CAPÍTULO 5
CHESTER BOYD
Despertar nunca era un alivio, era solo la transición de una pesadilla inconsciente a una pesadilla real.
Abrí los ojos incluso antes de que sonara la alarma de mi cutre móvil.
El techo de mi habitación estaba manchado por una humedad oscura que parecía un monstruo retorciéndose, y me quedé mirando esa forma durante un largo rato, escuchando el pesado silencio de la casa.
No se oían ronquidos procedentes de la habitación de mi padre.
Eso significaba que ya se había ido al taller, o que no había vuelto la noche anterior, desmayado en algún bar de carretera.
Respiré hondo, poniendo a prueba los límites de mi propio cuerpo.
El dolor irradió de mis costillas del lado izquierdo al instante, recordándome la patada que me había llevado días atrás.
El hematoma de mi mandíbula había pasado de un morado oscuro a un tono amarillo y verde, extendiéndose por mi mejilla como una pintura grotesca.
Me senté en el borde del colchón con un gemido ahogado, frotándome la cara con ambas manos.
El agotamiento que sentía no era del tipo que se solucionara con una buena noche de sueño, sobre todo porque no sabía lo que era dormir bien desde que tenía uso de razón.
Era un cansancio que llevaba impregnado en los huesos, una fatiga de existir.
Vivir en estado de alerta constante, veinticuatro horas al día, siete días a la semana, consumía cada gota de mi cordura.
En casa, tenía que ser invisible, andar con pies de plomo, anticiparme a la rabia de un hombre impredecible.
En el instituto, tenía que ser gigantesco, ruidoso, agresivo e intocable.
Era dos personajes diferentes y ambos me estaban matando de dentro hacia fuera.
Me levanté despacio, arrastrando los pies hasta el pequeño espejo resquebrajado del baño del pasillo.
El agua del grifo estaba helada, y me eché un poco en la cara para intentar despertar mis sentidos anestesiados.
Me quedé mirando mi reflejo. El rostro pálido, las ojeras hundidas, la marca de la violencia impresa en la piel.
Parecía un delincuente juvenil, el chico problemático que daba asco a los profesores y pánico a los demás alumnos.
Abrí el cajón atascado del lavabo y saqué un tubo de pomada cicatrizante y un corrector líquido barato que había robado en una farmacia hacía meses, precisamente para estas ocasiones.
Me apliqué una fina capa sobre la marca amarillenta de la mandíbula, extendiéndola con mis dedos encallecidos hasta que el color se difuminó un poco con mi piel.
No la ocultaba del todo, pero sí lo suficiente como para inventarme la excusa de que me habían dado un codazo durante un partido agresivo de baloncesto callejero.
El teatro de mi vida empezaba en el baño.
Me puse mi armadura de siempre. Vaqueros oscuros, pesadas botas militares, una camiseta gris y la inseparable cazadora de cuero negra.
La cazadora era más que una prenda de ropa; era un escudo.
Me hacía parecer más ancho, ocultaba mis hombros tensos y me daba el aspecto de alguien que no siente frío, ni dolor, ni miedo.
Cogí mi mochila, me la colgué al hombro y salí de casa sin desayunar, con el estómago rugiendo de vacío, pero ya estaba acostumbrado al hambre.
El hambre era un problema menor comparado con todos los demás que cargaba a mis espaldas.
Hice el trayecto hasta el instituto en piloto automático.
Mi camioneta se tambaleaba por los baches del asfalto mientras la radio reproducía una canción cualquiera a la que no estaba prestando atención.
Cuando aparqué en el patio del instituto, el pálido sol de la mañana intentaba atravesar la densa capa de nubes grises.
Respiré hondo, apretando la mandíbula, y adopté mi postura de depredador.
Hombros rectos, barbilla alta, mirada entrecerrada barriendo el aparcamiento.
En cuanto cerré la puerta del coche de un portazo, el murmullo de los alumnos de alrededor disminuyó.
El mar de adolescentes se abrió para dejarme pasar.
Antes, eso me provocaba una descarga de adrenalina, un placer enfermizo por tener el control.
Hoy, solo sentí un cansancio absurdo. El peso de aquella farsa empezaba a aplastarme los hombros.
—¡Qué pasa, Boyd! —la voz de Trent resonó por las taquillas en cuanto entré en el pasillo principal.
Se acercó, dándome una palmada en el hombro con una confianza que de repente detesté.
Marcus iba justo detrás, riéndose de algo en el móvil—.
Tío, ayer después de clase te lo perdiste.
El gilipollas del novato del equipo de fútbol intentó plantarnos cara cerca de la cafetería.
