MI ADORABLE MATÓN CAPÍTULO 8 #3
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CAPÍTULO 8 #3

Leyó la frase como un robot estropeado. Haciendo una pausa en cada palabra. Sin emoción. Sin dicción. La voz, normalmente tan amenazadora, le salió fina, tartamudeante, ahogada por el pánico. Fue pésimo. Fue la peor actuación que aquel escenario había presenciado jamás.

—¡Corten! —gritó el señor Evans desde el patio de butacas, dando una palmada—.

¡Boyd! ¿Eres un lord inglés o un niño de diez años recitando las tablas de multiplicar?

¡El texto dice "con desdén"! ¡Tienes que parecer el dueño de la sala, no un prisionero de guerra!

¡Ponle peso a las palabras! ¡Venga, otra vez! ¡Allan, repite la frase!

Volví a mi marca, conteniendo mi propia sonrisa. La desesperación en los ojos de Chester era tan intensa que, por un segundo, casi me sentí culpable. Casi.

—Milord, veo que su tolerancia hacia la escoria...

—¡Yo no aprecio las compañías v-vacías! —Chester atropelló mi frase, levantando la voz, pero tartamudeando en medio de la frase, leyendo el papel frenéticamente para librarse del sufrimiento lo antes posible.

—¡No! —bramó el director desde abajo—. ¡Boyd! ¡Has cortado la frase de Allan! ¡Y has vuelto a tartamudear! ¡Mírale cuando hables! ¡No mires el papel como si te fuera a morder! ¡Intenta memorizar la frase, son cuatro palabras! ¡Una vez más!

El tercer intento fue aún peor. Chester intentó mirarme, pero el contacto visual bajo los focos, sumado a lo que había ocurrido en la sala de costura la noche anterior, le bloqueó la mente.

Cuando sus ojos se encontraron con los míos, se quedó paralizado.

Perdió la línea del guion. El papel de su mano se arrugó por la fuerza de sus dedos.

Intentó hablar, tartamudeó, se equivocó de palabras y finalmente se detuvo, con la respiración entrecortada y el rostro rojo de vergüenza y de rabia.

Las risas entre bambalinas se hicieron más audibles. Empezó a extenderse un murmullo. "El matón no sabe leer", susurró alguien en la oscuridad. "Mira cómo suda".

Vi cómo la grieta que había abierto ayer se desgarraba hasta convertirse en un abismo.

Chester bajó la cabeza, estrujando el guion en la mano.

La humillación le estaba aniquilando en la plaza del pueblo.

Estaba a punto de explotar. Iba a tirar el papel al suelo, iba a mandar al profesor a la mierda y saldría corriendo.

El diploma ya no importaba; la preservación de su propia dignidad hablaría más alto, y volvería a destruirlo todo.

Mi lado sádico estaba satisfecho. Había demostrado mi punto. Le había enseñado que su brutalidad no valía nada allí arriba.

Pero... una parte extraña de mí, una parte que aún sentía el sabor de su beso y recordaba su confesión susurrada, pensó que la broma ya había ido demasiado lejos.

No quería que huyera. Si huía ahora, no volvería nunca más.

Se pasaría el resto de su vida escondiéndose tras la rabia.

Y yo lo quería allí. Quería jugar más con él.

El señor Evans abrió la boca para gritar otra inútil corrección, pero yo levanté la mano rápidamente, en un gesto teatral e imperioso, silenciando al director.

—Un momento, señor Evans —dije en voz alta, rompiendo el guion y saliendo del personaje. Caminé hacia Chester, reduciendo la distancia entre nosotros.

Las risas entre bambalinas cesaron. El silencio se apoderó del teatro.

Chester tenía la cabeza gacha. No me miró. Su pecho subía y bajaba violentamente. Se estaba preparando para el golpe final, esperando a que le humillara delante de todo el mundo, a que yo fuera la guinda del pastel de aquella tortura.

No lo hice. Me acerqué aún más. Entré en la burbuja de calor que emanaba de él, y mis cadenas rozaron suavemente sus vaqueros. Extendí mi mano, con los anillos de plata brillando a la luz, y agarré con delicadeza su mano, que estrujaba el papel.

El roce hizo que se paralizara por completo. Levantó la cabeza de un respingo, con los ojos muy abiertos, conmocionado por mi toque en público, conmocionado por la ausencia del dolor que esperaba recibir. La mirada de terror dio paso a la más absoluta confusión.

—No mires el papel, idiota —le susurré, con la cara inclinada hacia la suya, con la voz lo bastante baja para que solo él la oyera por encima de la música de ambiente que aún sonaba.

Mi voz no tenía burla. Tenía el mismo tono rasgado e íntimo que había usado en el taller cuando le pasé los dedos por el hematoma—.

