MI ADORABLE MATÓN CAPÍTULO 7 #3
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CAPÍTULO 7 #3

El beso no fue romántico. No fue suave. Fue una extensión de nuestra pelea verbal, una pelea física transformada en deseo.

Chocaba mis dientes contra los suyos, mi lengua invadía su boca con una sed desesperada.

Lo besé como si fuera el último puñado de oxígeno del planeta y yo llevara dieciocho años ahogándome bajo el agua.

Allan soltó un ruido estrangulado en el fondo de la garganta. Pensé que me iba a pegar. Pensé que intentaría empujarme, pero, para mi completa perdición, reaccionó con la misma ferocidad.

No retrocedió. Me encontró en medio de aquella violencia.

Las manos de Allan soltaron mis solapas y fueron directas a mi nuca.

Sus dedos se enredaron en mi pelo corto, tirando con fuerza, arañándome la piel.

Los afilados anillos de plata que llevaba se me clavaron ligeramente en el lateral del cuello, un dolor agudo que envió una oleada de deseo por todo mi cuerpo.

Gemí contra su boca, un sonido sumiso que nunca había hecho en mi vida, y apreté mis caderas contra las suyas con violencia, borrando cualquier espacio que aún existiera entre nuestros cuerpos.

Su respuesta fue abrir más la boca, chupándome el labio inferior con fuerza.

Era un beso hambriento, desesperado. Su respiración era jadeante, la mía era irregular.

Le solté la mandíbula y bajé las manos por sus costados, agarrando su estrecha cintura por encima de las cadenas y los ojales de la camiseta rasgada.

Lo apreté, levantándolo un poco, casi sentándolo en el borde de la mesa de corte, presionando mi pierna entre las suyas.

Allan arqueó la espalda, jadeando contra mi boca, y sus manos tiraron de mi cabeza aún más hacia abajo, intensificando el contacto.

Mis barreras no solo cayeron; fueron pulverizadas.

La sensación de su lengua cruzándose con la mía, el calor absurdo de su cuerpo contra el mío, el olor embriagador, la forma en que no tenía miedo de devolverme la fuerza del beso.

Me aceptaba, me quería allí, me pagaba con la misma moneda.

Cada segundo que nuestras bocas permanecieron pegadas, una parte del viejo Chester Boyd moría.

El odio a mí mismo se disolvió en lujuria.

Quería arrancarle aquella camiseta negra.

Quería tirar todo lo que había encima de aquella mesa al suelo y tumbarlo allí mismo.

No pensaba en mi padre, no pensaba en mis amigos, no pensaba en el instituto.

El universo entero se había reducido al chico de los pantalones de cuero en mis brazos.

Nos devoramos durante un tiempo que no sé medir. ¿Segundos? ¿Minutos? Lo único que sabía era el sonido húmedo de nuestro beso, la fricción de la ropa, sus dedos clavados en mi piel, nuestras respiraciones cortas y frenéticas resonando en el silencio de la sala.

De repente, la necesidad de oxígeno se hizo imposible de ignorar. Los pulmones empezaron a quemar.

Rompimos el beso, y nuestros labios se separaron con un chasquido húmedo.

Pero no nos apartamos. Mi frente se apoyó en la suya.

Mi ancho pecho subía y bajaba frenéticamente, chocando contra el pecho jadeante de Allan.

Mantuve mis manos aferradas a su cintura, apretando fuerte.

Sus manos seguían en mis hombros, con el metal de los anillos frío contra la gruesa chaqueta. Nuestros ojos se abrieron lentamente.

Los ojos castaños de Allan estaban oscuros, inmensos, con la pupila cubriendo casi todo el iris, devorados por la lujuria.

Sus labios estaban hinchados y enrojecidos, húmedos, ligeramente manchados por nuestro propio beso.

Su expresión de confianza implacable se había desdibujado; parecía tan conmocionado y falto de aire como yo. Y eso me destrozó un poco más.

Y entonces, el choque de la realidad me golpeó.

Mi cerebro, temporalmente apagado por la adrenalina y el deseo, se reinició con un golpe violento. Los sonidos de las bambalinas, las voces ahogadas riendo, los pasos distantes; todo golpeó mis oídos como sirenas de alarma.

¿Qué acababa de hacer? Había besado al figurinista del club de teatro en medio del instituto.

Y no fue un beso rápido; lo había agarrado, lo había devorado.

La imagen de mi padre apareció en mi mente, gigantesco, con la botella de cerveza en la mano, el sonido del cinturón golpeando contra la pared.

El pánico de que alguien pudiera haber escuchado.

El terror absoluto de que toda mi vida quedara expuesta y aniquilada en una fracción de segundo.

El miedo irracional envenenó mi sangre más rápido que el oxígeno.

Me aparté de él como si su piel me estuviera quemando de repente.

