CAPÍTULO 7 #2
La rabia me latía en las venas. Ese maldito chico no agachaba la cabeza.
Estaba cansado, estresado y, aun así, se enfrentaba a mí como si yo fuera un insecto en su camino.
Agarré la cremallera de mi cazadora, tiré con violencia y la tiré al sofá.
Luego, agarré el dobladillo de mi camiseta y me la saqué por la cabeza, quedándome desnudo de cintura para arriba otra vez.
El aire frío de la sala me erizó la piel, pero mi sangre estaba demasiado caliente.
No apartó la mirada. Sus ojos recorrieron mi abdomen, mi pecho, mis hombros y subieron hasta mi cara, pero no hubo la vacilación de la última vez. Solo había una urgencia agresiva. Se dio la vuelta, sacó una prenda pesada de encima de la silla y me la lanzó sin ningún cuidado.
—Póntela —ordenó.
Atrapé la tela al vuelo. Esta vez, no era una camisetita fina de algodón.
Era una chaqueta de época, pero hecha de un material que parecía lona cruzada con una tela vaquera pesada, de un tono gris oscuro casi negro.
La tela era dura, muy resistente. Realmente había utilizado el material más rígido del almacén para asegurarse de que no pudiera volver a romperlo en un ataque de rabia.
Metí los brazos por las mangas. La prenda me quedaba justa en los hombros, apretada en el pecho, casi restringiendo mis movimientos.
El cuello alto me rozaba el cuello de forma incómoda.
—Está apretada de cojones. Apenas puedo respirar con esta mierda —me quejé, intentando tirar de las solapas hacia delante para hacerme más sitio.
—Esa es la intención —siseó, caminando hacia mí con la cinta métrica al cuello y un acerico sujeto en su muñeca izquierda—.
Es un vestuario de época, Boyd. La gente del siglo diecinueve no iba por ahí pareciendo que le habían robado la ropa a su hermano mayor, como haces tú con esas estúpidas cazadoras de cuero.
Tiene que quedar ajustada. Tienes que tener postura.
Cosa que no tienes, ya que vas por ahí andando como un primate encorvado. Ponte recto.
Apreté la mandíbula, sacando pecho y enderezando la espalda todo lo que pude, con la tela dura tirante en mis bíceps.
Se detuvo frente a mí. El espacio seguro desapareció.
Su olor me invadió de nuevo, más fuerte hoy.
Allan no dudó. Levantó las manos y empezó a trabajar; sus garras de plata rozaban la tela áspera mientras ajustaba las costuras de mis hombros.
Cada roce suyo era una descarga. Mi cuerpo estaba en estado de máxima alerta desde el momento en que entré en aquella sala, y su cercanía me estaba llevando al límite.
Tiraba de la tela, alisaba mi pecho con la palma de la mano, y cada movimiento encendía una hoguera bajo mi piel.
El odio y la tensión sexual estaban tan mezclados dentro de mí que ya no sabía diferenciar qué era rabia y qué era excitación.
Quería matarle. Quería follármelo. Ambas ganas luchaban violentamente dentro de mi cabeza.
—Me estás haciendo daño con esos anillos ridículos. Quítate esa mierda para trabajar —gruñí, cuando la punta de un anillo afilado me raspó con fuerza el cuello por encima del cuello de la chaqueta.
Allan detuvo sus manos en mi pecho, levantó el rostro y me fulminó con la mirada.
La distancia entre nuestras bocas era peligrosa.
Podía ver las pequeñas marcas de cansancio bajo sus ojos.
—No me voy a quitar los anillos para complacer a un niñato cobarde que no soporta un arañazo —susurró, y su voz goteaba puro veneno—.
Recibes palizas casi todas las semanas, tienes un hematoma en la mejilla, tienes las costillas moradas, ¿y te quejas de un anillo arañándote el delicado cuellecito?
Ahórrame tu drama, Chester. No estás hecho de cristal. Solo finges que eres fuerte.
El mundo entero se detuvo. El ruido de las bambalinas desapareció. El sonido de mi propia respiración desapareció. La humillación y el odio me subieron por la garganta como lava hirviendo.
Lo usó. Por fin usó mi debilidad en mi contra.
Me escupió la verdad directamente a la cara para herirme.
El escudo que me había ofrecido ayer lo había hecho añicos su rabia y su estrés.
El dolor de aquella constatación fue tan agudo que me cegó la razón.
La rabia de mi interior, el monstruo violento que me habían enseñado a ser, tomó el control del volante.
Yo no era una víctima. No era débil. Iba a demostrarle quién mandaba allí.
No pensé. Actué.
Mis grandes manos agarraron la estrecha cintura de Allan, y mis dedos apretaron los pantalones de cuero y las cadenas con una fuerza desmesurada.
Él soltó un jadeo agudo de sorpresa, con los ojos muy abiertos, y sus manos golpearon mi pecho.
Lo levanté unos centímetros del suelo y di un paso brusco hacia delante, arrollando el espacio que nos separaba.
