CAPÍTULO 6
ALLAN REESE
Las bambalinas del teatro eran un infierno absoluto, y yo era el diablo gobernando el caos.
Faltaban pocas semanas para el estreno de El retrato de Dorian Gray, y la producción había entrado en esa fase crítica en la que todo el mundo funcionaba a base de desesperación, cafeína y amenazas de muerte.
Los actores corrían de un lado a otro olvidando sus frases, Sam estaba a un paso de sufrir un ataque de nervios intentando pintar el decorado principal con un tono de oro envejecido que no pareciera vómito brillante, y el señor Evans gritaba por el salón de actos con la vena de la frente tan hinchada que pensé que le iba a dar un infarto antes del ensayo general.
¿Y yo? Yo estaba encerrado en mi sala de costura, rodeado de montañas de terciopelo, seda y lino, trabajando como una máquina esclava movida por puro odio.
Tres días. Hacía exactamente tres días desde que Chester Boyd tuvo su brote psicótico, hizo jirones el vestuario que me llevó doce horas montar, casi derriba al director y salió huyendo por las bambalinas como un animal salvaje asustado.
Tres días sin dar la cara por el club de teatro.
La dirección ya estaba husmeando, el señor Evans estaba a punto de rellenar su parte de suspenso, y yo tenía una furia tan concentrada en el pecho que la aguja de mi máquina de coser parecía un arma.
Tuve que empezar su chaleco desde cero. Y esta vez, estaba usando una sarga tan gruesa y costuras tan reforzadas que, si intentaba rasgarlo de nuevo, se arrancaría las uñas antes de conseguir romper un solo hilo.
Detuve la máquina y levanté el prensatelas con un suspiro de irritación.
Me froté los ojos, sintiendo cómo el delineador negro se corría ligeramente por los rabillos.
Hoy no estaba para bromas. Mi nivel de paciencia estaba en números rojos, y mi ropa lo reflejaba a la perfección.
Llevaba mis pantalones negros de cuero sintético, ajustados como una segunda piel, llenos de cremalleras plateadas y hebillas de metal en los muslos que hacían ruido a cada paso que daba.
Mi camiseta era una reliquia de un grupo de death metal que había destruido y reconstruido; no tenía mangas, el cuello estaba cortado casi hasta la mitad del pecho y los laterales estaban sujetos por una fila de imperdibles gigantes.
En los dedos, mis habituales garras de plata.
Mi pelo era un caos y me sentía exactamente como me veía: dispuesto a morder a cualquiera que se cruzara en mi camino.
El sonido de voces alteradas resonó al otro lado del telón de terciopelo. Dejé de respirar un segundo, aguzando el oído. El ruido del ensayo en el escenario había disminuido, y la voz estridente del señor Evans cortaba el aire, acompañada por un silencio sumiso que no reconocí.
—¡Me da igual cuáles sean tus problemas ahí fuera, Boyd!
—bramaba el señor Evans, con la voz vibrando de indignación a escasos metros de mi taller—.
¡Tienes suerte de que no te mandara directo al despacho de la Directora en aquel mismo instante!
Has destruido propiedad del club, has montado un escándalo en medio de una prueba de vestuario y has retrasado el calendario de Allan.
¿Te crees que las normas no van contigo?
¿Te crees que puedes tener una pataleta, liarte a romperlo todo y volver tres días después como si no hubiera pasado nada?
Me acerqué a hurtadillas al telón, pegando la oreja a la rendija. El corazón me dio un latido rápido e irregular. Había vuelto.
—No, señor —la voz de Chester sonó baja, ronca y tan carente de arrogancia que casi no lo reconozco.
Parecía el sonido de una piedra arrastrándose por el asfalto—.
Yo... yo pagaré la tela que rompí. Conseguiré el dinero.
Solo... no me quite la firma, señor Evans.
Necesito esa nota. No puedo repetir curso.
—¡Pagar la tela es lo de menos! Tu diploma pende de un hilo de algodón, chaval.
Allan ha tenido que rehacer todo tu vestuario.
Él está estresado, todo el reparto está estresado.
Y si no te expulso ahora mismo es porque la burocracia me daría más quebraderos de cabeza que tu presencia.
Pero escúchame bien: es tu última oportunidad.
Si levantas la voz, si respiras mal, si vuelves a mirar mal a Allan o a cualquier miembro de este equipo, estás fuera. ¿Entendido?
—Entendido —murmuró Chester.
—Estupendo. Entra ahí y arréglate con Allan.
Los pasos del profesor se alejaron rápidamente. Me quedé quieto en medio de la sala, cruzándome de brazos; mis pulseras y anillos hicieron un ruido que sirvió de advertencia. El telón burdeos se abrió lentamente, como si las anillas de metal de la barra estuvieran oxidadas.
Chester entró.
Soltó el telón y se quedó de pie cerca de la puerta, manteniendo la mayor distancia posible conmigo.
Llevaba la misma cazadora negra desgastada, pero su aura de matón inquebrantable se había evaporado.