Di una gran zancada hacia atrás, tropezando con mis propias botas.

Mi respiración se cortó, mi pecho se contrajo en un espasmo de pánico.

Mis manos soltaron su cintura tan rápido que las cadenas de sus pantalones gritaron en el silencio.

Allan parpadeó, desorientado por la brusca ruptura del contacto. Enderezó la espalda, apoyando las manos en el borde de la mesa de corte, con el pecho aún subiendo y bajando de forma desacompasada. Me miró, y lo que vio en mi cara debió de ser el vivo retrato del terror puro.

—Chester... —su voz salió baja, ronca, sin ironía, sin furia. Solo mi nombre. Solo un intento de entender lo que le pasaba al animal en pánico que tenía delante.

—No —jadeé, sacudiendo la cabeza frenéticamente, retrocediendo un paso más hacia el telón.

Mi espalda chocó contra el maniquí y lo aparté de un empujón torpe.

Levanté la mano, señalándole con el dedo, pero me temblaba tanto que el gesto parecía una broma patética—.

No. Esto no ha pasado. ¿Me oyes? ¡Esto no ha pasado!

La expresión de Allan se endureció durante una fracción de segundo, y su instinto defensivo entró en acción. Se ajustó el cuello roto de su propia camiseta, levantando la barbilla, listo para mi ataque o para mi huida.

—¿Y qué vas a hacer, Boyd? —replicó Allan, y su voz adquirió un tono amargo y desafiante—.

¿Vas a huir otra vez? ¿Vas a salir corriendo por las bambalinas, a pegar a unos novatos en el aparcamiento para sentirte más hombre y a fingir que tu vida no es una mentira? Ahí tienes la puerta. Ya te puedes ir.

Todo mi cuerpo me gritaba que tirara de aquel telón y desapareciera.

El pánico a que alguien hubiera escuchado, el terror a mi padre, el odio de mis amigos.

.. todo eso formaba una tormenta ensordecedora en mi cabeza.

Mi instinto de supervivencia me exigía huir.

El Chester de hacía tres días habría destrozado toda aquella sala y habría corrido sin mirar atrás.

Pero mis piernas no se movieron.

Bajé la mano temblorosa, apretando la gruesa tela de la chaqueta de vestuario contra mi propio pecho, intentando contener los latidos descontrolados de mi corazón. Me faltaba el aire. El peso de dieciocho años viviendo una farsa me aplastó los hombros de golpe, dejándome sin aliento.

—No lo sé —mi voz salió como un susurro desgarrado, tan frágil que apenas la reconocí como mía. Me tembló la barbilla, y cerré los ojos con fuerza—. No sé qué hacer.

El silencio cayó con pesadez en la sala de costura. La hostilidad en el aire se cortó por la mitad. Allan no dijo nada. Abrí los ojos, sintiendo la vista borrosa por el pánico, y miré al chico que tenía delante.

—Tengo un miedo de cojones —confesé, y las palabras salieron como un desahogo desesperado.

Ya no podía sostener el muro. Se estaba desmoronando, pedazo a pedazo, justo delante de él—.

Todo es confusión en mi cabeza. Todo. No soporto seguir viviendo así, no aguanto más esta puta mentira, ¡pero no sé qué hacer con todo esto que está pasando!

La postura de Allan empezó a desmoronarse. Su mandíbula se relajó, y la frialdad de sus ojos castaños fue sustituida lentamente por una sorpresa genuina. Parpadeó, completamente desarmado al verme allí, un gigante reducido a un niño aterrorizado, jadeante y vulnerable en medio de su taller.

Miré hacia el telón de terciopelo y luego volví la vista al rostro de Allan. El sabor de su boca aún estaba en la mía, y el recuerdo de lo bien que se sentía no sentir odio durante unos minutos me pegó al suelo de madera.

—Ya huí una vez —dije, con la voz entrecortada, y mi pecho subía y bajaba violentamente—. Se acabaron las huidas. No voy a volver a correr. Pero, Allan... te lo juro por lo que más quieras, estoy acojonado.

Allan no podía ocultar el hecho de que él también estaba profundamente afectado.

Su mirada se suavizó, perdiendo toda la burla.

Allan dio un paso lento hacia mí, sin ninguna hostilidad.

Sus manos, llenas de anillos de plata, se aflojaron a los lados de su cuerpo.

No me miró como a un matón, ni como a un enemigo al que destruir, sino como a alguien que se estaba rompiendo y no sabía cómo pedir ayuda.

El matón estaba hecho pedazos. El monstruo se había roto con un solo beso.

Pero, por primera vez en mi vida, no estaba corriendo hacia la oscuridad para esconder mis heridas a solas.

Estaba allí, entregado y aterrorizado, enfrentándome a la única persona que parecía capaz de ver más allá de mi cazadora de cuero.