CAPÍTULO 3
CHESTER BOYD
El último baúl de madera maciza golpeó el suelo del escenario con un estruendo ahogado, levantando una nube de polvo grisáceo que me hizo toser.
Me temblaban ligeramente los brazos y el sudor me resbalaba por un lado de la cara, empapando el cuello de mi camiseta.
Tenía astillas de madera clavadas en las palmas de las manos y un dolor agudo palpitando en la base de la columna vertebral.
Diez baúles. Había arrastrado diez de aquellas malditas cajas pesadas como el plomo por las estrechas escaleras del sótano hasta las bambalinas, mientras el estridente timbre que marcaba el final de la tercera hora sonaba de fondo.
Me pasé el dorso de la mano por la frente, secándome el sudor, y miré hacia la sala de costura.
El telón de terciopelo estaba entreabierto.
Allan no estaba ahí fuera para comprobar mi trabajo, pero yo sabía que estaba ahí dentro, probablemente con esa sonrisa engreída en la cara, sintiéndose el rey del mundo por haber convertido al matón del instituto en su mula de carga.
Las ganas de volver allí y hacer añicos su máquina de coser eran casi incontrolables.
Me hervía la sangre solo de recordar su voz, aquel tono de burla, la falta absoluta de miedo en sus ojos.
Nadie me miraba de aquella manera. Nadie me desafiaba.
Y, sin embargo, aquel chico rarito con ropa de grupos de música hecha jirones, lleno de cadenas y cremalleras, me había puesto en mi sitio usando únicamente las palabras y la amenaza de no firmar mi puto papel.
Estaba atrapado. Por primera vez en mi vida, la fuerza bruta no me iba a salvar.
Tenía que tragarme el odio, empujar el orgullo a un rincón oscuro de mi mente y aceptar la humillación.
Cogí mi cazadora de cuero, que estaba tirada sobre una de las butacas de la primera fila, me la puse rápidamente, ignorando cómo la tela se me pegaba al sudor, y salí del salón de actos prácticamente corriendo.
Tenía que salir del ala oeste antes de que alguien me viera.
El pasillo empezaba a llenarse de alumnos que cambiaban de clase.
Agaché la cabeza y aceleré el paso, metiendo las manos en los bolsillos y adoptando mi postura defensiva habitual.
Hombros tensos, mandíbula apretada, mirada de estar a punto de explotar.
La multitud se abrió como el Mar Rojo, como hacían siempre.
Nadie chocaba con Chester Boyd. Nadie se atrevía.
Pero, por dentro, me sentía un fraude. Si supieran de dónde venía, si supieran que acababa de recibir órdenes de un chico del club de teatro y que había obedecido como un perrito asustado, todo aquel pasillo se estaría riendo en mi cara.
El poder que tenía sobre ellos era una ilusión frágil, y sentía que estaba a punto de desmoronarse.
Cuando por fin llegué al aparcamiento, el aire frío de la tarde me dio en la cara, ayudándome a respirar mejor.
El cielo estaba nublado, pesado, amenazando con una lluvia que nunca caía.
Fui directo a mi camioneta. Trent y Marcus ya estaban apoyados en la chapa desgastada de la caja, compartiendo un cigarro y riéndose a carcajadas.
En cuanto me acerqué, dejaron de reír y Trent me ofreció el cigarro.
Negué con la cabeza, abriendo la puerta del conductor para tirar mi mochila en el asiento del copiloto.
—¿Dónde te habías metido, tío? —preguntó Trent, entrecerrando los ojos hacia mí—. Te hemos buscado por la cafetería y nada. El entrenador también ha preguntado por ti, se pensaba que ibas a pasarte a ver el entrenamiento de los novatos.
Me quedé paralizado un segundo. La mentira tenía que salir rápida, natural, sin vacilaciones. Si olían la debilidad, estaba jodido.
—Me he quedado pillado con el profesor de historia —mentí, forzando una expresión de puro aburrimiento e irritación—.
Al viejo cabrón se le ha metido en la cabeza que tenía que repetir un examen de historia o me iba a joder en la junta de evaluación.
He tenido que escucharle hablar de la Guerra Fría mientras copiaba unas mierdas de la pizarra. Qué puta pérdida de tiempo.
Marcus soltó una densa nube de humo por la nariz y se rio, dándole una patada al neumático de la camioneta.
—Te han jodido. Ya te dije que no podías sobar en todas sus clases.
El viejo es un vengativo. Al menos no te ha castigado.
Pero oye, estás sudando como un cerdo. ¿Se ha roto el aire acondicionado de su clase?
Sentí un nudo en el estómago. Marcus no era precisamente un genio, pero se fijaba en los detalles cuando quería tocar las narices.
Me aclaré la garganta y me apoyé en la puerta del coche, cruzándome de brazos, adoptando la pose de a quien le importa todo una mierda.
—He tenido que ayudar al conserje a arrastrar unas mesas viejas al almacén porque el profesor me ha usado de mano de obra barata a cambio de la nota.
