MI ADORABLE MATÓN CAPÍTULO 1 #2
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CAPÍTULO 1 #2

Suspiró, frotándose la frente. —Te he llamado porque el claustro de profesores se reunió ayer por la tarde para evaluar el rendimiento de los alumnos del último curso.

Faltan pocos meses para la graduación. La mayoría de tus compañeros están preocupados por la universidad, las cartas de recomendación, el baile de graduación.

.. Y tú estás coqueteando con repetir curso.

El corazón me dio un vuelco en las costillas, pero mantuve la cara de piedra.

¿Repetir? No, no podía ser verdad. Mi padre.

.. la imagen de su cara enrojecida, el olor a alcohol barato en su aliento, la violencia de sus palabras, por no hablar de sus manos.

.. Mi padre me mataría si no salía de aquel instituto este año. Literalmente.

—No voy a repetir —respondí, y la voz me salió un poco más grave y a la defensiva de lo que pretendía—. Mis notas no son muy allá, pero siempre apruebo por los pelos.

—Esta vez no —giró la hoja hacia mí y señaló con un bolígrafo rojo—.

Tienes un suspenso en Matemáticas, Historia, Química y Literatura.

Tus ausencias han superado el límite aceptable.

Tu comportamiento fuera del aula es deplorable.

Tengo un cajón lleno de quejas anónimas sobre ti intimidando a otros alumnos, pero claro, nadie quiere firmarlas por miedo.

Pero eso ahora da igual. Lo que importan son los números.

Seré muy clara, Chester. Estás suspenso.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. Mis manos se apretaron con fuerza a los reposabrazos de la silla de plástico. —No puede hacer eso. Tengo dieciocho años. Necesito graduarme y salir de este instituto de mierda.

—Cuidado con cómo me hablas en mi despacho —espetó, perdiendo la paciencia.

Se inclinó hacia delante, apoyando los codos en la mesa—.

Yo no "hago" nada, Chester. Esto te lo has hecho tú solito.

Te has pasado los últimos años usando los pasillos de mi instituto como tu feudo personal, aterrorizando a cualquier alumno que no se defiende, en lugar de abrir un libro. Las consecuencias han llegado.

Tragué saliva, notando un sabor amargo en la boca. El pánico intentaba treparme por la garganta, pero me negué a mostrar debilidad delante de ella. —Tiene que haber alguna manera. Trabajos extra. Un examen de recuperación. Cualquier puta... perdón, cualquier cosa.

La Directora me estudió durante un largo minuto.

Sabía que me tenía acorralado. Por fin, sacó un papel de una esquina de la mesa, una lista impresa llena de horarios.

—Hay un resquicio en el reglamento del distrito escolar.

Los alumnos del último curso que corren un riesgo extremo de no graduarse pueden compensar parte de sus notas suspensas con créditos de asignaturas optativas adicionales o actividades extraescolares con gran carga horaria que impliquen un servicio a la comunidad escolar. Es un programa intensivo.

—Vale. Lo haré. Apunte mi nombre en cualquier equipo deportivo. Daré unas vueltas a la cancha, llevaré los balones, yo qué sé.

—Ya te expulsaron del equipo en segundo por pelearte con el entrenador, Chester.

Ningún departamento de deportes te va a aceptar.

Además, los plazos de inscripción para casi todos los clubes se cerraron el mes pasado —explicó, cogiendo el bolígrafo rojo y rodeando con un círculo dos líneas al final del papel—.

Esta mañana he llamado a los orientadores para ver si había alguna vacante de emergencia.

Solo quedan plazas en dos clubes que aceptarían a alguien a mitad de semestre para cumplir con horas extra.

Me devolvió el papel. Mis ojos recorrieron las dos opciones marcadas en rojo. Sentí un vacío en el estómago. —¿Club de Robótica y Club de Teatro? —leí en voz alta, sintiendo una mezcla de indignación e incredulidad burbujeando en mi garganta—. ¿Me está tomando el pelo? Esto es una broma, ¿verdad?

—No tengo sentido del humor para bromas a las nueve de la mañana, Chester —respondió secamente—.

Estas son tus opciones. O te apuntas hoy a uno de estos clubes y participas activamente en sus actividades hasta final de semestre, obteniendo una evaluación del profesor responsable que demuestre que has sido útil y colaborador, o no te firmo el diploma. Así de simple.

—Directora, míreme. ¿Tengo pinta de andar jugando con cablecitos de robot o haciendo teatrito en un escenario con mallas? Eso es un suicidio social. Los tíos me van a freír vivo. No voy a hacerlo.

