CAPÍTULO 8 #2
Caminé hacia la salida, y las cadenas de mis pantalones anunciaron mi partida.
Chester soltó un gruñido de frustración, pero me siguió de cerca.
Su subordinación hacia mí ahora era tan natural que ni siquiera intentaba discutir mis órdenes directas.
Atravesamos las oscuras bambalinas y salimos al escenario principal.
La escena era caótica. El decorado del salón de baile londinense estaba a medio montar, las luces de servicio estaban encendidas, y todo el reparto y el equipo técnico estaban agrupados cerca de las butacas de la primera fila.
En el centro del escenario, el señor Evans paseaba de un lado a otro, apretándose la cabeza con las manos, murmurando cosas mientras miraba un guion arrugado.
Cuando bajé las pequeñas escaleras del escenario con Chester justo detrás de mí, el corro de alumnos se abrió ligeramente.
Nadie allí se sentía cómodo con su presencia.
Sabían que estaba cumpliendo horas, pero verle fuera de su hábitat natural de abusón seguía siendo perturbador para la mayoría.
Chester, como siempre, adoptó su postura de muro de piedra, deteniéndose un poco más alejado del grupo, con las manos en los bolsillos, y la mirada entrecerrada barriendo el lugar como si todos fueran amenazas potenciales.
—¡Silencio! —bramó el señor Evans, y su voz chillona resonó por el salón de actos vacío.
Todos se callaron de inmediato—. Como Chloe ya habrá difundido a la velocidad de la luz, hemos perdido a Toby.
Está en cama, babeando en una almohada de hospital, y estamos a una semana de abrir el telón para doscientas personas, incluidas la Directora y la junta escolar. Necesitamos un Lord Thomas. Ahora.
El silencio se apoderó del grupo. La gente apartaba la mirada. Nadie quería coger un guion con frases a escasos días del estreno. Actuar no era solo leer; era memorizar marcas, tiempos de luz, intenciones. Era un suicidio público si no estabas preparado.
—¿Alguien se presenta voluntario? —preguntó el profesor; la desesperación goteaba en cada sílaba.
Nadie se movió. El ruido del aire acondicionado del salón de actos pareció ensordecedor.
El señor Evans se quitó las gafas y se frotó los ojos—.
Está bien. Tendré que recortar la escena de la fiesta a la mitad.
Allan, tu personaje pierde las réplicas, tendré que pasarte al fondo del escenario y. ..
—Disculpe, señor Evans —interrumpí, y mi voz sonó alta y clara.
Di un paso al frente, cruzándome de brazos; mis anillos brillaron bajo el foco—.
Recortar la escena de la fiesta perjudica la transición hacia la revelación del cuadro.
Lord Thomas tampoco tiene tantas frases.
Es un personaje amargado, que se queda en un rincón observando a los demás con desprecio, con una postura rígida, hasta que se le provoca.
El guion dice explícitamente que es "un hombre de presencia intimidante, pocas palabras y una mirada de constante reprobación".
El señor Evans volvió a ponerse las gafas, entrecerrando los ojos en mi dirección. —Allan, sé lo que dice el guion, yo he adaptado el texto. ¡Pero no tenemos a nadie con ese perfil que no esté ya en escena haciendo otra cosa!
Yo no dije nada. No me hizo falta. Me limité a mantener los brazos cruzados, ladeé un poco la cabeza y desvié la mirada lentamente, de forma deliberada y dramática, hasta que mis ojos se posaron directamente en Chester Boyd.
Todo el grupo siguió mi mirada. Treinta pares de ojos recayeron sobre el gigante de la cazadora negra que estaba apoyado en el borde del escenario.
Chester abrió los ojos como platos. Su postura defensiva se congeló. Me miró, y la comprensión de mi malvada venganza golpeó su cerebro como un mazo. La sangre huyó de su rostro, dejándolo pálido.
—Allan... —murmuró el profesor, siguiendo la trayectoria de mi mirada. La boca del señor Evans se abrió lentamente. Los engranajes del cerebro del director empezaron a girar.
Chester se despegó del escenario de un salto, sacando las manos de los bolsillos, con las palmas abiertas en una clara señal de rotunda negación.
—No. Ni de coña. Ni se os ocurra. Ya estoy en la mierda esta de obra como figurante.
Me quedo al fondo, mudo. ¡Ese fue el trato! ¡No voy a decir ni una puta palabra!
—¡Sin palabrotas, Boyd! —le cortó Evans, y su voz cobró fuerza de repente; la desesperación se estaba transformando en una chispa de esperanza lunática.
El profesor se acercó a él, midiendo a Chester de arriba abajo—.
Tienes el tamaño perfecto. La cara de odio ya la traes de serie.
El vestuario que te ha hecho Allan... ¡Allan puede adaptarlo!
Lord Thomas solo tiene siete líneas de diálogo.
¡Siete! La mayor parte del tiempo, solo tiene que mirar con cara de asco a Allan.
¡Lo que llevas años haciendo en este instituto!
