CAPÍTULO 4 #2
—Vale, escuchadme todos. Hemos tenido una pequeña complicación burocrática con dirección esta mañana —empezó el profesor, gesticulando nerviosamente—.
La Directora se ha leído los estatutos de los clubes de nuestro distrito.
Y, por lo visto, para que el consejo convalide la carga de horas extra de cualquier alumno que se incorpore a mitad de semestre, este no puede limitarse a prestar servicios de apoyo manual entre bastidores.
La norma es clara: tiene que participar activamente en la evaluación final del club.
En nuestro caso, eso significa que la persona tiene, obligatoriamente, que salir en la obra.
El silencio que siguió solo se vio interrumpido por el sonido de alguien tragando saliva. Chloe abrió los ojos de tal manera que pensé que se le saldrían de las órbitas. Yo me crucé de brazos, sintiendo el peso frío de mis anillos, y miré directamente al fondo del escenario.
Chester se despegó de la pared lentamente. Dio dos pasos hacia la luz. La expresión de su cara era una mezcla de asombro genuino y rabia pura. Tenía la mandíbula tan apretada que se le notaba el músculo palpitando bajo la piel de la mejilla.
—¿Qué ha dicho? —resonó la voz de Chester por el salón de actos vacío. Fue un sonido grave, peligroso y arrastrado—. Repita esa mierda.
—Sin palabrotas en mi teatro, Boyd —replicó el señor Evans, aunque le tembló ligeramente la voz.
El profesor se aclaró la garganta y se ajustó las gafas—.
La norma es de dirección, no mía. Si no apareces en el escenario, el día de la representación, delante de todo el comité evaluador y de los padres, no puedo firmar tu certificado.
El sistema rechazará tus horas. Necesitas un papel.
—Yo no soy actor. No voy a subirme a ese puto escenario. ¡Ni de coña! —gruñó Chester, avanzando otro paso. Su furia llenó el teatro, volviendo el aire pesado. La mayoría de mis amigos retrocedieron instintivamente. Yo me quedé quieto en mi sitio, observándolo.
—¡Tranquilo! No hace falta que te dé un ataque, ¡no vas a protagonizar la obra!
—El señor Evans levantó las manos en son de paz—.
Soy un hombre razonable. Conozco tus... limitaciones artísticas.
Así que he encontrado un resquicio en el guion.
En la escena de la gran fiesta de Lord Henry, en el segundo acto.
Hay un lapso de casi cuarenta segundos en el que necesitamos una imagen fuerte al fondo.
Serás uno de los figurantes de la élite victoriana.
Un guardaespaldas aristocrático o un noble silencioso.
No tendrás ni una sola frase. No tendrás que actuar.
Solo tendrás que entrar, quedarte quieto cerca de la mesa de las bebidas con cara de pocos amigos, esa misma que pones de forma natural, sujetar una copa y marcharte cuando termine la escena.
Es lo mínimo indispensable para validar tu participación.
Chester se quedó paralizado. Miraba del profesor al escenario vacío, como si estuviera visualizando su propio ahorcamiento.
Cuarenta segundos en el escenario nos parecían poco, pero para un tío cuya reputación entera se basaba en imponer miedo y en no mostrar jamás debilidad artística, verse disfrazado bajo los focos delante de todo el instituto era una humillación en la plaza del pueblo.
Sus amigos abusones estarían entre el público.
Todo el instituto vería la caída del rey.
Inspiró hondo, cerrando las manos en puños con tanta fuerza que los dedos le crujieron de forma audible.
Vi cómo su nuez subía y bajaba mientras se tragaba su propia rabia, intentando encontrar una salida.
Pero sabía que no la tenía. Era eso o perder el curso.
Su impotencia resultaba fascinante de ver.
—Sin frases. Entro, me quedo quieto como una puta estatua y me largo —masculló, y su voz sonó como una navaja arañando un cristal.
—Exactamente —confirmó el profesor, aliviado—. Y, para que dirección lo cuente como una participación legítima, no puedes salir al escenario con esa cazadora de motorista que parece no haber visto el jabón en un año. Tienes que ir caracterizado. Necesitas un vestuario completo.
Fue en ese preciso instante cuando el señor Evans giró la cabeza y me miró directamente a mí.
Descrucé los brazos, sabiendo ya lo que se avecinaba. Una sonrisa lenta y perversa empezó a formarse en la comisura de mis labios.
—Allan, no tenemos uniformes de la talla de Boyd en la colección principal.
Es demasiado grande para la ropa que solemos tener.
Tendrás que tomarle las medidas desde cero y adaptar algo de las chaquetas extra que trajisteis del sótano ayer.
¿Crees que podrás tener algo listo para la semana de la obra?
Deslicé mi mirada hacia Chester. Él también me estaba mirando. La desesperación que se escondía tras sus oscuros ojos me resultaba tan evidente que casi sentí pena. Casi.
—Puedo, señor Evans. De hecho, será un gran reto estético intentar que un trozo de roca parezca un ser humano civilizado del siglo diecinueve —dije en voz alta, con una voz que destilaba acidez y confianza—.