Su expresión se volvió dura como el granito. —Entonces, bienvenido de nuevo el próximo curso. A lo mejor a los diecinueve por fin maduras. Tienes hasta el final del día para traerme la firma de uno de los orientadores del club. Puedes salir de mi despacho.

Me entraron ganas de darle una patada a la mesa.

Quería gritar, romper la silla, dar un puñetazo a la pared.

La rabia era mi respuesta habitual a cualquier sentimiento de impotencia, y en ese momento me sentía el tío más impotente del planeta.

Pero la amenaza de tener que enfrentarme a mi padre si llegaba a casa con la noticia de que no me iba a graduar pesaba más.

Me levanté bruscamente, haciendo rechinar la silla con violencia, le arranqué el papel de la mano con brusquedad y salí del despacho dando un portazo que hizo temblar el cristal de la recepción.

Pasé por delante de la secretaria resoplando, caminando a zancadas por el pasillo con la visión teñida de rojo por la rabia. Que le den al instituto. Que le den a la Directora. Y que les den a esos clubes de perdedores.

La siguiente hora la tenía libre, ya que me saltaba las clases de educación física de forma habitual.

Miré el papel arrugado que tenía en la mano.

Robótica o Teatro. Elegir entre ser el rey de los frikis raritos que huelen a queso y a sudor frío, o unirme a los dramáticos, a los raritos y a los pintorescos a los que me pasaba los días aterrorizando.

Era como elegir cómo quería que me ejecutaran.

Decidí que lo menos malo sería la robótica.

Al menos estaba escondido en el pabellón de ciencias exactas, en el sótano, cerca de los laboratorios de ciencias.

Tal vez pudiera limitarme a sentarme al fondo de la clase, jugar con el móvil, intimidar a uno o dos empollones para que hicieran mi trabajo y conseguir la puta firma al final del semestre. Nadie tenía por qué enterarse.

Caminé con paso pesado por el instituto, evitando los pasillos principales para no tropezarme con Marcus o con Trent.

El pabellón de ciencias estaba silencioso.

Llegué frente a la puerta de metal azul desconchada en la que un letrero torcido decía "Laboratorio de Robótica".

Respiré hondo, tragándome el orgullo, y abrí la puerta de un empujón.

El aula era un caos visual y olfativo. Olía a soldadura quemada, a ganchitos de queso, a refresco caliente y a sudor acumulado.

El zumbido de los pequeños motores y el pitido de los ordenadores viejos llenaban el aire.

Había allí dentro unas quince personas, la mayoría chicos encorvados sobre mesas de metal, enredados en cables de colores y piezas de chatarra electrónica.

En cuanto la puerta chocó contra la pared, todos los movimientos cesaron.

Toda la clase se giró para mirarme. Quince pares de ojos muy abiertos tras gafas de distinta graduación me miraron con absoluto terror. Era como si un lobo acabara de entrar en el gallinero y hubiera cerrado la puerta por dentro.

Un chico en la primera mesa, que tenía un grano enorme en la barbilla y llevaba una camiseta con un chiste matemático sin gracia, soltó los alicates de corte que tenía en la mano.

La herramienta cayó al suelo de metal con un ruido que pareció ensordecedor en aquel silencio sepulcral.

El chico estaba temblando, literalmente temblando.

Miré a mi alrededor. La energía allí dentro era densa, asfixiante.

Su extrema sumisión no me estaba provocando el subidón de adrenalina de siempre.

Me estaba dando náuseas. Si me quedaba allí, encerrado en una habitación diminuta con quince tíos que se mearían en los pantalones si estornudaba, acabaría volviéndome loco.

Iba a ser tan dominante que el profesor encargado se daría cuenta y no me pondría la nota.

O peor, a alguno de ellos le daría una crisis nerviosa y yo tendría la culpa.

Ni siquiera podía fingir que sabía lo que era un condensador o una placa base. Aquello era el purgatorio.

—Olvidadlo. Haced como si no me hubierais visto —murmuré, y la voz me sonó a gruñido de frustración. Di un paso atrás y volví a cerrar la puerta de un portazo, dejando que los empollones de dentro respiraran aliviados.

Apoyé la espalda en la pared del pasillo y me deslicé hasta sentarme en el frío suelo. Me pasé las manos por la cara, frotándome los ojos hasta ver las estrellas. Estaba jodido. Completa y miserablemente jodido.

Volví a sacar el papel arrugado del bolsillo y miré la segunda opción rodeada con el bolígrafo rojo. Club de Teatro.

El teatro era el epicentro de todo lo que odiaba y de todos a los que acosaba.

Era el refugio seguro de los marginados, de las chicas raras que hablaban solas, de los tíos que se teñían el pelo y de la gente que pensaba que la vida era un puto musical.

