CAPÍTULO 7
CHESTER BOYD
El sabor a sangre en mi boca ya se estaba convirtiendo en un hábito.
Me pasé la lengua por el corte en la parte interna de la mejilla, sintiendo el dolor familiar, y apoyé la cabeza en el frío cristal de la ventanilla de mi camioneta.
El aparcamiento del instituto empezaba a llenarse.
El sol estaba escondido tras una gruesa capa de nubes grises, lo que encajaba perfectamente con mi estado de ánimo.
No había pegado ojo en toda la noche. El insomnio me había devorado vivo, masticando cada uno de mis pensamientos y escupiéndolos de vuelta en forma de un pánico asfixiante.
Mi padre no había vuelto a casa, lo que, en teoría, debería haberme dado una noche de paz.
Pero su ausencia era peor que su presencia.
La expectativa de oír cómo la puerta principal era derribada en cualquier momento, el ruido de sus botas tropezando en el pasillo, la botella rompiéndose.
.. eso me mantuvo despierto, tumbado en mi duro colchón, mirando al techo y sudando frío.
Pero no fue solo el miedo a mi padre lo que me jodió la cabeza. Fue aquel roce.
Cerré los ojos con fuerza, apretando el volante con ambas manos.
El recuerdo invadió mi mente con la sutileza de un accidente de tráfico.
Allan. La sala de costura. Y su mano. El tacto de sus dedos y de sus anillos de plata arrastrándose por mi mandíbula, mapeando la marca de mi vergüenza con una delicadeza que yo no conocía.
Nunca me habían tocado de aquella manera.
Toda mi vida se había construido a base de puñetazos, empujones, bofetadas y patadas.
El contacto físico, para mí, era sinónimo de dolor o de intimidación.
Pero lo que hizo Allan ayer... aquello me desarmó.
Y lo que de verdad me aterrorizaba, lo que me dio ganas de vomitar mi propio estómago durante la madrugada, no fue el impacto del toque.
Fue el hecho de que me incliné hacia él.
Fue el hecho de que, por un segundo, quise cerrar los ojos y dejar que me tocara para siempre.
Deseé al chico al que se suponía que debía odiar.
—Qué mierda me está pasando... —murmuré hacia la cabina vacía del coche, y mi voz salió ronca y rasposa.
Di un puñetazo de frustración en el volante y el claxon soltó un sonido corto y ahogado.
Estaba perdiendo la cabeza. Mi identidad, la máscara de Chester Boyd, el matón intocable, el rey de los pasillos, se estaba derritiendo como cera barata en el fuego.
El odio que siempre había usado como escudo se estaba volviendo contra mí mismo.
La rabia que mi padre me plantó en la cabeza a base de golpes violentos estaba colapsando con el absurdo deseo que estaba creciendo en mi pecho.
No me podía gustar un tío. En mi casa, eso era una sentencia de muerte.
En mi grupo de "amigos", eso era motivo de burla.
Me había pasado toda la vida pegando a los marginados precisamente para demostrarle al mundo y a mí mismo que no era uno de ellos.
Si cruzaba esa línea, perdería el control de todo.
Mi supervivencia dependía de esa mentira.
Respiré hondo, tragándome el pánico junto con la saliva.
Abrí la puerta de la camioneta, cogí mi mochila y salí.
Me puse mi cazadora de cuero negra, la armadura de siempre, y obligué a mi espalda a mantenerse recta.
Adopté la expresión cerrada y agresiva que todos esperaban ver.
El paseo por el aparcamiento fue el de siempre.
La multitud se abría. La gente apartaba la mirada.
El miedo en sus ojos era mi reflejo condicionado.
Pero hoy, ese miedo no me dio ninguna sensación de poder.
Solo me dio ganas de vomitar. Era una farsa andante, un gigante hueco, aterrorizado de su propia sombra y obsesionado con el chico rarito del teatro.
El día se arrastró en una niebla de apatía e irritación.
No presté atención a absolutamente nada en las clases de biología y matemáticas.
Huí de Trent y de Marcus en el recreo, metiéndome al fondo de la biblioteca fingiendo buscar un libro, solo para no tener que oír sus chistes estúpidos.
Todo en ellos me irritaba ahora. Su forma de andar, las cosas que decían, la violencia gratuita que exhibían como si fuera un trofeo.
Yo era igual que ellos, y darme cuenta de eso me daba asco.
Con cada hora que pasaba, el reloj parecía moverse más despacio.
Sabía que, al final de la tercera hora, tenía que bajar a las bambalinas.
Tenía la segunda prueba de vestuario. El trato con Allan.
La amenaza del señor Evans. No tenía forma de escapar.
Cuando el timbre por fin sonó, estridente y agudo, marcando el final de la tercera hora, el corazón me dio un vuelco estúpido en el pecho.