Parecía haber envejecido cinco años en tres días.
Tenía el rostro pálido, con oscuras ojeras hundidas bajo los ojos, delatando sus noches en blanco.
La marca de su mandíbula, que yo había descubierto el día del brote, se había desteñido ahora a un tono amarillento por los bordes, imposible de ocultar.
Tenía los hombros encogidos, las manos hundidas en los bolsillos y evitaba cualquier tipo de contacto visual conmigo.
El gigante se había reducido a escombros.
Lo analicé de pies a cabeza con una mirada de puro hielo.
Por mucho que su vulnerabilidad moviera algún engranaje roto dentro de mi cabeza, no se lo iba a poner fácil.
Me había agredido, había destruido mi trabajo y me había hecho pasar las últimas noches en vela remendando su estupidez. Mi paciencia era cero.
—Mira lo que ha traído el gato —mi voz sonó como un latigazo, afilada, irónica y sin una gota de simpatía—. ¿El rey del aparcamiento ha decidido bajarse del pedestal para mezclarse con los raritos otra vez? ¿O solo has venido a romper algo más antes de salir corriendo a llorar al baño?
Chester apretó la mandíbula. El músculo de su cara latió bajo la piel magullada. Tragó saliva, pero, sorprendentemente, no replicó a la ofensa. No gruñó, no sacó pecho. Se limitó a seguir mirando la punta de mi bota de plataforma.
—No he venido a buscar pelea, Allan. Yo... el señor Evans me ha dicho que he retrasado tu calendario. He venido a trabajar.
—¿A trabajar? —Solté una risa seca y corta que no tenía ni pizca de gracia.
Me descrucé de brazos y di un paso hacia él, señalándole a la cara con el dedo—.
¿Te crees que "trabajar" arregla la gilipollez que hiciste?
¡Me pasé doce horas encima de esa mesa midiendo, cortando y cosiendo esa tela para tu cuerpo de troglodita, y rajaste la camisa por la mitad porque te dio miedito tu propia sombra! ¡Me debes doce horas de mi vida!
Vi la rabia brillar fugazmente en sus ojos, una chispa peligrosa, pero se la tragó de vuelta, apagando el incendio antes incluso de que empezara. Su sumisión era perturbadora. Estaba tan desesperado por conseguir aquel diploma que estaba dispuesto a aceptar cualquier humillación por mi parte.
—Lo sé. Fui un capullo —admitió, con la voz entrecortada, levantando por fin la vista para encontrarse con la mía. Su mirada era pesada, oscura, cargada de una culpa exhausta—. Lo jodí todo. Pagaré la tela. Haré lo que quieras que haga. Solo que no me pueden tachar de la lista, Allan. Por favor.
Era la primera vez que le veía suplicar.
El gran Chester Boyd, el tío que estampaba a los alumnos de primer año contra las taquillas, diciéndole "por favor" al chico de los pantalones de cuero.
Si sus gilipollas de amigos le vieran ahora, su reinado se acabaría en cinco segundos.
La rabia que sentía empezó a perder fuerza, sustituida por aquel instinto peligroso.
Le miré, sopesando mis opciones. Podía pisotearle.
Podía echarle de la sala y mandarle a la mierda.
Pero ver al matón de rodillas ante mí era un tipo de poder embriagador.
Y, además, la producción de la obra era un caos y de verdad necesitaba mano de obra bruta.
Solté un suspiro largo y exagerado, echando la cabeza hacia atrás.
—No vas a pagar la tela porque el instituto tiene un fondo para pérdidas, y yo ya me he apañado —dije, cruzándome de brazos de nuevo y adoptando mi postura de tirano—.
Pero vas a pagar con tu cuerpo, Boyd. Literalmente.
Vas a hacer todo el trabajo sucio, pesado y deprimente que yo he estado posponiendo, y lo vas a hacer calladito.
Sin quejarte, sin poner los ojos en blanco, sin ataques de testosterona. ¿Queda claro?
Chester soltó el aire pesadamente, y un minúsculo atisbo de alivio cruzó sus ojos.
—Queda claro. ¿Qué quieres que haga?
—¿Para empezar? Quítate esa ridícula cazadora porque el olor a cuero caducado me da jaqueca, y hay una pila de treinta paneles de madera maciza metidos al fondo del almacén oeste que Sam necesita para el decorado del salón.
Pesan una tonelada y están llenos de termitas.
Vas a traerlos todos al fondo del escenario, uno por uno.
Y luego, tengo una lista de mantenimiento para ti que te va a hacer llorar sangre.
Chester no lo dudó. Tiró de la cremallera de la cazadora negra y se la quitó, dejando a la vista una camiseta negra lisa y ajustada que llevaba debajo.
Dobló la cazadora y la dejó en una esquina de la sala, en el suelo, bien lejos de mis burros de ropa, como si no quisiera contaminar mi espacio.
Sin decir una palabra más, se dio la vuelta y se marchó a paso firme hacia el almacén.
Y así comenzó nuestra nueva dinámica infernal.