CAPÍTULO 4
ALLAN REESE
El dulce olor a incienso se mezcló con el fuerte aroma a café recién hecho, invadiendo mi pequeño espacio en el fondo de la autocaravana.
Abrí los ojos despacio, desperezándome bajo el edredón de retales de colores que mi madre había cosido a mano hacía unos años.
La luz de la mañana entraba por la claraboya sobre mi cama, filtrada por los distintos atrapasueños de macramé que se balanceaban ligeramente con la brisa del ventilador.
Nuestra autocaravana era gigantesca para los estándares de un vehículo, un modelo adaptado de los ochenta que mis padres habían transformado en un auténtico palacio sobre ruedas, pero aun así seguía siendo un espacio compacto.
Era nuestro nido. Las paredes estaban forradas con telas indias, unas estanterías de madera rústica sostenían cientos de libros apretujados, del techo colgaban pequeñas macetas con plantas, y la energía del lugar era una vibración constante de paz, caos creativo y amor incondicional.
Salté de la cama, empujando la puerta plegable que separaba mi "habitación" del resto de la caravana.
La escena que me encontré era la misma de casi todas las mañanas, y nunca me cansaba de ella.
Mi madre estaba de pie en la pequeña cocina americana, con una falda larga y vaporosa de estampado tie-dye y una blusa de algodón crudo.
Llevaba su largo pelo canoso recogido en una trenza suelta que le caía sobre el hombro.
Tarareaba una canción folk cualquiera mientras daba la vuelta a unas tortitas de avena y plátano en la sartén de hierro.
Sentado en el sofá curvo del comedor, que por las noches servía de cama de invitados, estaba mi padre.
Llevaba sus cortas rastas recogidas hacia atrás, unos pantalones anchos de lino y rasgueaba suavemente una guitarra acústica, acompañando la melodía que cantaba mi madre.
—Buenos días, rayito de sol —dijo mi padre, dejando de tocar un segundo para dedicarme una amplia sonrisa que le arrugó las comisuras de los ojos.
—Buenos días, papá. Buenos días, mamá —respondí, acercándome a la cocina y dándole un sonoro beso en la mejilla a mi madre.
—¿Has dormido bien, mi amor? —preguntó, deslizando una tortita perfectamente dorada en un plato de cerámica artesanal y tendiéndomelo—. He hecho tus favoritas. Hay auténtico sirope de arce en el armario, tu padre consiguió comprarlo ayer en el mercado ecológico.
—He dormido estupendamente. He soñado con terciopelo y alfileres, lo que significa que ya tengo el cerebro frito por culpa de esta obra —comenté, cogiendo el bote de sirope y sentándome con las piernas cruzadas en el sofá, al lado de mi padre.
La dinámica de nuestra casa era así. Libre, cálida y sin ningún tipo de prejuicios.
Mis padres eran artesanos, vendían joyas de plata, esculturas de madera y ropa personalizada en ferias de arte.
Me enseñaron desde la cuna que la mayor rebeldía que puede cometer un ser humano es amarse a sí mismo exactamente tal y como es.
Cuando salí del armario a los catorce años, no hubo dramas, no hubo llantos, no hubo ese peso opresivo al que se enfrentaron tantos de mis amigos del teatro.
Mi padre se limitó a abrazarme fuerte, mi madre lloró de alegría porque confiara en ellos, y la vida siguió su curso natural.
El amor que recibía dentro de aquella autocaravana era mi armadura de titanio contra el mundo de ahí fuera.
Terminé el desayuno entre conversaciones sobre la ruta de viaje para el verano y las nuevas piedras que iba a usar mi padre en un encargo.
Fregué mi plato en el pequeño fregadero, les di un fuerte abrazo a los dos y volví a mi habitación para arreglarme.
El instituto me exigía una preparación de guerra, y mi munición era mi estilo.
Abrí mi armario empotrado y empecé a montar el look del día.
Había desarrollado una estética que era un choque frontal entre la furia del heavy metal y la extravagancia de la alta costura.
Era mi forma de decirle al mundo: "Estoy aquí, soy diferente a vosotros y tengo mucho mejor aspecto haciéndolo".
Me puse mi prenda favorita: unos pantalones negros de cuero sintético con un corte de sastrería impecable y cremalleras asimétricas plateadas que subían por los laterales de las piernas.
Para la parte de arriba, elegí una camiseta negra vintage de un grupo de death metal, pero no era una simple camiseta vieja.
La había deconstruido por completo, ajustándola a mi cuerpo, llena de cortes estratégicos sujetos por imperdibles gigantes y anillas de metal.
