CAPÍTULO 10
ALLAN REESE
Las noticias corren por los pasillos de este instituto más rápido que un brote de piojos en el jardín de infancia.
No me hizo falta estar ayer en el vestuario de los chicos para saber exactamente lo que había pasado.
Me bastó con pisar el patio principal esta mañana para sentir el cambio en la presión atmosférica.
Todo el ecosistema estaba desequilibrado.
La gente susurraba, señalaba, los grupitos de empollones parecían un poco más aliviados, y los populares caminaban con una arrogancia renovada, como hienas que acabaran de devorar al león líder de la manada.
Chester Boyd, el tirano invencible, había recibido una paliza de su propia manada y no se había defendido.
El rey estaba muerto, y su cadáver estaba a punto de ser expuesto para quien quisiera verlo.
Me ajusté la correa de la mochila al hombro, caminando por el pasillo con mi postura habitual de ser el dueño del lugar.
Hoy llevaba mi armadura de guerra completa.
Los vaqueros negros que llevaba eran tan ajustados que parecían pintados en mis piernas, con enormes rotos en las rodillas que dejaban al descubierto las medias de rejilla que llevaba debajo.
Mi camiseta era una prenda vintage de un grupo de death metal escandinavo cuyo nombre nadie podía pronunciar, pero la había customizado cortando los laterales enteros y volviendo a unir la tela con un trenzado de cuero y pesadas hebillas.
En los pies, botas militares de plataforma con puntera de metal.
Al cuello, una gargantilla de cuero con pinchos.
Y en las manos, mi artillería pesada: anillos de plata gruesos y afilados, cubriendo casi todos los dedos.
Parecía la portada de una revista de moda alternativa, y sabía que intimidaba a la gente tanto como un puñetazo, solo que con mucha más clase.
La ironía de la situación de Chester no me pasó desapercibida.
Yo había tirado del hilo que deshizo todo el jersey.
Había visto la grieta en él, había hurgado en su trauma en el taller y le había obligado a enfrentarse a su propio reflejo en el escenario.
Lo había desarmado. Pero, por alguna razón que a mi psicóloga imaginaria le encantaría analizar, ver a todo el instituto volverse contra él no me dio la sensación de victoria que esperaba.
Al contrario. Me dejó un sabor amargo en la boca.
Chester era mi proyecto de destrucción y reconstrucción.
Nadie más tenía derecho a tocarlo. Y mucho menos esos neandertales del equipo de fútbol que tenían el coeficiente intelectual de una puerta corredera.
El timbre para la pausa del almuerzo sonó, esparciendo una horda de adolescentes hambrientos y ruidosos por los pasillos.
Caminaba hacia el ala oeste, yendo directo al teatro, cuando el tráfico humano se detuvo de repente en la intersección del pabellón de ciencias.
Se estaba formando un círculo. Los alumnos se paraban, estirando el cuello, sacando los móviles disimuladamente.
El sonido de risas crueles y el ruido de metal golpeando resonaron por encima del murmullo.
Mi instinto saltó. Me abrí paso a empujones entre la multitud, pisando fuerte el suelo con mi bota militar.
La gente miraba mi ropa, veía la expresión de mi cara y se apartaba instintivamente.
No necesitaba gruñir para abrirme paso; mi confianza hacía el trabajo por mí. Llegué a la primera fila del corro.
La escena que se desarrollaba frente a las taquillas me heló la sangre y me la hizo hervir en una fracción de segundo.
Allí estaba Chester. El gigante de la cazadora de cuero y los vaqueros.
Pero ahora no parecía un gigante. Estaba acorralado contra la pared de metal de las taquillas.
Trent, Marcus y Derek le estaban acorralando, riéndose como idiotas, bloqueándole cualquier vía de escape.
Derek sujetaba la mochila de Chester, boca abajo.
Los cuadernos, los bolígrafos y el guion de la obra cayeron al suelo encerado formando un desastre triste y humillante.
—¡Mira, la estrella del teatro lleva guion ahora! —se burló Derek, dando una patada al cuaderno de matemáticas de Chester hacia el otro lado del pasillo—. ¿Vas a ensayar tus frases con el costurero del teatro, Boyd? ¿O prefiere enseñarte otras cosas entre bastidores?
Chester no reaccionó. Tenía las manos cerradas en puños rígidos, temblando de una forma que yo sabía que era por la fuerza absurda que estaba haciendo para no explotar.
Miraba al suelo, a sus propios cuadernos sucios, y el pecho le subía y bajaba con una respiración rápida y agitada.
Se lo estaba tragando todo. La humillación, los insultos, la burla pública.
Él, que se pasaba los días empujando a los novatos en ese mismo lugar, ahora estaba apoyado contra su propia taquilla, aceptando el papel de presa.