Empujé a Allan con todo mi peso, chocando su espalda contra la mesa de corte de madera maciza.
El impacto fue violento. El acerico se cayó.
Una caja de tijeras y tizas resbaló y se estrelló contra el suelo con un ruido aterrador.
Lo acorralé contra el borde de la mesa, clavando su cuerpo con el mío.
Mis brazos lo atraparon por ambos lados, con las manos apoyadas en la madera a su espalda, cerrando cualquier vía de escape.
Estaba tan cerca que nuestras narices casi se tocaban.
Mi pecho subía y bajaba contra el suyo. Estaba acorralado, atrapado, con mi sombra tapando toda la luz del foco.
Mi respiración salía como el gruñido de un animal enfurecido.
—Nunca más —gruñí, y mi voz sonó peligrosa, con cada palabra rasgándome la garganta como cristales rotos.
Mi cara estaba a milímetros de la suya, con mis ojos clavados en los suyos—.
Nunca más vuelvas a hablar de mi vida. No sabes una puta mierda de mí, rarito de mierda.
¿Te crees que eres intocable? ¿Te crees que tu actitud y tus cadenas me asustan?
Puedo partirte por la mitad ahora mismo.
Puedo destrozar toda esta sala y nadie ahí fuera podrá impedírmelo.
Te crees superior, ¿verdad? Te crees mejor que yo.
Apreté más mi cuerpo contra el suyo, intentando usar mi tamaño, intentando aplastar su espíritu, intentando meterle el terror en los ojos.
Necesitaba que tuviera miedo. Si él tenía miedo, el orden natural del universo se restauraría.
Yo volvería a ser el alfa, y él volvería a ser la minoría acorralada.
Pero Allan Reese no era como los demás.
Su pecho jadeaba contra el mío. Estaba atrapado entre la mesa y el muro impenetrable de mi cuerpo enfundado en aquella tela gruesa que él mismo había hecho. Pero cuando le miré a los ojos, buscando el pánico, buscando las lágrimas de miedo... no encontré nada de eso.
Sus ojos estaban en llamas.
La sorpresa inicial del empujón ya había pasado.
Su rostro no mostró ni un atisbo de rendición.
No agachó la cabeza. No intentó encogerse para parecer más pequeño.
Levantó la barbilla, acortando aún más la minúscula distancia entre nuestros labios, y su expresión era una mezcla aterradora de furia, desafío absoluto y algo oscuro que hizo que mi estómago se encogiera.
Allan levantó las manos lentamente y las apoyó planas en mi pecho, justo encima de la gruesa camisa. No me empujó. Simplemente apoyó el peso de sus manos allí, con los anillos de plata brillando en la penumbra.
—¿Que me creo mejor que tú? —su voz salió como un susurro afilado, rasgando el espacio entre nosotros.
Su aliento caliente me daba en los labios, y el olor a café y menta inundó mis sentidos.
Inclinó la cabeza, con los ojos fijos en los míos, sosteniéndome la mirada sin parpadear—.
No lo creo, Chester. Estoy seguro. ¿Y sabes por qué?
Porque no necesito un puñetazo para demostrar lo grande que soy.
No necesito gruñir como un perro rabioso para defenderme.
¿Crees que intimidarme con todo este peso hará que la verdad desaparezca?
Me has empotrado contra esta mesa, Boyd.
Me estás gritando en la cara. Y, aun así, mírate. ..
Mi corazón latía contra mi pecho a un ritmo enloquecido.
—Tú eres el que está temblando —susurró, y su voz bajó de repente, cargada de una intimidad cruel. Y era verdad. Mis manos, plantadas en la mesa a su lado, temblaban incontrolablemente. Todo mi cuerpo vibraba de adrenalina y de una tensión que me estaba matando.
Allan deslizó las manos por mi pecho, subiendo despacio, arrastrando las uñas y el metal de los anillos por la áspera tela de la chaqueta, hasta llegar a la base de mi cuello.
Agarró con fuerza las dos solapas del cuello rígido y me tiró hacia abajo; su boca se detuvo a un milímetro de la mía.
—No me odias, Chester —dijo contra mis labios, con voz ronca, cortando mis defensas como un cuchillo caliente en mantequilla—.
Estás desesperado. Me has arrinconado contra esta mesa porque ya no puedes controlar esto.
Me llamas rarito porque te aterra ser igual que yo.
Pero los dos sabemos lo que quieres hacer ahora mismo.
Y eres demasiado cobarde para admitirlo.
La cuerda se rompió. La tensión, el miedo, el agotamiento, la excitación reprimida; todo explotó en el mismo instante.
Mi mente se desconectó por completo. El monstruo irracional asumió el control, pero esta vez, no para pegar.
Solté la mesa de madera, llevé mis dos grandes manos a su cara y le agarré la mandíbula y el cuello con fuerza. No pensé, no calculé. Aplasté mi boca contra la suya con violencia.