Fui hasta el pequeño espejo del baño. Me pasé un lápiz de ojos negro por la línea de agua, difuminándolo un poco para darme un aire de cansancio chic, medio gótico, medio descuidado, pero todo perfectamente calculado.
Me coloqué los rizos castaños para que me cayeran sobre la frente con una cera fijadora mate.
Por último, el toque final: me deslicé anillos de plata pesados y puntiagudos en casi todos los dedos de las manos.
El ruido que hacían al chocar entre sí era como el sonido de espadas afilándose.
Me calcé mis botas militares de plataforma alta que me daban unos centímetros extra de intimidación, me colgué la mochila de lona negra de un hombro y salí.
—¡Que tengas un día maravilloso, hijo! ¡Brilla mucho! —me gritó mi madre desde la puerta de la autocaravana mientras yo caminaba por el aparcamiento del camping hacia la parada del autobús.
El viaje hasta el instituto fue lo de siempre.
Auriculares a todo volumen reproduciendo un rock industrial pesadísimo para bloquear las conversaciones ajenas.
Cuando crucé las puertas del instituto, el cambio de atmósfera siempre era un choque, pero yo ya estaba blindado.
Por los pasillos, las miradas me seguían.
Algunos cuchicheaban, algunos alumnos de primer año abrían mucho los ojos.
El grupito de los populares apartaba la mirada con reprobación.
Yo caminaba con la cabeza alta, mis botas pisando fuerte el suelo, y el sonido de los anillos de plata marcando mi ritmo.
Me alimentaba de las malas miradas. Cada juicio silencioso era la prueba de que yo no era un tipo corriente, de que no me estaba rindiendo ante el mar de mediocridad con olor a desodorante barato que inundaba aquel instituto.
Fui directo al ala oeste. Las clases de la mañana pasaron en un borrón aburrido de ecuaciones matemáticas y análisis literarios superficiales.
En cuanto sonó el timbre para la pausa del almuerzo, mi grupo y yo nos metimos entre bastidores en el salón de actos.
Ya estaba cortando un trozo de lino para las camisas de época, sentado en mi mesa de la sala de costura, cuando Sam, Ben y Chloe invadieron el espacio.
—Hoy hay ensayo general del primer acto y el señor Evans ya se está volviendo loco ahí en el escenario —anunció Sam, robando un alfiler de mi mesa y clavándolo en su propia mochila—.
Dice que la Directora le ha mandado un correo esta mañana amenazando con auditar el club si no manda ya el informe de participantes.
—¿Y eso incluye a nuestra monstruosa "adquisición"?
—preguntó Chloe, dejándose caer en el sofá con un suspiro dramático—.
No he visto la sombra de ese troglodita de Boyd en toda la mañana.
¿Se habrá rendido y habrá decidido repetir curso en paz?
El mundo sería un lugar mejor si él simplemente desapareciera por los pasillos.
—Lo dudo mucho. La mala gente tiene una capacidad de persistencia increíble —murmuré, pasando el hilo por el ojo de la aguja de la máquina—.
Y si no viene, es su problema. No soy el niñero de un matón gigante.
Ayer le hice cargar con diez baúles y salió de aquí echando espuma de rabia.
Fue lo mejor que me ha pasado en toda la semana.
Estaba a punto de pisar el pedal de la máquina cuando el señor Evans apareció en la puerta de la sala de costura. Su escaso pelo estaba despeinado, llevaba las gafas torcidas y apretaba una carpeta con pinza contra su pecho. Irradiaba una energía de pánico.
—Chicos, os necesito en el escenario ahora mismo. Reunión de emergencia de cinco minutos antes de empezar a repasar las escenas. Allan, deja eso y ven, esto te afecta directamente.
Fruncí el ceño, y el instinto de problemas empezó a pitar en mi cerebro.
Me levanté, haciendo crujir el cuero sintético de mis pantalones con el movimiento, y seguí a mis amigos fuera de las bambalinas.
El escenario estaba medio a oscuras, iluminado solo por las luces de servicio.
Sentados en el borde del escenario estaban los demás alumnos del reparto de apoyo.
Pero apoyado en la pared de ladrillo del fondo, en la parte más oscura del teatro, lo más lejos posible del resto de nosotros, estaba él.
Chester Boyd.
Llevaba la misma cazadora negra de siempre, pero su postura era diferente hoy.
No tenía la espalda perfectamente recta de quien domina el ambiente.
Sus hombros estaban ligeramente caídos hacia delante, tenía las manos hundidas en los bolsillos de la cazadora y el rostro oculto en las sombras.
Su presencia allí desentonaba con todo. Era como un lobo rabioso acorralado en un redil de ovejas.
El señor Evans se detuvo en el centro del escenario y dio unas palmadas para llamar la atención de todos.