CAPÍTULO 8
ALLAN REESE
El sabor de aquel beso desesperado aún seguía pegado a mi lengua.
Me pasé el pulgar por los labios, sintiendo una ligera hinchazón allí donde los dientes de Chester habían chocado contra los míos la tarde anterior.
El motor de mi máquina de coser estaba apagado.
La sala de vestuario, normalmente mi refugio seguro y ruidoso, estaba sumida en un silencio opresivo que me hacía zumbar los oídos.
Llevaba casi media hora sentado en mi silla giratoria, mirando fijamente el maniquí de madera que había en un rincón de la habitación, pero mi mente estaba a kilómetros de distancia, atrapada en aquel momento en el que Chester Boyd se derrumbó.
"Tengo un miedo de cojones", había dicho.
Cerré los ojos, echando la cabeza hacia atrás.
Mi armadura estaba intacta por fuera. Hoy llevaba unos pantalones negros rotos por las rodillas con unas medias de rejilla debajo, unas botas militares de plataforma llenas de tachuelas, y un crop top de un grupo de black metal que dejaba al descubierto un trozo de mi pálido vientre.
Los anillos de plata estaban todos en mis dedos, afilados y pesados, y el delineador de ojos estaba más oscuro y emborronado de lo habitual, dándome un aire de haber pasado la noche en vela en una fiesta clandestina.
La verdad es que me había pasado la noche en vela mirando el techo de mi habitación en la autocaravana, con el corazón latiendo a un ritmo idiota y desacompasado cada vez que recordaba la fuerza de las manos de Chester agarrándome la cintura.
No había huido. Ese era el detalle que me jodía la cabeza.
Si hubiera salido corriendo por el pasillo, se hubiera subido a su camioneta y hubiera desaparecido, podría pensar en aquel beso como un "experimento social con matones reprimidos" y seguir con mi vida riéndome en su cara.
Pero se quedó. Se quedó allí parado, temblando, enorme y frágil, confesando que su vida era una mentira y que estaba aterrorizado.
Me entregó el arma cargada para destruirlo y, en lugar de disparar, sentí unas inexplicables ganas de abrazar al muy cabrón.
Y eso me irritaba profundamente. Yo no era el tipo de chico que salvaba a niños perdidos.
Era el tipo de chico que usaba sus pedazos rotos para adornar mi ropa.
El sonido del telón de terciopelo al descorrerse me arrancó de mis pensamientos.
Abrí los ojos rápidamente, adoptando mi postura defensiva, la espalda recta, la barbilla en alto, la expresión de puro aburrimiento.
Chester entró.
Llevaba la cazadora de cuero negra y unos vaqueros oscuros, el uniforme de siempre, pero la energía que transmitía era completamente diferente.
No había ese aire depredador, esa hostilidad que apartaba a la gente.
Estaba tenso, sí, pero de una forma contenida, como si estuviera caminando por un campo de minas.
Sus ojos oscuros encontraron los míos al instante.
El aire en la pequeña sala de costura se enrareció.
No dijo nada. Yo tampoco. Nos quedamos mirándonos durante unos largos segundos, sintiendo el peso de lo que había pasado ayer en el minúsculo espacio que nos separaba.
Esperé a que abriera la boca para soltar alguna excusa barata, para decir que había sido un error, que estaba estresado, que no debía decírselo a nadie. Esperé a que volviera la agresividad.
Pero Chester se limitó a apartar la mirada hacia el suelo y caminó hasta el fondo de la sala.
Se quitó la cazadora de cuero en silencio, dejando a la vista una camiseta ajustada, dobló la prenda y la dejó encima del sofá.
Luego, cogió un rollo de tela pesada que yo había dejado en el suelo la noche anterior y lo levantó sin esfuerzo, poniéndolo sobre la mesa de corte, exactamente donde necesitaba que estuviera.
Se apoyó en la pared cerca de la puerta, se cruzó de brazos y se quedó allí.
Esperando órdenes. Esperando estar cerca de mí.
El corazón me dio un vuelco estúpido. No sabía qué hacer con sus propios sentimientos, pero su instinto ya no le permitía alejarse de mí. Orbitaba a mi alrededor, como un planeta gigantesco y magullado atrapado en mi gravedad. Y, joder, me estaba encantando.
—El señor Evans quiere que se catalogue y etiquete todo el vestuario extra antes del ensayo general de mañana —anuncié, y mi voz sonó fría y profesional, rompiendo el silencio.
Cogí un portapapeles y un bolígrafo—. Te dictaré las prendas y tú escribes las etiquetas de identificación.
Intenta no romper el papel con esas manos de ogro que tienes.
Chester asintió sin más. Cogió el bloc de etiquetas adhesivas y un bolígrafo negro. No hubo puyas. No hubo amenazas.
La dinámica entre nosotros durante las dos horas siguientes fue la cosa más extraña y fascinante que había vivido nunca.
No hablamos del beso. No sacamos el tema de su pánico.
Nos sumergimos en una rutina de trabajo manual, pero el silencio gritaba.
