CAPÍTULO 4 #3
Me encogí de hombros y continué. El diámetro del pecho.
La medida de la cintura. Cuando llegué a la longitud del brazo, tuve que levantarle el brazo izquierdo agarrándole por el codo.
Una vez más, en cuanto mi mano tocó el músculo rígido, retrocedió, en un movimiento instintivo para esquivarme, a la pura defensiva.
—Cuello —anuncié, dando un paso a un lado y colocándome casi en diagonal a él, lo bastante cerca como para contarle las pestañas de la cara.
Levanté las manos, sosteniendo la cinta métrica, para pasársela por la base del cuello. La luz cálida del techo dio en el lado izquierdo de su rostro, disipando un poco las sombras. Cuando mis manos se acercaron a la piel de su cuello, mi mirada cayó instintivamente hacia la línea de su mandíbula.
Me detuve. Mis manos se congelaron en el aire.
Justo debajo del pómulo, extendiéndose hasta la línea de la mandíbula, había una marca.
Era una mancha oscura, amoratada por los bordes y de un tono verdoso en el centro.
No era suciedad. No era una sombra mal proyectada.
Era un hematoma reciente. La piel estaba ligeramente hinchada.
Y por la curvatura de la marca morada, no era el resultado de un puñetazo o de una pelea de instituto con los puños cerrados.
Aquello tenía la forma y la zona exacta del impacto de la mano abierta de un hombre adulto.
Mis ojos se centraron en la marca. Mi mente, entrenada para leer matices visuales en telas y colores, leyó al instante la historia pintada en aquella piel. Chester Boyd, el terror del instituto, el gigante inquebrantable... recibía palizas.
El silencio en la sala de costura se volvió agudo. Creo que le miré la cara durante demasiado tiempo, porque al segundo siguiente, su instinto de supervivencia se dio cuenta de mi descubrimiento.
Los ojos de Chester bajaron y se encontraron con los míos. Vio hacia dónde estaba mirando yo. El pánico brilló en sus oscuras pupilas durante un mísero segundo, un pánico absoluto y aterrador, antes de ser devorado por la rabia salvaje de siempre.
Me dio un manotazo violento en la mano, apartando la cinta métrica con una fuerza que hizo que mis anillos rasparan dolorosamente contra mis propios dedos. Dio un paso atrás, chocando contra el maniquí de madera, que se tambaleó peligrosamente en un rincón de la habitación.
—¡Quítame las manos de encima! —gritó en voz baja, y su gruñido salió cargado de una violencia defensiva, con los ojos clavados en los míos. Parecía un animal acorralado dispuesto a arrancarme la garganta para proteger su secreto.
Di un paso atrás por precaución, sintiendo que el corazón se me aceleraba en el pecho, pero me obligué a mantener el rostro impasible. No podía mostrar sorpresa. Si demostraba conmoción o piedad, él se cerraría en banda o explotaría del todo.
—¿A qué viene eso, chaval? ¿Te crees que te voy a arrancar la piel con una cinta amarilla? —le provoqué, enrollándome la cinta en los dedos lentamente, como si su desesperación no me hubiera afectado.
—Te he dicho que apartes tus putas manos llenas de hierros de mí.
No necesitas medirme el puto cuello para darme una chaqueta.
Ya tienes suficiente. ¡Déjame en paz! —escupió las palabras, con el pecho subiendo y bajando frenéticamente, y su mano derecha subió de forma instintiva a tocarse el dobladillo de la camiseta cerca de la barriga, en la postura de alguien que espera un golpe.
El aire entre nosotros estaba tenso. Miré al gigante que tenía delante.
El tío que empujaba a la gente en las fuentes de agua, que se burlaba de los novatos, que aterrorizaba a Sam y a Ben.
Por un momento, la imagen del depredador se desmoronó por completo.
Debajo del cuero falso y la grosería, solo había un muro de cemento agrietado, a punto de venirse abajo.
La forma en que se encogía ante un toque.
.. No le daba asco. Estaba esperando a que le hicieran daño.
El brillante cerebro que habitaba mi cabeza unió las piezas del rompecabezas en cuestión de segundos.
Las agresiones en el instituto no eran demostraciones de poder.
Eran una transferencia de odio. Hacía daño a los demás porque eso era lo único que le pasaba a él cuando se cerraban las puertas del instituto.
Mi irritación desapareció, siendo lentamente sustituida por algo mucho más peligroso: curiosidad.
—Pegas porque eres demasiado idiota para argumentar —murmuré, repitiendo la frase que le había dicho el día anterior, pero esta vez, el tono no era de burla. Era una constatación.
—¿Qué has dicho, gilipollas engreído? ¿Quieres que te parta la cara aquí dentro?
¿Quieres probar si tengo cojones? —Dio un paso adelante, amenazando con invadir mi espacio de nuevo, proyectando su dolor en la agresividad.