Mírame a mí. Olvídate de este público de bichos raros.

Olvídate del profesor. Céntrate solo en mí.

Chester parpadeó lentamente. El pánico de sus ojos empezó a disolverse en el mismo magnetismo de antes. Estaba desesperado por encontrar un salvavidas, y yo le ofrecí las dos manos.

—Sabes cómo odiarme, Boyd —seguí susurrando, sosteniéndole la mirada, atrapando su atención en mi boca, dejando que su deseo reprimido se antepusiera al pánico—.

Úsalo. Tu personaje es un lord asqueroso que piensa que mi personaje es un montón de basura colorida.

No te debe resultar muy difícil fingir que me desprecias.

Miéntete a ti mismo si hace falta. Finge que estamos en el pasillo, que me estás acorralando contra las taquillas.

Mírame con esa arrogancia que te crees que tienes.

Devuélveme el asco. Descarga tu rabia sobre mí.

Vi cómo algo hacía clic en su mente. Mis palabras abrieron la caja de rabia que utilizaba para protegerse.

Usó la hostilidad contra mí como una muleta para dejar de temblar.

Su respiración se estabilizó. Apretó la mandíbula, enderezó su postura encorvada por la vergüenza, sus anchos hombros volvieron a su sitio, proyectando una imponente sombra sobre mí.

No soltó mi mano, que estaba sobre el guion arrugado, simplemente la ignoró, enfocando toda su energía bruta y reprimida directamente a mis ojos.

La mirada de presa desapareció. El depredador enjaulado se hizo con el escenario.

Esbocé una sonrisa de medio lado, sintiendo un vuelco de excitación en el estómago. La química entre nosotros no era romántica, era radiactiva. Y bajo los focos, era una peligrosa obra de arte.

Me aparté de él bruscamente, rompiendo el contacto físico.

Volví a mi marca, ajusté mi llamativa postura de señor Erskine y levanté la barbilla, volviendo al personaje en una fracción de segundo, pero esta vez, no mirándole como a un compañero de reparto, sino como al chico al que hice gemir contra mi boca el día anterior.

Le solté la réplica. Esta vez, sin burla educada. Le solté la frase a la cara con todo mi afilado desprecio, desafiando su frágil masculinidad.

—Milord, veo que su tolerancia hacia la escoria de la alta sociedad es tan baja como la calidad del champán de esta noche... —entrecerré los ojos, añadiendo una pausa dramática no escrita en el guion, y susurré de forma audible—. ...una completa decepción.

El insulto velado dio en el blanco. La furia encendió los ojos de Chester.

No le hizo falta mirar el papel arrugado que tenía en la mano.

No tartamudeó. Dio un paso lento en mi dirección, con una postura impecablemente rígida y agresiva.

Su cazadora de cuero y su camiseta parecieron desaparecer; la rabia y la imponente autoridad que emanaba eran el vestuario perfecto.

Se detuvo a centímetros de mí. Su tamaño me eclipsó bajo el foco. Me miró de arriba abajo, con una mirada tan llena de desdén, de rabia y de una tensión sexual tan palpable que juro que el aire acondicionado del teatro dejó de funcionar.

—Yo no aprecio las compañías vacías, Erskine —la voz de Chester resonó por todo el salón de actos.

No fue fina. No falló. Sonó grave, cortante, pesada, arrastrada por un acento rústico, cargando una arrogancia tan fría que cortaba como el hielo—.

Y su silencio sería el único lujo real que esta fiesta podría ofrecerme.

La frase no estaba exactamente así en el guion. La adaptó. Me insultó a través del texto.

El silencio en el teatro ya no era de incomodidad; era de puro asombro.

Sentí un escalofrío bajarme por la espalda.

La energía que emanó de él en aquella frase fue tan fuerte que se me erizó el vello de los brazos.

Reaccioné instintivamente, no como Allan el figurinista estresado, sino como Erskine siendo brutalmente rechazado.

Di un paso atrás, forcé una risa nerviosa y ofendida, agitando la mano en el aire, lanzando la réplica del guion.

—La grosería es el arma de los que carecen de espíritu creativo, Milord. Que pase un buen día.

Me di la vuelta y caminé hacia el otro lado del escenario, con el sonido de mis botas resonando en la madera.

Mi corazón latía tan rápido que pensé que el patio de butacas vacío podría oírlo.

La escena había durado menos de treinta segundos, pero había sido lo más intenso y auténtico que había hecho nunca en un escenario.

—¡Y... corten! —la voz del señor Evans estalló en el silencio del salón de actos.

Me di la vuelta. El director estaba de pie en el patio de butacas, señalándonos con el portapapeles y con la boca abierta—.

