CAPÍTULO 2
ALLAN REESE
El pedal de metal de la vieja máquina de coser se hundía bajo la presión de mi bota militar desgastada, dictando el ritmo frenético de la aguja que perforaba el terciopelo dorado.
Me encantaba ese sonido, era mi terapia personal, la banda sonora de mi santuario.
La sala de vestuario, que estaba encajonada al fondo de los bastidores del salón de actos, no era grande, pero era mi imperio.
Las paredes de ladrillo visto estaban casi totalmente ocultas por burros de metal abarrotados de ropa de todas las décadas, telas apiladas hasta el techo, maniquíes sin brazos y cajas de mercería.
El aire allí dentro tenía un olor muy específico: una mezcla de polvo rancio, laca para el pelo, naftalina y el dulce aroma de mi propio perfume de importación.
Para cualquier otra persona del instituto, aquel lugar podría parecer un armario claustrofóbico y desordenado.
Para mí, era el único lugar del mundo donde podía respirar hondo sin preocuparme de quién me estaba mirando.
Detuve la máquina y levanté el prensatelas, tirando de la tela con cuidado para no tensar los hilos.
Corté el hilo con unas tijeritas doradas en forma de pájaro que había "tomado prestadas" del costurero de mi abuela.
Estiré el chaleco de terciopelo sobre la mesa de corte, pasando la mano por los bordados que yo mismo había hecho la noche anterior.
El retrato de Dorian Gray era la obra más ambiciosa que el club de teatro había intentado montar jamás, y el señor Evans, nuestro director y profesor de arte, me había dado carta blanca para volverme loco con el vestuario.
No pensaba entregar nada que no fuera la perfección.
El hedonismo, la vanidad, la decadencia.
.. todo eso tenía que gritar a través de las texturas y los colores que iban a llevar los actores.
Me ajusté la cinta métrica amarilla que siempre llevaba colgada al cuello como si fuera un collar de marca.
Tenía dieciocho años, era el figurinista principal, uno de los actores secundarios y, modestia aparte, la persona con el mejor sentido estético de todo aquel instituto.
Llevaba unos pantalones negros de cuero sintético con un corte de sastrería impecable y cremalleras asimétricas, una camiseta vintage de heavy metal deconstruida y ajustada a mi cuerpo, llena de cortes e imperdibles, además de anillos de plata pesados y puntiagudos en casi todos los dedos.
Mi pelo castaño oscuro estaba impecablemente peinado, con los rizos cayendo estratégicamente sobre mi frente.
Sabía que mi aspecto llamaba la atención en los pasillos, y esa era exactamente mi intención.
Me pasé los primeros años de instituto intentando encogerme, usando sudaderas anchas y colores neutros, rezando para ser invisible y no convertirme en el blanco de chistes homófobos.
Pero un día me di cuenta de que esconderme no impedía que la gente fuera imbécil.
Así que decidí que, si iban a mirarme y a juzgarme, iba a darles un maldito espectáculo visual.
Dejé de pedir perdón por existir. Ocupé mi espacio.
El ruido de la pesada puerta del teatro abriéndose resonó entre bastidores, seguido del sonido de risas fuertes y pasos apresurados. Una sonrisa automática apareció en mi cara. La troupe estaba llegando.
Menos de un minuto después, el telón de terciopelo burdeos que separaba la sala de costura del resto de las bambalinas se abrió de un tirón.
Chloe, nuestra actriz principal y mi mejor amiga desde siempre, se dejó caer dramáticamente en el sofá vintage de estampado floral que había en la esquina de la habitación.
Llevaba una falda plisada cortísima, medias de rejilla y un delineado de ojo de gato tan afilado que podría cortar cristal.
—Allan, si el señor Evans me hace repasar el monólogo del segundo acto una vez más hoy, juro por lo más sagrado que me voy a tragar el guion y me voy a atragantar delante de él —lloriqueó, echando la cabeza hacia atrás y cubriéndose la cara con las manos llenas de ruidosas pulseras.
—Deja de ser tan dramática, Chloe. Faltan pocas semanas para la obra y tu acento británico sigue sonando como si te hubieras atragantado con una patata caliente —repliqué, sin apartar los ojos del chaleco, cogiendo un alfiler del alfiletero que llevaba en la muñeca.
Justo detrás de ella entraron Ben y Sam.
Ben era el responsable de iluminación, un chico negro con gafas de pasta gruesa que siempre tenía manchas de pintura fluorescente en las manos.
Sam era nuestro escenógrafo, un chico que tenía el don de transformar cartón y cinta adhesiva en muebles de época.
Trajeron el caos de siempre a la pequeña sala, tirando las mochilas al suelo y robando los ganchitos que yo guardaba en mi cajón de las telas.
—Hoy había un ambiente asqueroso en la cafetería —comentó Sam, sentándose con las piernas cruzadas en el suelo, cerca del maniquí—.
Ese puñado de neandertales del equipo de baloncesto estaba tirándole comida a los novatos otra vez.