El insulto salió de su boca no como una verdadera ofensa, sino como un escudo, la única defensa que conocía para alejar a alguien que estaba viendo demasiado.
Pero yo no estaba en el instituto para ser la víctima de nadie. Y yo, Allan, criado en un entorno donde el miedo no dictaba las reglas, me negué a acobardarme.
No retrocedí. Avancé hacia él. Me detuve tan cerca que las puntas de metal de los imperdibles de mi camiseta casi rozaban la tela de su blusa blanca. Mi mirada se encontró con la suya, fría, implacable y perfectamente equilibrada.
—Puedes intentarlo, Chester. Puedes pegarme.
Puedes romper mi mesa, rasgar las telas, intentar meterme miedo con las palabras sucias que vomitas —mi voz sonó baja, cortante y mortalmente seria—.
Pero los dos sabemos que esto solo es puro teatro.
Mucho peor que la obra que se está montando ahí fuera.
Entras en los pasillos dando portazos y empujando a gente más pequeña que tú porque estás desesperado por tener el control.
Crees que tu furia te hace parecer fuerte.
¿Pero quieres saber la verdad? ¿Lo que yo veo aquí?
Tragó saliva, pero su terquedad y su odio no le permitieron apartar la mirada ni retroceder.
Ladeé ligeramente la cabeza y le asesté el tiro de gracia directamente a su ego.
—Crees que das miedo... pero estás aterrorizado.
Tiemblas cada vez que alguien levanta la mano cerca de tu cara.
Toda tu brutalidad es una máscara barata.
Un disfraz horrible que te pones para que nadie vea que estás sangrando por debajo.
Las palabras le golpearon con fuerza. Vi cómo la luz de los ojos de Chester vacilaba.
La máscara de rabia resbaló, revelando una grieta profunda y oscura.
Abrió la boca para replicar, para insultarme, para dar un puñetazo a la pared, pero no salió nada.
Ni una palabra. Ni un sonido. La respiración se le quedó atrapada en los pulmones.
Se quedó allí de pie, expuesto bajo la luz amarilla, desarmado por mis palabras, un gigante roto dentro de una estrecha sala de costura. El silencio que se formó entre nosotros ya no era el silencio de una guerra fría inminente. Era el pesado silencio de un secreto compartido a la fuerza.
Nos miramos fijamente durante unos largos segundos. La tensión sexual implícita en la proximidad forzada se mezclaba con una crueldad psicológica que nos mantenía atrapados en la gravedad del otro. No sentía miedo. Sentía que acababa de descubrir el mayor fallo estructural del enemigo.
Finalmente, rompí el hechizo. Di un paso atrás, volviendo a mi espacio seguro, y señalé su cazadora de cuero tirada en el sofá.
—Hemos terminado por hoy. Coge tu disfraz de tipo duro y lárgate de mi taller. Prepararé la tela para tu traje y haremos la primera prueba el jueves. Estate aquí, o le diré al señor Evans que has faltado a tu obligación y tu diploma se convertirá en polvo.
Chester no dijo ni una palabra. Cogió la cazadora con un movimiento brusco, se puso la prenda negra a toda prisa, ocultando de nuevo sus tensos hombros y el hematoma bajo el cuello levantado, y caminó hacia la puerta.
Antes de salir, se detuvo con la mano en el telón de terciopelo.
Giró la cara lo justo para mirarme por encima del hombro.
Su mirada era sombría, cargada de una furia silenciosa, pero también de algo que se parecía mucho a la desesperación.
Tiró de la tela del telón con fuerza, devolviendo el silencio al espacio mientras desaparecía de nuevo en la oscuridad de las bambalinas, dejándome solo.
Solté el aire que ni siquiera sabía que estaba aguantando.
Me dejé caer pesadamente en la silla de madera de la máquina de coser, con las piernas temblando ligeramente, no por miedo, sino por el absurdo subidón de adrenalina que acababa de sentir.
Miré la cinta métrica amarilla que tenía en las manos y luego los números que había anotado en el portapapeles de mi mesa.
Chester Boyd era un monstruo, sí. Un matón agresivo que hacía que la vida de todo el mundo en el instituto fuera un infierno constante.
Pero ahora sabía por qué. El depredador no era más que una presa que intentaba ladrar más fuerte para que no le mordieran.
Y por alguna estúpida razón que no lograba comprender, el hecho de que fuera tan vulnerable debajo de aquella cazadora de cuero, el hecho de que temblara con un roce suave, no me dio ganas de destruirlo.
Me dieron ganas de arrancarle las ataduras y ver qué quedaba de él.
El matón era un rompecabezas roto, y yo me sentía peligrosamente inclinado a querer montarlo solo para demostrar que podía hacerlo.
Me ajusté los anillos de plata, esbocé una sonrisa depredadora a la pared vacía y encendí el motor de la máquina de coser. El juego acababa de cambiar las reglas.