Cada vez que me estiraba para alcanzar una prenda cerca de él, sentía que su respiración se entrecortaba.
Cuando nuestras manos se rozaban accidentalmente al intercambiar una caja o una percha, todo su cuerpo se erizaba, y veía cómo se le dilataban las pupilas, oscuras y hambrientas.
Me observaba todo el tiempo. Cuando creía que estaba concentrado en escribir, giraba la cara y le pillaba mirándome, con la mirada descendiendo hacia mi boca, hacia el trozo de piel expuesto de mi barriga, hacia las cadenas de mis pantalones.
Y lo mejor de todo: no intentaba disimular.
Estaba asustado, sí, pero la obsesión estaba venciendo al miedo.
El ambiente de tensión sexual reprimida me estaba mareando.
Empecé a provocarle sutilmente. Caminaba más despacio delante de él, dejaba que las yemas de mis dedos se demoraran un segundo más cuando le daba una camisa para doblar.
Quería ver hasta dónde se estiraba su cuerda antes de volver a romperse.
Quería que volviera a acorralarme contra aquella mesa, solo que ahora, sin el ataque de negación justo después.
Pero mi pequeño juego sádico fue interrumpido por un huracán llamado Chloe.
El telón se abrió de un tirón, y mi mejor amiga entró corriendo en la sala de costura, con la cara pálida, respirando entrecortadamente, sosteniendo el móvil como si fuera una granada sin anilla.
Llevaba un vestido vintage de lunares y medias de colores, pero el maquillaje se le había corrido por el sudor.
—¡Allan! ¡Allan, deja todo lo que estés haciendo! ¡Ha llegado el apocalipsis, los cuatro jinetes están aparcando en el patio y al señor Evans le está dando un infarto en medio del escenario! —gritó, gesticulando frenéticamente.
Solté el portapapeles y fruncí el ceño. Chester dio un paso atrás, escondiéndose instintivamente en las sombras de una esquina de la habitación, adoptando la postura rígida de siempre cuando había otras personas cerca.
La máscara de matón volvía rápido cuando había público, pero me di cuenta de que sus hombros no estaban tan tensos como antes.
—Respira, Chloe. ¿Qué ha pasado? ¿Alguien ha vuelto a rajar el vestido de Lady Agatha? Porque si es así, juro que quemo este teatro hasta los cimientos.
—¡Peor! ¡Mucho peor! —Me agarró de los brazos—. ¡Toby ha pillado la mononucleosis! ¡La enfermedad del beso! Acaba de mandar un mensaje desde el hospital, tiene cuarenta de fiebre. El médico le ha dado la baja para dos semanas. ¡Está fuera de la obra!
Abrí los ojos de par en par. La obra era la semana que viene. —¡Pero Toby es Lord Thomas! ¡Tiene interacción en todo el segundo acto!
—¡Ya lo sé! —gritó, histérica—. ¡Y no tenemos sustituto!
El reparto de apoyo ya está todo ocupado doblando papeles, Sam no sabe actuar ni para salvar su propia vida y Ben se muere de vergüenza escénica.
Evans se está arrancando los pocos pelos que le quedan en la cabeza.
Ha mandado llamar a todo el mundo al escenario. ¡A todo el mundo!
Chloe me soltó y salió corriendo de vuelta a las bambalinas; su voz resonaba por los bastidores llamando al resto del equipo técnico.
Me quedé quieto, procesando la información.
Un hueco en el reparto a una semana del estreno era la peor pesadilla de cualquier producción de instituto.
Tendríamos que recortar frases, improvisar la escena de la fiesta, lo que destrozaría el ritmo del segundo acto, sobre todo porque el personaje de Toby, Lord Thomas, era un aristócrata gruñón que interactuaba directamente con mi personaje.
Sí, yo tenía un papel. Yo era el señor Erskine, un dandi irónico, cotilla y sumamente extravagante que se pasaba toda la fiesta criticando a la élite londrina.
Era un papel pequeño, pero me encantaba porque básicamente era yo mismo, solo que con un acento británico forzado y ropa más cara.
Sin Toby para darme las réplicas y rebatir mis sarcásticos comentarios, mi escena se quedaría flotando en el vacío.
Dejé escapar un pesado suspiro y miré hacia la esquina de la habitación.
Chester estaba allí, en silencio, con expresión seria, intentando fingir que la histeria del teatro no tenía nada que ver con él.
Pero la tensión en el aire me dio una idea.
Una idea horrible, malvada, brillante y absolutamente descabellada.
Sonreí. Fue una sonrisa lenta, que tiró de la comisura de mis labios e hizo brillar mis ojos. Chester se percató de mi sonrisa y al instante frunció el ceño, dando un paso defensivo hacia atrás. Sabía que cuando yo sonreía de aquella manera, las puertas del infierno estaban a punto de abrirse.
—¿Qué pasa? —preguntó, y su grave voz sonó áspera y desconfiada—. ¿Por qué me miras con esa cara?
—Por nada, Boyd. Ven. El director está llamando a todo el mundo. Y tú, cariño mío, formas parte de "todo el mundo".