Acorralamos al niñato hasta que casi se pone a llorar y a pedir perdón.
Habría sido épico que hubieras estado allí para darle el toque final.
Miré a la cara a Trent. Su expresión de orgullo por haber humillado a un chico más joven me provocó una punzada de asco en el estómago.
Tragué saliva, forzando una sonrisa de medio lado que me pareció artificial hasta a mí.
—Ya. Habría estado genial —murmuré, abriendo la puerta de mi taquilla de forma violenta, haciendo que un novato que pasaba cerca diera un respingo del susto—.
Pero tengo cosas más importantes que resolver.
Tengo unos problemas para no repetir curso. La Directora me pisa los talones.
—Qué putada, tío. Ir a recuperación en el último año es una mierda —comentó Marcus, apoyándose en la taquilla de al lado. Entrecerró los ojos, mirándome la mandíbula—. ¿Qué coño tienes en la cara? ¿Te metiste en una pelea el fin de semana y no nos llamaste?
Cerré la puerta de la taquilla con fuerza, cortando el contacto visual. —Partido de baloncesto en la cancha de mi barrio. Un capullo insolente me dio un codazo en un rebote. Pero tranquilo, el tío acabó con la nariz rota. Está mucho peor que yo.
La mentira resbaló de mi lengua con la facilidad de un vicio. Trent se rio, dándome un leve puñetazo en el brazo. —Ese es Boyd. Nadie golpea al rey sin pagar el precio.
No respondí. El timbre sonó, estridente e irritante, y murmuré una despedida cualquiera, dándoles la espalda.
Mientras caminaba por los pasillos abarrotados, un pensamiento extraño y aterrador cruzó por mi mente: me daba asco yo mismo.
Miraba a la gente que se encogía cuando pasaba, las miradas de pánico, y por primera vez, no me sentí poderoso.
Me sentí un monstruo patético. La voz de Allan resonó en mi cabeza, nítida y cruel: "Crees que das miedo.
.. pero estás aterrorizado. Tiemblas cada vez que alguien levanta la mano cerca de tu cara".
Ese maldito chico de ropa rara y anillos de plata me había leído el alma en menos de cinco minutos encerrados en una sala de costura.
Había visto la grieta de mi armadura y, en lugar de retroceder, había metido el dedo directamente en la herida.
Lo peor de todo no era la humillación de haber sido descubierto.
Lo peor de todo era que no lo usó en mi contra.
No fue por ahí pregonando por el instituto que al gran Chester Boyd le pegaban en casa.
No se lo contó a su panda de bichos raros.
Se limitó a guardarse la información, me miró con una mezcla de desprecio y pena, y me mandó a paseo.
Y eso me desarmaba de una manera que me aterrorizaba.
No sabía cómo lidiar con alguien que conocía mi debilidad y no la usaba como arma, porque yo siempre usaba la debilidad de todos como arma.
El día se arrastró como una condena a prisión.
Las clases no tenían sentido, las palabras de los profesores eran solo un zumbido de fondo.
Cuando llegó la pausa del almuerzo, le inventé a Trent que tenía que ir a la biblioteca a terminar un trabajo.
En realidad, solo caminé en dirección opuesta a la cafetería, y mis pasos me llevaron, casi inconscientemente, al ala oeste del instituto.
El salón de actos estaba vacío y silencioso.
Las luces principales estaban apagadas. Entré en el teatro, sintiendo el olor familiar a polvo, madera vieja y moho.
Caminé por los pasillos enmoquetados, bajando hasta las primeras filas, y me dejé caer en una de las butacas de terciopelo desgastado en la oscuridad.
Eché la cabeza hacia atrás, cerrando los ojos.
El silencio allí era diferente al silencio de mi casa.
El silencio de mi habitación era amenazador, cargado con la expectativa del próximo grito o de la próxima botella rota.
El silencio del teatro era tranquilo. Era un vacío que no me exigía nada.
Nadie me miraba. Nadie me exigía que adoptara la postura de tipo duro. Nadie me juzgaba.
En secreto, el teatro se estaba convirtiendo en mi refugio.
El único lugar de todo el instituto donde las reglas de mi propio juego violento no tenían por qué aplicarse.
Y eso me asustaba que te cagas. Porque significaba que me estaba encariñando con un lugar que debería odiar, el lugar donde se escondía la minoría a la que yo tanto atormentaba.
Me estaba convirtiendo en uno de ellos. Un marginado.
El resto de la semana transcurrió en ese mismo ambiente confuso, hasta que por fin llegó el jueves. El día de la maldita prueba de vestuario.