo único tangible que tenía era mi irritante y magnética presencia.
Le miré a sus ojos castaños. Esa mirada que hace unos días me devoraba de excitación y que hoy lloraba por dentro, suplicando piedad.
Sentí una opresión en el pecho que detesté.
No me gustaba sentir compasión. La compasión no encajaba con mi estilo.
Pero ver a aquel gigante destrozado ante mí me estaba desestabilizando de forma peligrosa.
—No quiero destruirte, idiota —dije, bajando el tono de voz, manteniendo el contacto visual firme e inquebrantable.
Descrucé los brazos y di otro paso, deteniéndome a centímetros de su pecho.
El calor de su cuerpo era absurdo—. Te he defendido porque ahora eres mi proyecto.
Nadie toca mis cosas. Estás en mi club. Llevas mi ropa.
Si vas a caer, caerás bajo mis condiciones.
Y no en manos de esa pandilla de neandertales. ¿Lo entiendes?
Tragó saliva. Su respiración chocó contra mi cara. Sus ojos bajaron hacia mi boca un segundo antes de volver a subir, frenéticos, perdidos. Quería apartarme y quería abrazarme con la misma intensidad. —Te odio —murmuró, pero sonó como una confesión íntima, una frase sin ningún peso de odio real.
—Lo sé. Entra en el puto teatro antes de que me dé por vencido contigo —respondí, dándole la espalda y marchando hacia las bambalinas.
Nos reunimos con el reparto en el escenario.
El ambiente estaba tenso, al fin y al cabo, la obra era dentro de unos días y la desesperación del señor Evans estaba alcanzando niveles estratosféricos.
Cuando llegó la hora de la escena cinco, la escena de la fiesta, se produjo el desastre que yo ya había previsto.
Chester estaba colocado en un lateral del decorado.
Me acerqué a él para mi réplica. Y sin la energía del público de alumnos para motivarle a través de la rabia, sin el shock de la humillación pública, su inseguridad volvió con el triple de fuerza.
Estaba emocionalmente agotado tras la pelea en el pasillo. Su mente estaba hecha polvo.
Se equivocó en la primera frase. Tartamudeó en la segunda.
Cuando le contesté, perdió el tiempo de reacción, se quedó mirando el guion que tenía en la mano con el ceño fruncido, sudando frío bajo los focos.
No podía canalizar la rabia hacia el personaje.
La armadura se le había caído del todo, y allí arriba, en el escenario, solo era el chico asustado y expuesto.
El señor Evans interrumpió el ensayo tres veces, gritando, tirándose de los pelos.
Chloe me lanzó una mirada de pánico desde las bambalinas.
Sam se mordía las uñas cerca de la cabina de sonido.
Todo el teatro presenciaba la ruina del gigante, no con burla, sino con la agonía de quien ve un accidente de coche a cámara lenta.
Observé a Chester de cerca. Le temblaban las manos.
El pecho le subía rápidamente. Ese pánico paralizante le estaba chupando el alma.
No lo iba a conseguir. Si salía a ese escenario con doscientas personas mirándole, le iba a dar un ataque de nervios en medio de la escena y arruinaría la obra, además de destruirse a sí mismo para siempre.
El señor Evans concedió al grupo un descanso de veinte minutos mientras intentaba reescribir mentalmente las réplicas.
El reparto se dispersó como cucarachas asustadas.
Chester bajó las escaleras del escenario a toda prisa, dirigiéndose directamente hacia el fondo oscuro del salón de actos, queriendo huir.
—Boyd —llamé, lo suficientemente alto como para que me oyera, caminando hacia las bambalinas—. Sala de costura. Dos minutos.
Se detuvo, con los hombros tensos, pero no miró atrás. Se limitó a asentir de forma imperceptible y desapareció en la oscuridad de los bastidores.
Cuando entré en mi taller un minuto después, el telón de terciopelo estaba cerrado, aislándonos del resto del mundo.
La cálida lámpara estaba encendida. Chester estaba apoyado en el borde de mi mesa de corte, exactamente en el mismo sitio donde me había acorralado.
Sus manos se aferraban a la madera con fuerza. Miraba al suelo, derrotado.
Cerré el telón por completo, asegurándome de que nadie nos oyera. Me crucé de brazos y apoyé la espalda contra la puerta cerrada, mirándole.
—Estás hecho una mierda —declaré, directo al grano, sin anestesia.