Era la minoría de la minoría. Si pisaba aquel lugar, sería como izar una bandera blanca.

Solo de pensarlo me daban ganas de vomitar.

¿Qué diría Trent? ¿Qué dirían los tíos del equipo de baloncesto? Si me vieran con los del teatro, mi reputación se esfumaría en un día. Pasaría de depredador a presa. El sistema de castas del instituto no perdonaba. Si te juntas con las ovejas, dejas de ser el lobo.

Pero la imagen de mi padre volvió a aparecer en mi mente.

La botella de whisky en la mesa de la cocina.

La mirada vidriosa. La voz arrastrada diciendo que era un inútil, que iba a ser un fracasado igual que él.

El puñetazo en la mesa que precedía al puñetazo en mi cara.

El miedo infantil que enterraba en lo más profundo de mi pecho cada vez que metía la llave en la cerradura de casa.

No podía soportar ni un año más bajo aquel techo.

Necesitaba el diploma para conseguir un trabajo lejos de allí, alistarme en el ejército, cualquier cosa que me sacara de aquel lugar.

—¡Mierda, mierda, mierda! —Golpeé el suelo con el puño cerrado, sintiendo cómo el dolor me subía por el brazo.

Me levanté del suelo bruscamente, decidido. La desesperación le estaba ganando la batalla al orgullo, y odiaba darme cuenta de ello. Estrujé el papel con fuerza en la mano y eché a andar. No era el paseo de un rey por los pasillos. Era una marcha fúnebre. Iba al matadero.

Crucé todo el instituto en dirección al ala oeste, donde estaban el salón de actos y las aulas de arte.

Cuanto más me acercaba, más cambiaba el ambiente.

Los carteles de las paredes ya no hablaban de campeonatos estatales ni de ferias de ciencias.

Eran panfletos de colores sobre audiciones, obras de Shakespeare, grupos de poesía y manifiestos sobre la inclusión.

A cada paso me sentía más como un extraterrestre.

Por fin, llegué a las pesadas puertas dobles que daban acceso al salón de actos y a los bastidores del teatro.

Las puertas estaban forradas de una especie de cuero rojo oscuro, viejo y desgastado, lleno de arañazos y de avisos pegados con cinta de carrocero.

Me quedé parado allí delante durante unos minutos que me parecieron horas.

Miré a ambos lados del pasillo para comprobar que no había ningún conocido cerca.

El pasillo estaba vacío. El timbre de la segunda hora ya había sonado.

Tiré del pesado pomo de metal y la puerta cedió con un chirrido arrastrado.

Nada más entrar, el olor del lugar me golpeó de lleno.

No era el olor habitual del instituto. Era un olor denso a polvo rancio, a serrín, a un ligero moho y a pintura de témpera.

La iluminación principal del salón de actos estaba apagada, pero había algunas luces de servicio encendidas en el escenario, que proyectaban largas sombras a través de las hileras vacías de butacas de terciopelo desgastado.

Bajé por el pasillo inclinado hacia el escenario, y mis pasos resonaron en el silencio del lugar.

Detrás del escenario, se oía el sonido ahogado de voces, el ruido de herramientas y el zumbido de una máquina de coser.

Allí estaban. El nido de bichos raros. Y yo estaba a punto de tirarme de cabeza en medio de ellos.

Me detuve al pie de la escalera que llevaba a las bambalinas y a los bastidores.

La vergüenza era un peso físico sobre mis hombros, que me empujaba hacia abajo.

Tenía la mandíbula tan tensa que me dolían los dientes.

Cerré los ojos un segundo y apreté los puños.

Yo era Chester Boyd. Yo hacía llorar a los demás.

Yo dictaba las reglas. Y ahora me estaba escondiendo en las sombras de un teatro sucio porque no podía aprobar un examen de matemáticas.

¿Cómo demonios había acabado allí? ¿A qué punto tan patético había llegado?

Me tragué el sabor de la derrota, me ajusté la cazadora y subí el primer escalón.

Iba a entrar allí, a conseguir esa puta plaza, a hacer lo mínimo imprescindible sin hablar con nadie y a salir de allí con mi diploma.

Nadie se enteraría, y no dejaría que nadie de aquel club se creyera que tenía confianza conmigo.

Seguirían teniéndome miedo, aunque estuviéramos en el mismo sitio.

Esa era la regla. Y no iba a romper mis reglas por un puñado de niñatos del teatro.

Abrí el pesado telón negro que separaba las bambalinas del escenario principal y me adentré en la boca del lobo, sintiendo cómo el nivel de insatisfacción envenenaba cada gota de mi sangre. Las tornas habían cambiado y estaba odiando cada segundo que pasaba.