Puedo empezar a tomarle medidas ahora mismo.
Si el primate me acompaña a la sala de costura.
Chester apretó los dientes, y vi cómo su ancho pecho subía y bajaba rápidamente. —Boyd, acompaña a Allan. Los demás, ¡a vuestras posiciones para la escena cuatro! —zanjó el señor Evans, dando una palmada y desapareciendo por un lateral del escenario.
Le di la espalda a Chester y eché a andar sin mirar atrás para comprobar si me seguía. Sabía que me seguiría. Era un perro con la correa de su propia incompetencia escolar. Atravesé el telón de terciopelo y entré en la sala de costura, yendo directo a la mesa para coger mi cinta métrica amarilla.
Oí que sus pesados pasos se detenían en la puerta. Empujó el telón y entró, y su olor dominó mi espacio de inmediato. Cuero, menta y... algo más pesado hoy. Un olor a agotamiento. Se quedó allí de pie, consumiendo casi todo el oxígeno, fulminándome con la mirada.
—Cierra el telón, por favor. La luz del escenario me molesta —pedí en un tono de voz educado, pero que era una orden en toda regla.
Tiró de la tela burdeos con una agresividad innecesaria, cerrando la sala y encerrándonos en aquel cubículo iluminado únicamente por una bombilla cálida colgando del techo.
El espacio era demasiado pequeño para los dos.
Cada vez que se movía, parecía que las paredes encogían.
La tensión en el aire era densa, espesa, casi palpable.
Me eché la cinta métrica a los hombros y caminé hasta el centro del pequeño espacio libre en el suelo. Señalé el punto que tenía delante. —Ponte aquí, justo en la luz. Y quítate la cazadora.
—No me voy a quitar la puta cazadora —gruñó, con las manos metidas en los bolsillos y la cabeza gacha, como un toro a punto de embestir.
—Chester, no tengo visión de rayos X —suspiré, apoyando las manos en las caderas cubiertas por el cuero sintético de mis pantalones, con el sonido metálico de las cremalleras acompañando mi movimiento—.
Necesito tomar las medidas exactas de tus hombros, tu pecho, tu cintura y el largo del brazo.
Si intentas que te tome medidas con ese pellejo de vaca reseco que llamas ropa, el traje quedará torcido.
Quítate la cazadora. Ahora. A no ser que quieras que te haga un traje ajustado de payaso y ser el hazmerreír de toda la ciudad el día de la función. Tú eliges.
La lógica venció al odio. Resopló, soltó una palabrota entre dientes y tiró de la cremallera de la cazadora. Se la quitó de los hombros y la tiró de cualquier manera sobre el sofá de flores de Chloe. Debajo, llevaba una camiseta blanca básica, de algodón fino, un poco desgastada.
Y fue entonces cuando el choque inicial me golpeó.
Sin la cazadora que inflara su silueta, se hizo evidente que su tamaño no era un truco de postura.
Era absurdamente fuerte. Sus musculosos brazos se marcaban bajo la tela, y sus hombros eran tan anchos que parecían desproporcionados para un chico de dieciocho años.
Pero no fue su musculatura lo que me llamó la atención.
Fue su rigidez. No estaba simplemente quieto; estaba en tensión, como si cada músculo de su cuerpo se estuviera preparando para un impacto.
Cogí la punta de la cinta métrica amarilla y di un paso hacia él. —Los brazos abiertos, a la altura de los hombros.
Dudó, pero levantó los brazos lentamente, como un espantapájaros tenso.
El espacio reducido forzaba una intimidad que ninguno de los dos deseaba.
Para medir la anchura de su espalda, tuve que invadir su espacio personal.
Me quedé a centímetros de su pecho. Pude sentir el calor que irradiaba de su cuerpo, la pesada respiración que le levantaba el pecho a cada segundo.
El olor a menta era más fuerte, pero debajo de él había un olor a pura adrenalina de alguien a punto de pelear o huir.
Pasé la cinta por detrás de su ancha espalda, estirándola hasta la unión del hombro derecho. Anoté mentalmente el número. —Baja los brazos. Ahora, el pecho.
Le pasé la cinta alrededor del pecho. Para hacerlo, tuve que abrazarlo ligeramente durante un segundo, con mis manos cubiertas de anillos de plata rozando levemente la fina tela de su camiseta blanca. En el instante en que mis dedos rozaron su espalda, sentí la reacción.
Chester no solo se tensó. Tuvo un espasmo. Todo su cuerpo se endureció como si hubiera recibido una descarga de alto voltaje. La respiración se le quedó atascada en la garganta.
Me detuve, sosteniendo la cinta. —¿Tienes cosquillas o es solo cuento? —pregunté irónicamente, aunque su reacción había sido demasiado intensa como para ser solo una repulsa al tacto.
—Mide esa mierda de una vez y cállate la boca —dijo, con los dientes tan apretados que parecía que iba a romperse su propia mandíbula. Tenía la mirada fija en la pared por encima de mi cabeza, negándose a mirarme a la cara.