Que le jodan. Al menos me he librado de esa asignatura.
—Te estás ablandando, Boyd —me provocó Trent, con esa sonrisita de medio lado que me daba ganas de partirle los dientes—. ¿Aceptando órdenes de los profesores y haciendo trabajitos manuales? Dentro de nada estarás llevándoles los libros a los empollones para ganar puntos extra.
El comentario me golpeó como un puñetazo en el estómago, precisamente porque era verdad.
La rabia me subió por la garganta tan rápido que no pude controlar la reacción de mi cuerpo.
Di un paso hacia Trent, agarrándole por el cuello de la cazadora con una mano y empujándole contra la chapa de la camioneta con la fuerza suficiente para abollar el metal.
Trent abrió mucho los ojos y el cigarro se le cayó al asfalto.
Marcus retrocedió, levantando las manos a la defensiva.
—Repite eso —gruñí, y la voz me salió tan baja y áspera que parecía desgarrarme la garganta.
Apreté la tela de su cazadora, acercando su cara a la mía.
El olor a nicotina rancia me golpeó la nariz—.
Vuelve a decir que me estoy ablandando y te rompo la mandíbula aquí mismo, delante de todo el mundo.
¿Te crees que ya eres un hombre, Trent? ¿Te crees que puedes jugar conmigo?
El pánico sustituyó a la arrogancia en los ojos de Trent de inmediato.
Tragó saliva, con las manos apoyadas en mi pecho, intentando mantenerme a una distancia segura, pero sin atreverse a empujarme.
—Tranquilo, tío. Era solo una coña. Estaba de broma, relájate, joder. Ya sabes que no lo decía en serio.
Lo mantuve allí atrapado durante unos largos segundos, dejando que el silencio pesara, dejando que sintiera el miedo, asegurándome de que supiera que yo seguía siendo la puta amenaza número uno de aquel lugar.
El terror en sus ojos era mi combustible, era lo único que me validaba.
Cuando estuve seguro de que estaba temblando, lo solté de un empujón brusco y me di la vuelta.
—A ver si piensas antes de decir gilipolleces la próxima vez —mascullé, abriendo la puerta del conductor y metiéndome en la camioneta.
Di un portazo con todas mis fuerzas, giré la llave y el motor rugió, escupiendo humo negro en el aparcamiento.
Trent y Marcus se apartaron rápidamente.
Metí la marcha y aceleré, haciendo rechinar los neumáticos y dejando a los dos atrás.
En cuanto salí del perímetro del instituto, la adrenalina de la pequeña demostración de poder empezó a evaporarse.
El silencio dentro del habitáculo de la camioneta se volvió opresivo.
Encendí la radio a todo volumen, dejando que los graves de una canción cualquiera hicieran temblar los altavoces reventados, intentando ahogar mis propios pensamientos.
Pero no funcionó. La sensación de ser un fraude seguía ahí.
Había agredido a uno de mis únicos "amigos" solo para demostrar algo que yo mismo sabía que era falso.
Me estaba perdiendo dentro de mi propio personaje.
El viaje hasta mi casa no era largo, pero me pareció que duraba una eternidad.
Con cada manzana que pasaba, el paisaje cambiaba.
Las casas grandes con céspedes perfectamente cortados y vallas blancas de los barrios cercanos al instituto iban dejando paso a casas apiñadas, solares baldíos llenos de maleza, aceras llenas de baches y farolas con las bombillas fundidas.
Mi barrio era la clase de lugar que la gente fingía que no existía.
Era el lado olvidado de la ciudad, por donde los coches patrulla pasaban de largo y los vecinos fingían no oír los gritos de madrugada.
Inspiré con fuerza al girar por mi calle.
El estómago me dio un vuelco y una sensación helada y familiar se apoderó de todo mi cuerpo.
La ansiedad no era un concepto abstracto para mí; era un dolor físico.
Las manos me empezaron a sudar en el volante y la respiración se me entrecortó.
Apreté los ojos, intentando alejar las náuseas.
El terror de volver a casa era algo que no podía controlar, por mucho que hiciera pesas o por muchas peleas que ganara en el instituto.
Aparqué la camioneta en el trozo de tierra seca al que llamábamos jardín, justo al lado de un sofá viejo que llevaba meses pudriéndose a la intemperie.
La fachada de nuestra casa era deprimente.
La pintura blanca se estaba desconchando, dejando a la vista la madera podrida que había debajo, y el canalón del tejado colgaba torcido, goteando agua de una lluvia que ya había pasado.
Las cortinas de las ventanas estaban echadas, bloqueando cualquier luz natural y dando a la casa el aspecto de una tumba.
Apagué el motor y me quedé allí sentado, aferrado al volante, mirando fijamente la puerta principal.
«Por favor, que esté dormido», murmuré para mis adentros, casi como una plegaria. «Por favor, que se haya quedado frito de lo borracho que está».