CAPÍTULO 9
CHESTER BOYD
El despertador no tuvo ni que sonar. Llevaba horas despierto, mirando fijamente el techo de mi habitación, escuchando el sonido distante de los coches que pasaban por la avenida a unas manzanas de distancia.
Mi cuerpo estaba agotado, pesado como el plomo, pero mi mente no se apagaba.
La adrenalina del día anterior seguía corriendo por mis venas, un residuo tóxico que me mantenía en constante estado de alerta.
La escena en el escenario del teatro se repetía en mi cabeza en un bucle infinito.
Las luces. El texto. Mi voz tartamudeando.
Y luego, Allan. Su mano sobre la mía. La forma en que me miró, me desarmó y me reconstruyó en treinta segundos, transformando mi pánico en una actuación que hizo que el señor Evans me ovacionara de pie.
Me había pasado toda la vida creyendo que la rabia era mi única herramienta de supervivencia.
Y elegí ser la pesadilla de todo el mundo para no tener que vivir la mía.
Pero ayer... ayer Allan cogió mi rabia y me demostró que no necesitaba hacer daño a nadie con ella.
Podía usarla simplemente como una máscara.
Me dio el control que siempre había fingido tener.
Y lo que de verdad me aterrorizaba era que estaba dispuesto a hacer cualquier cosa que me pidiera.
Estaba en manos de aquel chico, y lo peor era que no quería huir.
Me levanté de la cama arrastrando los pies.
El viejo suelo de madera crujió bajo mi peso.
El silencio de la casa era un alivio temporal; lo más probable es que mi padre se hubiera quedado frito en el sofá del salón, lo que significaba que tendría que salir por la puerta de atrás para no despertarle.
Me puse unos vaqueros, una camiseta negra cualquiera y mi vieja cazadora de cuero.
Me pasé las manos por el pelo alborotado y miré mi reflejo en el espejo manchado del baño.
El hematoma de mi mandíbula era casi imperceptible, solo una sombra amarillenta, pero las profundas y oscuras ojeras gritaban mi agotamiento.
Ya no parecía el rey del instituto. Parecía un prisionero de guerra a punto de desmoronarse.
El trayecto hasta el instituto transcurrió en silencio.
Aparqué la camioneta en la misma plaza de siempre, cerca de la valla del campo de fútbol americano.
Apagué el motor y me quedé allí sentado, agarrando el volante, sintiendo el aire frío de la mañana golpeando mi cara a través de la ventanilla entreabierta.
El aparcamiento empezaba a llenarse. Vi el movimiento.
Los grupitos formándose. Los empollones de robótica corriendo hacia la entrada, los tíos del equipo de baloncesto riendo a carcajadas cerca de las taquillas.
Respiré hondo. Me ajusté la cazadora y bajé del coche.
La actuación de ser Chester Boyd, el matón, empezó a funcionar.
Pecho fuera, hombros anchos bloqueando el paso, mirada oscura y amenazadora.
Caminé hacia las puertas dobles del edificio principal.
Como siempre, la multitud empezó a abrirse.
Los alumnos de primer año agacharon la cabeza, encogiéndose de hombros contra las taquillas.
Vi a un chico larguirucho, que sujetaba una maqueta de ciencias, contener la respiración cuando pasé a su lado.
Antes, esa imagen me provocaba un subidón de endorfinas.
Era la confirmación de que yo existía, de que importaba, de que tenía poder.
Hoy, sin embargo, mirar a ese chaval aterrorizado me dio ganas de vomitar.
Vi mi propio miedo reflejado en su cara.
Vi la misma expresión que yo ponía cuando la llave de mi padre giraba en la cerradura de casa.
Yo no era poderoso. Solo era un agresor más en una enfermiza cadena alimentaria, perpetuando la misma mierda que me estaba destruyendo por dentro.
Me detuve. El chico de la maqueta abrió mucho los ojos, con los labios temblorosos, esperando el ataque. Esperando a que yo golpeara su trabajo, a que le empujara, a que le gastara alguna broma pesada. Le miré. Sus dedos apretaban el cartón de la maqueta con tanta fuerza que estaban pálidos.
—Tranquilo, chaval —murmuré, con una voz baja, casi sin aliento. Me aparté, dejándole espacio para pasar, y seguí mi camino por el pasillo, dejando al chico paralizado por la confusión.
El problema era que yo no era el único que prestaba atención.
—¿Qué coño ha sido eso, Boyd? —la voz de Trent sonó justo detrás de mí.
Me giré lentamente. Trent y Marcus estaban apoyados en una fila de taquillas, observándome con los brazos cruzados y expresión de desconcierto. Trent tenía una sonrisa burlona y torcida en la cara, pero sus ojos estaban afilados, analizando mi actitud.
—¿Qué ha sido el qué? —pregunté, adoptando mi tono seco e indiferente.
—El chaval de ahí. Ese puto empollón del club de ciencias. Le has dejado pasar sin más. El tío estaba prácticamente pidiendo a gritos que le tiraran dentro de la taquilla, estaba temblando entero. ¿Estás enfermo, tío? ¿Dónde está la diversión? —preguntó Trent, dando un paso hacia mí.