—¿Qué pasa, princesita? ¿Has perdido la voz?
—Trent dio un paso al frente y empujó el hombro de Chester con fuerza.
El golpe de la espalda de Chester contra el metal sonó fuerte—.
Ayer estabas muy gallito en la cafetería, defendiendo a tu noviecito rarito.
¿Y ahora? ¿Estás calladito? Ahora mandamos nosotros, pedazo de mierda.
Un murmullo recorrió el corro de alumnos. Algunos se rieron. Otros se limitaban a observar en silencio, conmocionados por la situación.
Miré a la cara a Chester. Vi la sombra de aquel hematoma amarillento en su mandíbula, la marca que escondía de todo el mundo, la prueba de que ya le pegaban en casa y que el instituto era el único lugar donde fingía tener el control.
Y ahora, hasta eso le habían quitado. Se estaba rompiendo.
Allí mismo, delante de todo el mundo, se estaba haciendo pedazos por dentro, y la culpa era en parte mía, porque fui yo quien le quitó el valor de ser malo.
La rabia que explotó en mi interior fue caliente, ácida y completamente letal. Nadie rompía mis juguetes más que yo. Y nadie, absolutamente nadie, pronunciaba mi nombre con ese tono tan asqueroso.
No lo dudé. Di un paso al frente, cruzando la línea invisible del círculo de alumnos, y el sonido de mi bota militar golpeó como un tiro de gracia en el suelo blanco.
—Con permiso —mi voz sonó alta, afilada como una cuchilla nueva, cortando las risas del grupo como una guillotina.
Mi tono no tenía ni una pizca de miedo, solo un aburrimiento profundo y arrogante—.
¿Ha llegado hoy antes a la ciudad el circo ambulante o es que habéis decidido exhibir vuestra estupidez gratis en medio del pasillo?
Trent, Marcus y Derek se detuvieron al instante y giraron la cabeza en mi dirección.
El shock inicial de ver aparecer de la nada a la persona a la que acababan de insultar les paralizó durante dos segundos.
Chester también levantó la cabeza. Sus oscuros ojos encontraron los míos, muy abiertos, con el pánico mezclado con una confusión absurda.
Trent se recuperó primero, sacando pecho y soltando una risa nasal, intentando mantener la pose delante del público. —Hablando del rey de Roma. ¿El rarito del teatro ha venido a salvar a su noviecito? Vuelve a tu rincón, Reese, antes de que decidamos partirte la cara junto a la suya.
No retrocedí. En su lugar, caminé hacia ellos, despacio, con la elegancia de quien desfila para matar.
Me detuve exactamente a un metro de Trent, invadiendo su espacio, dejando que mi olor sofocara el olor a sudor y a desodorante caducado que emanaba de él.
Ladeé un poco la cabeza hacia atrás, mirándole de arriba abajo con una mirada de puro asco, como si acabara de pisar algo podrido.
—¿Partirme la cara, Trent? —pregunté, y mi voz bajó a un tono peligrosamente tranquilo y suave.
Solté una risa corta y fría, negando con la cabeza—.
¿Con esas manos que ni siquiera pueden sujetar bien un balón de fútbol sin que el entrenador pite falta?
Por favor. Los tres juntos no tenéis la suficiente coordinación motora para desataros los cordones de los zapatos, como para acertarme un puñetazo.
Marcus gruñó, dando un paso adelante y cerrando el puño. —Estás pidiendo que te maten, cabrón de mierda.
No pestañeé. Ni siquiera le miré las manos.
Mantuve mis ojos clavados en los de Trent, porque sabía que era el líder estúpido de aquella inútil pandilla.
—¿Sabéis qué es lo fascinante de vosotros?
—continué, elevando un poco la voz para que lo oyera todo el pasillo, usando mi talento actoral para proyectar cada sílaba—.
Lo desesperados que estáis. Ibais detrás de Chester como una jauría de perritos falderos, mendigando validación, porque sin él, no sois nada.
Solo sois tres fracasados con suspensos que van a pasarse el resto de su vida dependiendo de sus padres porque vuestro cerebro dejó de evolucionar en preescolar.
La cara de Trent se puso roja, una mezcla de vergüenza y pura furia. Abrió la boca para hablar, pero no le di tregua. Atropellé su voz con mi perfecta articulación.
—Y ahora que ha decidido que no quiere seguir jugando a ser un gorila con vosotros, ¿qué hacéis?
Os juntáis los tres, porque uno solo se pondría a llorar de miedo, para acorralarle en las taquillas y darle patadas a unos cuadernos.
Guau. Qué demostración tan increíble de masculinidad.
Sois tan patéticos que me dais pereza. Vuestro olor a inseguridad es peor que el olor de esa vieja cazadora de Marcus.