Boyd casi empuja a un chico por las escaleras solo porque el chaval tropezó con él sin querer.
Oír aquel nombre hizo que el estómago me diera un vuelco de puro asco. Chester Boyd. La mismísima basura radiactiva en forma humana.
—No entiendo cómo no han expulsado o metido en la cárcel a ese tío todavía —gruñó Chloe, sentándose derecha en el sofá—. Es un monstruo. La forma en que nos mira en los pasillos... parece que está eligiendo a quién va a matar primero. Es puro odio.
—Es el típico matón con el cerebro del tamaño de un guisante y una masculinidad más frágil que una copa de cristal —dije, clavando el alfiler en el terciopelo con más fuerza de la necesaria—.
Necesita aterrorizar a los demás porque no es más que músculos.
Si le quitas la agresividad, no le queda personalidad.
Solo es un agujero negro de inseguridad.
—Es muy fácil decirlo para ti, Allan. Tú te encaras con cualquiera. La mayoría de la gente prefiere apartar la mirada y rezar para que elija a otra víctima —argumentó Ben, ajustándose las gafas.
—Y por eso sigue haciendo lo que hace. Porque todo el mundo agacha la cabeza —respondí, dejando lo que estaba haciendo para mirarlos—. El poder de esos tíos viene de nuestro miedo. Si no le das la reacción que busca, entra en cortocircuito.
El ambiente en la sala era relajado, seguro.
Estábamos en nuestra burbuja. Allí no había juicios, no había malas caras, no había miedo.
Podíamos ser tan ruidosos, coloridos y excéntricos como quisiéramos.
El teatro era nuestra armadura contra el mundo gris de ahí fuera.
Estábamos discutiendo qué color de gelatina usar en los focos para la escena de la pintura de Dorian, cuando una sombra bloqueó la tenue luz que llegaba de las bambalinas.
El sonido de unas botas golpeando contra el suelo de madera del escenario fue lo primero que noté.
Eran pasos pesados, lentos, casi como los de un depredador rondando un territorio desconocido.
El telón de la sala de costura se abrió, y los anillos de metal rasparon la barra con un ruido agudo que hizo que todo el mundo se callara al instante.
La temperatura de la sala pareció caer diez grados.
Allí estaba. Chester Boyd, en carne y hueso.
Llenaba la entrada de la habitación de forma casi absurda.
Sus anchos hombros bloqueaban la salida y su altura hacía que el techo pareciera más bajo.
Llevaba la clásica cazadora negra de siempre, una camiseta gris desgastada debajo y vaqueros oscuros.
Tenía el rostro tenso en una expresión de furia tan intensa que, por un segundo, pensé que había venido a pegarnos.
Tenía la mandíbula apretada y sus oscuros ojos recorrieron la sala, barriendo los maniquíes, las telas esparcidas y nuestras caras de sorpresa, con un desprecio casi palpable.
El silencio era ensordecedor. Sam dejó de masticar sus ganchitos. Chloe se encogió de hombros instintivamente en el sofá. El asco me subió por la garganta como ácido. ¿Qué demonios hacía la peor persona de este instituto en mi santuario?
—¿Qué quieres, Boyd? —Fui el primero en romper el silencio, y mi voz salió fría, afilada y sin una pizca de vacilación. No iba a encogerme. No iba a darle la satisfacción de verme intimidado dentro de mi propio territorio.
Chester entrecerró los ojos en mi dirección.
Su mirada pesó sobre mí, evaluando la cinta métrica de mi cuello y mi ropa impecable.
Soltó un suspiro de desdén, cruzando aquellos brazos enormes sobre su pecho.
—¿Te crees que quiero estar en esta mierda de antro de colores?
Preferiría estar arrancándome los dientes sin anestesia.
—Entonces, ahí tienes la puerta. Ya puedes volver con tu manada de trogloditas al aparcamiento —disparé, cruzándome también de brazos, imitando su postura, pero con la barbilla bien alta.
Dio un paso adelante, entrando del todo en la sala. Su olor invadió el ambiente: cuero, loción para después del afeitado barata, menta y un toque de gasolina. Una combinación agresiva que sofocó mi olor a naftalina. —Cuidado con cómo me hablas, florecilla. Ahora no estás en tu concurso de talentos.
Me hirvió la sangre. Abrí la boca para replicar, dispuesto a mandarle a la mierda, cuando la grave voz del señor Evans resonó justo detrás de él, entre bastidores.
—¡Boyd! ¡No sirve de nada intentar esconderse en la sala de costura, te he visto entrar!
El señor Evans, un hombre de unos cuarenta años, delgado, calvo y con una energía caótica permanente, se escurrió por detrás de Chester, entrando en la sala y empujando ligeramente al gigante a un lado. El director miró a nuestro grupo paralizado y dio dos palmadas.
—¡Muy bien, chicos! Veo que ya habéis conocido a nuestra nueva y reticente adquisición.