Apreté el asa de mi mochila, sintiendo que la vieja rabia quería subirme por la garganta, pero esta vez, la rabia no era contra el empollón.
Era contra Trent. Era contra la estupidez de aquella conversación, contra la bajeza de aquellos tíos que necesitaban humillar a alguien para sentirse importantes.
—Tengo cosas mejores que hacer, Trent. Hoy no voy a perder el tiempo con un novato baboso.
La Directora me respira en la nuca, tengo un montón de problemas que resolver. Déjame en paz.
Me di la vuelta y empecé a caminar hacia mi taquilla. Marcus soltó una risita por lo bajo a mis espaldas. —Te estás ablandando, ¿eh, grandullón? Dentro de nada estarás llevándoles los cuadernos a las chicas y poniéndote florecitas en el pelo.
La provocación me dio en la espalda. Mi instinto de hace años me gritaba que me diera la vuelta, agarrara a Marcus por el cuello y le partiera la cara hasta que se tragara sus propios dientes.
Mi mano se cerró en un puño tan rápido que las uñas se me clavaron en la palma.
Pero entonces, la voz de Allan resonó en mi mente, clara y afilada: "Pegas porque eres demasiado idiota para argumentar".
Si le pegaba a Marcus ahora, solo estaría demostrando que Allan tenía razón.
Solo estaría siendo el animal estúpido que reacciona por instinto porque no tiene cerebro para hacerlo de otra manera.
Quería ser diferente. Necesitaba ser diferente, o acabaría siendo exactamente igual que el cabrón de mi padre.
Relajé el puño. Solté el aire despacio. No miré atrás.
Simplemente ignoré la provocación y seguí caminando.
El silencio que se formó a mis espaldas fue pesado.
Sabía lo que significaba. En el código de supervivencia de nuestro grupo, no devolver un insulto era una bandera roja gigante.
Era la muestra de debilidad que necesitaban para empezar a cuestionar el liderazgo de la manada.
La semilla de la duda acababa de ser plantada.
El verdadero infierno empezó a la hora de comer.
La cafetería del instituto era un ecosistema brutal.
Las mesas estaban divididas por castas, y la nuestra estaba en el centro, en el mejor sitio, cerca de las ventanas, donde todo el mundo podía vernos.
Era la mesa del equipo, de los tíos grandes, de los populares que dictaban las normas de quién era guay y quién era basura.
Cogí mi bandeja con un trozo de pizza pocha y un refresco y caminé hacia allí.
Me senté en mi sitio habitual, en la cabecera de la mesa.
Trent, Marcus y otros tres tíos del equipo de fútbol ya estaban allí. El ambiente estaba agitado. Se reían a carcajadas, tirando bolitas de papel arrugado a los alumnos que pasaban cerca. En cuanto me senté, la conversación sufrió una pausa extraña. Se miraron entre ellos.
—Qué hay, estrella de Hollywood —empezó Marcus, apoyando los codos en la mesa, con una sonrisa cabrona cruzándole la cara—. ¿Es verdad el rumor que corre por los pasillos? Los de iluminación del teatro han dicho que ayer te subiste al escenario. Con guion y todo.
Me quedé helado. Dejé de masticar. La noticia se había filtrado más rápido de lo que imaginaba.
Las ratas del teatro no habían podido guardarse el cotilleo.
Tragué la comida a palo seco, intentando mantener el rostro impasible.
—Estoy haciendo trabajos extra para la Directora, ya os lo dije.
Faltó un tío y el profesor me obligó a leer unas frases para darme los créditos. ¿Cuál es el problema?
—¿El problema? —Trent soltó una carcajada que llamó la atención de algunas mesas vecinas—.
El problema, Boyd, es que te estás juntando con la escoria.
Estás respirando el mismo aire que esos raritos.
El tío era el terror del instituto y ahora está leyendo textitos encima de un escenario vestido con ropita de época. Es jodidamente patético.
Me empezó a hervir la sangre en el cuello. Apreté el vaso de plástico del refresco hasta que crujió. —Es solo por la puta nota, Trent. No me estoy juntando con nadie. Entro, hago lo que tengo que hacer y me largo. ¿Te crees que me gusta estar allí?
—Ah, no sé. A lo mejor te está gustando —comentó uno de los tíos del equipo de fútbol, un matón llamado Derek, con una mirada sucia—.
La gente dice que tú y el rarito de Allan Reese sois súper amiguitos.
Han dicho que ayer te enseñó a actuar. Qué bonito.
El costurero del instituto dándole clasecitas al gran Chester Boyd.
Mencionar el nombre de Allan fue el detonante que faltaba. La imagen de él tocándome, su respiración contra la mía, la fuerza con la que me besó... todo explotó en mi cabeza al mismo tiempo que la asquerosa voz de Derek profanaba su nombre. No pude controlarme. La apatía desapareció.