Recogí mi material de cualquier manera, lo metí a golpes en la mochila y salí del aula antes incluso de que el profesor terminara la frase.
Caminé hacia el ala oeste con paso pesado.
El salón de actos era un caos absoluto. Faltaban pocos días para el estreno de El retrato de Dorian Gray, y la desesperación era palpable en el aire.
Los alumnos repasaban sus frases en voz alta, tropezando con sus propios pies.
Sam estaba subido a una escalera, insultando a un foco que no quería encenderse.
El señor Evans estaba en el centro del escenario, con un portapapeles en la mano, gritando órdenes hacia la cabina de sonido con una voz histérica que resonaba por todo el teatro.
Pasé a su lado como un fantasma rabioso.
No miré a nadie. Fui directo a las oscuras bambalinas, sintiendo cómo el olor a polvo y a madera vieja me invadía la nariz.
Me detuve frente al telón de terciopelo burdeos de la sala de costura.
Me quedé allí unos segundos, escuchando el ruido frenético de la máquina de coser que venía de dentro.
Ya me faltaba el aire. Me sudaban las manos dentro de los bolsillos de la cazadora.
Mi pecho subía y bajaba rápidamente. ¿Qué iba a hacer?
¿Cómo iba a mirarle a la cara después de aquel casi colapso de la tarde anterior?
Empujé a Allan, le grité, rompí su puta camisa y huí.
Y ayer, me acorraló de nuevo, me tocó la cara y me dejó desmoronándome en el suelo con media docena de palabras y un roce frío de plata.
Apreté los ojos, empujé mi propio orgullo al fondo de mi pecho y tiré del telón de forma agresiva.
El taller parecía aún más pequeño y caótico de lo normal.
Había retales de tela oscura esparcidos por el suelo, cajas de mercería abiertas sobre el sofá e hilos enrollados colgando de los maniquíes.
Allan estaba inclinado sobre la mesa de corte.
La tensión de su cuerpo era visible hasta para un ciego.
Hoy, iba vestido de una forma que parecía diseñada para desestabilizarme.
Llevaba sus pantalones de cuero sintético de siempre, pero la camiseta era una especie de camiseta de tirantes negra rasgada, casi transparente, llena de ojales metálicos y cadenas que le cruzaban el pecho delgado, dejando a la vista su piel pálida.
Sus puntiagudos anillos de plata brillaban bajo la cálida luz del foco mientras cortaba un trozo de cinta adhesiva con los dientes.
Tenía el pelo castaño alborotado, con varios rizos rebeldes cayéndole por la cara.
Parecía estresado. Precioso y peligroso.
—Llegas diez minutos tarde —su voz cortó el aire, sin siquiera levantar la cabeza para mirarme. Su tono no era el de la burla calmada de ayer. Estaba cabreado. Jodidamente cabreado. La presión del estreno de la obra le estaba destrozando los nervios.
—El profesor me retuvo en la puerta para hablar de mi comportamiento. ¿Quieres que te escriba un justificante o te vas a tragar los lloros y vas a darme la mierda de ropa de una vez? —disparé como respuesta, con mi agresividad activándose al instante como mecanismo de defensa.
Allan soltó la cinta adhesiva en la mesa con un manotazo que resonó en la pequeña habitación.
Giró el cuerpo hacia mí, apoyando las manos en el borde de la madera.
Sus ojos castaños estaban entrecerrados, echando chispas.
—Mira cómo me hablas hoy, Boyd. Estoy a un pelo de acortar esta cinta métrica y estrangularte con ella.
He dormido dos horas. Estoy funcionando a base de café solo y odio.
El vestuario principal de Dorian ha decidido descoserse por el hombro derecho, Sam ha perdido tres botes de pintura dorada y yo he tenido que pasarme toda la madrugada rehaciendo el desastre que hiciste con mi prenda.
Así que, si yo fuera tú, bajaría ese tonito de matón de mierda y empezaría a colaborar.
Su furia no me intimidó; al contrario, infló la mía.
Tiré mi mochila al sofá, casi derribando una caja de alfileres.
—¡No te he pedido que rehagas nada! ¡Ni siquiera quería estar en esta inútil obra!
Si estás estresado porque te gusta jugar con estas telitas, es tu problema, no el mío.
Coge la maldita ropa y acabemos con esto antes de que pierda la poca paciencia que tengo contigo.
Allan dio un paso al frente, cruzándose de brazos, y el ruido de las cadenas de sus pantalones sonó como una advertencia.
—No tienes derecho a perder la paciencia aquí dentro.
Eres un estorbo que me han obligado a aceptar.
Quítate esa cazadora y esa camiseta. Ahora.
Y más te vale quedarte quieto como una estatua, porque si mueves el músculo equivocado y me haces perder más tiempo con los ajustes, te juro que te paso estas tijeras por el cuello.