Chester soltó un suspiro desgarrado, cerrando los ojos. Su cabeza cayó un poco hacia delante. —Ya lo sé. Te lo dije. No sé hacer esta mierda. Sin que tú me cabrees delante del público, no puedo. Mi cabeza no se centra. Miro a esas luces y me entran ganas de vomitar.
—Sí, ya se ha notado. Parecías un pichón atragantado con miga de pan —respondí, caminando lentamente hacia él.
Con cada paso, el ruido de mi bota contra el suelo de madera resonaba en el silencio que nos separaba.
Me detuve a unos centímetros de distancia—.
El problema, Chester, es que me niego a dejar que arruines mi obra.
Mi vestuario va a estar en ese escenario, mi trabajo va a ser evaluado, y no voy a permitir que tu ataque de pánico manche la estética de la escena que he construido.
Abrió los ojos. El castaño oscuro estaba opaco por el cansancio. Me miró, y vi que su resistencia se había acabado. No iba a pelear conmigo. —¿Y qué quieres que haga? Ya he hablado demasiado, ¡sácame de esta mierda!
—No se puede. Necesitas las horas, y nosotros necesitamos un Lord Thomas —decreté, ajustándome uno de los anillos de mi dedo corazón.
Levanté la mirada hacia su rostro—. Así que, lo vamos a hacer a mi manera.
No te sabes las frases. Pero tienes una extraña fijación con mi figura que parece ser el único motor que hace que tu cerebro de cacahuete funcione.
Chester tragó saliva, y sus ojos bajaron hacia mi gargantilla y subieron rápidamente. —¿Qué quieres decir?
Me acerqué aún más. Mi rodilla rozó sus vaqueros.
No se echó hacia atrás. El calor de su cuerpo era absurdo, una hoguera en medio de la sala de costura.
Invadí su espacio con la confianza de un depredador, apoyando ambas manos en el borde de la mesa, una a cada lado de su cadera, acorralándole de forma casi imperceptible.
Se habían cambiado las tornas. Hoy era yo quien le inmovilizaba contra la madera.
—Te propongo un trato —mi voz bajó a ese tono grave y ronco, arrastrado y peligroso.
Le miré a los ojos, dejando que el contacto visual cargara con toda la tensión sexual que ahí fuera fingíamos que no existía—.
Vamos a ensayar. Nosotros dos. Aquí dentro, en esta sala, lejos del señor Evans, lejos de Chloe y lejos de ese público imaginario que te aterra.
Nos quedaremos después del ensayo, cuando todo el instituto esté vacío.
La respiración de Chester se aceleró. Su pecho rozó la punta de las cadenas de mi camiseta. Miró a mi boca y luego a mis ojos, completamente hipnotizado, completamente jodido por su propia confusión. —¿Ensayar aquí? ¿Solos?
—Sí. Yo seré tu escenario, Chester. Y seré tu motivación. Te obligaré a decir esas frases hasta que salgan perfectas, aunque tenga que arrancarte las palabras de la boca con unos alicates. O de otras formas.
El silencio estalló en la habitación con el peso de un yunque.
La insinuación flotaba en el aire, clara como el agua y caliente como el fuego.
Él sabía lo que implicaba ese "solos". Sabía que quedarse encerrado en un espacio diminuto conmigo iba a arrastrarle de vuelta al límite que habíamos cruzado.
Y yo sabía que lo deseaba tanto como yo.
Necesitaba a alguien que no le viera con miedo, necesitaba el único contacto que le había hecho sentirse humano.
Chester apretó el borde de la mesa hasta que le crujieron los dedos. La guerra interna duró apenas tres segundos. El terror perdió ante la necesidad.
Inclinó el rostro hacia delante, reduciendo la distancia entre nosotros a un soplo, y su voz salió como un susurro áspero y cargado de una rendición absoluta. —De acuerdo. Ensayamos.
Esbocé una sonrisa lenta y satisfecha, sintiendo cómo la victoria corría por mis venas.
—Estupendo —murmuré, levantando la mano y pasando las yemas de mis fríos dedos de plata lentamente por la solapa de su cazadora negra—.
Más te vale prepararte, Boyd. Porque soy un director muy exigente. Y no acepto fallos en mi taller.
No respondió, pero la forma en que su respiración falló cuando el metal rozó su cuello fue la única confirmación que necesitaba.
El rescate se había completado. Ahora iba a comenzar la verdadera tortura psicológica y magnética, y ambos sabíamos, con absoluta certeza, que nos destrozaríamos antes de que cayera el telón.