—¡Joder, no soy actor! —gritó Chester, y el pánico se apoderó de su voz, ignorando la norma de las palabrotas.
Retrocedió un paso y su respiración se agitó.
El pavor de sus ojos no era una actuación; estaba genuinamente aterrorizado ante la idea de verse expuesto—.
Tartamudeo cuando me pongo nervioso. No se me da bien memorizar textos.
Si subo ahí y abro la boca, todo el mundo se va a reír en mi cara. ¡Va a estar todo el instituto!
Me crucé de brazos con más fuerza, mordiéndome el interior de la mejilla para no reírme de su desesperación. Ver al rey del bullying sudando frío ante la perspectiva de decir siete frases en un escenario era un espectáculo maravilloso.
—Chester —el señor Evans usó su nombre de pila por primera vez, y su tono adquirió una autoridad definitiva—.
Tu elección es muy simple. O coges este guion ahora mismo y salvas mi obra, cubriendo el hueco que ha dejado Toby, o llamo a la Directora en este preciso momento, le informo de que no has colaborado, que no das el perfil y repites curso por no completar las horas extraescolares necesarias.
El chantaje estaba hecho. Jaque mate.
Chester se quedó paralizado. Miró al profesor.
Luego me miró a mí. El odio ardía en sus ojos, pero vi algo más profundo en ellos.
Una súplica silenciosa. Quería que lo salvara.
Quería que me inventara una excusa para sacarlo de aquella situación.
No quería verse expuesto, no quería ser juzgado por la misma horda de personas a las que se había pasado la vida juzgando.
Pero yo no estaba allí para ser su escudo. Estaba allí para romper su escudo. Le sostuve la mirada y arqueé una ceja, un desafío mudo que decía: "Acepta el guion de una vez o demuestra que eres el cobarde que creo que eres".
Chester apretó la mandíbula hasta que le palpitaron los músculos de la cara. Cerró las manos en puños, y la rabia hizo temblar todo su cuerpo. Cerró los ojos un segundo, se tragó todo su orgullo y extendió la mano derecha rígidamente hacia el director.
—Dame el puto papel —gruñó, y su voz salió tan grave que parecía raspar el suelo.
El señor Evans esbozó la sonrisa más amplia y aterradora del mundo.
Arrancó las hojas del guion del portapapeles y le dio un golpe en el pecho a Chester.
—¡Maravilloso! ¡Excelente! ¡Allan, Chloe, Sam, a vuestras posiciones!
¡Vamos a repasar la escena cinco ahora mismo!
Quiero marcas de luz. Boyd, sube a ese escenario.
Entras por la izquierda, te paras junto a la mesa de las bebidas.
Allan se acercará a ti. Tú lees lo que está marcado en amarillo. ¡Vamos, vamos, vamos!
El equipo se dispersó en un correteo frenético.
El reparto corrió hacia las bambalinas. Yo subí las escaleras del escenario con calma, arreglándome la camiseta negra.
Cuando las luces del teatro se apagaron y solo los cálidos y brillantes focos iluminaron el centro del decorado, me dirigí a mi marca.
Allí estaba Chester, en el lado opuesto. Estaba en el centro de la luz. El chico gigante, sosteniendo tres folios como si pesaran cien kilos. Estaba fuera de su elemento, fuera del aparcamiento, fuera de las sombras. Bajo los focos, no había armadura. No había forma de fingir.
—¡Luces, sonido, y... acción! —gritó el señor Evans desde el patio de butacas, y su voz resonó en la oscuridad.
La música clásica empezó a sonar por los altavoces, a bajo volumen, simulando la fiesta.
Me metí en el personaje de inmediato. Cambié mi postura, adopté la irónica elegancia del señor Erskine y caminé por el escenario, gesticulando levemente, hasta detenerme junto a Chester.
El guion exigía que me acercara a él y le hiciera un comentario cínico sobre los invitados.
—Milord —dije, agravando un poco la voz, añadiendo un tono esnob y educado, sonriendo de lado mientras le miraba—. Veo que su tolerancia hacia la escoria de la alta sociedad es tan baja como la calidad del champán de esta noche.
Era su turno. Ahí tenía la réplica. Chester solo tenía que leer el folio.
Bajó la vista hacia el papel. Vi cómo le temblaban las manos, haciendo vibrar los bordes de la hoja.
Abrió la boca. Su nuez se movió, intentando expulsar el aire.
Estaba sudando por el labio superior. Tenía la mirada fija en las palabras, pero el sonido no salía.
El pánico escénico se lo había tragado entero. Estaba paralizado.
—¿Milord? —repetí la frase, esta vez con un toque de burla real, provocándole. Vi a un par de alumnos del equipo técnico reírse por lo bajo en las bambalinas. El sonido de las risitas llegó a oídos de Chester. Encogió los hombros instintivamente.
El gigante se estaba desmoronando. Verlo era fascinante. Y devastador.
—Yo... —la voz de Chester falló. Se aclaró la garganta, y su cara adquirió un tono rojizo de pura humillación—. Yo... no... aprecio... las compañías vacías.