¡Eso... eso ha sido increíble! Boyd, ¿de dónde has sacado eso?

¡El subtexto, la agresividad, el odio! ¡Ha sido perfecto!

¡Ha sido la representación más auténtica de un aristócrata asqueado que he visto nunca en un actor aficionado!

Un murmullo de aprobación, esta vez sin risas, se elevó desde las bambalinas. Ya nadie se burlaba.

Chester parpadeó. La rabia de sus ojos se disipó un poco, dando paso a una cautelosa sorpresa. Miró hacia el oscuro patio de butacas, luego al profesor que le elogiaba con entusiasmo y, finalmente, me miró a mí.

Yo estaba al otro lado del escenario, con los brazos cruzados, apoyado en el falso decorado, jadeando. Levanté la barbilla y una pequeña sonrisa sádica y orgullosa se dibujó en mis labios. Le dirigí una lenta mirada que decía "Te lo dije" mezclada con un "Ahora eres mío".

No apartó la cara. Tragó saliva, arrugando el guion en su mano derecha, pero ya no había pánico en su postura.

Había confusión, había miedo a lo que acababa de descubrir sobre sí mismo, pero también había una extraña sensación de alivio.

Había cogido su debilidad, su vulnerabilidad y su vergüenza, y la había transformado en la única cosa que todo el mundo aplaudía.

Le había enseñado a usar su máscara como talento, no como prisión.

El señor Evans decretó un descanso de diez minutos para reajustar el foco de luz de la siguiente escena. El equipo empezó a moverse por el escenario, arrastrando muebles del atrezo.

Volví hacia las bambalinas, bajando las pequeñas escaleras del escenario para esconderme en las sombras, necesitando un segundo para calmar mis propios nervios. La intensidad de lo que había hecho, de haberle provocado bajo la luz pública, había consumido casi toda mi energía mental.

Cuando me acerqué al telón de terciopelo de la sala de costura, oí unos pesados pasos acercándose a mis espaldas. Me detuve, sin darme la vuelta.

Chester se paró a un paso de mí. Su presencia era magnética. Podía sentir el calor que irradiaba. Su olor me envolvió. Estábamos escondidos en la penumbra de las bambalinas, lejos de las miradas de los demás alumnos que trabajaban en el escenario iluminado.

—¿Por qué has hecho eso? —su voz sonó muy baja, muy cerca de mi oreja.

No era una pregunta amenazante. Era una exigencia desesperada de sentido—.

¿Por qué me has ayudado? Podrías haberme dejado que me jodiera.

Querías verme fracasar, anoche me llamaste cobarde, me has roto la cara, ¿y ahora me das la mano delante de todo el mundo? ¿Qué quieres de mí, Allan?

Me di la vuelta lentamente. Estaba allí, inmenso, con sus anchos hombros bloqueando cualquier luz que intentara llegar hasta nosotros. Sus ojos oscuros brillaban en la penumbra, intensos, perdidos, buscando alguna verdad en medio del desastre que éramos.

Le miré a la cara. Al hematoma ya desdibujado.

A la boca que anoche había atacado con uñas y dientes.

No sabía cómo explicárselo a él, porque apenas sabía explicármelo a mí mismo.

No le ayudé porque fuera una buena persona.

Le ayudé porque su vulnerabilidad se había convertido en mi obsesión.

No quería que nadie más viera desmoronarse al gigante; quería que se desmoronara solo para mí.

Me incliné un poco hacia delante, levantando la mano y pasando la yema de mi dedo anular plateado por el borde del cuello de su camiseta, con un roce sutil, arrastrando el metal cerca de la piel de su cuello, sabiendo exactamente el efecto que eso causaría.

Chester dejó de respirar, y todo su cuerpo se inclinó involuntariamente hacia mi toque, rindiéndose a aquella cercanía.

—No quiero nada de ti, Chester —susurré, y mi voz salió cargada de un dulce veneno, mis ojos fijos en los suyos mientras desmontaba la última pieza de la farsa que cargaba a cuestas—.

Solo quería demostrarte que, en mi escenario, no necesitas esconderte tras un puñetazo para que te vean.

Eres mucho más interesante cuando juegas con mis reglas.

Su pecho se agitó en un espasmo. El deseo y la derrota cruzaron su expresión en una fracción de segundo. No retrocedió. No huyó. Se quedó allí, respirando el mismo aire que yo, atrapado en una red de alambre de espino que ambos habíamos construido juntos.

El telón de la sala de costura estaba abierto, y la vieja máquina seguía allí, esperándome para rehacer su vestuario. Y lo haría, a sabiendas de que, esta vez, cuando le tomara medidas, el matón no volvería a empujarme.

La fiera había sido domada. El problema ahora era qué iba a hacer con ella.