CAPÍTULO 1
CHESTER BOYD
El sonido sordo de mis botas golpeando contra el asfalto resquebrajado del aparcamiento era mi aviso previo.
Aquel sonido resonaba en el aire frío de la mañana y le decía a todo el mundo que había llegado.
Cerré la puerta de mi vieja camioneta, una pick-up que bebía gasolina como si fuera agua y que tenía un tubo de escape lo suficientemente ruidoso como para cabrear a cualquier vecino en un radio de dos kilómetros, y me colgué la mochila al hombro.
Respiré hondo, sintiendo cómo el aire helado me arañaba los pulmones.
Dieciocho años a mis espaldas, el último curso del instituto y la sensación de que era el puto amo de todo aquello.
El instituto era mi territorio. El único lugar del mundo donde yo dictaba las reglas.
Me ajusté la cazadora de cuero negra, sintiendo el tejido rígido contra mis anchos hombros.
Era grande. Un metro noventa de estatura, músculos esculpidos a base de mucho sudor, rabia reprimida y horas levantando pesas en el garaje de casa solo para no tener que oír los gritos de mi padre.
Cuando empecé a caminar hacia la entrada principal del edificio, el efecto fue instantáneo.
Era como si fuera un puto desastre natural andante.
La multitud de alumnos se abría a mi paso.
Nadie quería cruzarse en mi camino, y eso me encantaba.
El miedo en sus ojos era mi dosis diaria de adrenalina.
Era lo único que me hacía sentir que tenía algún control sobre mi vida de mierda.
Atravesé las puertas y el olor a cera para suelos mezclado con desodorante barato de adolescente me golpeó en la cara.
Los pasillos estaban abarrotados, un mar de chaquetas de equipos deportivos, mochilas de colores y conversaciones en voz alta, pero en cuanto mi bota pisó el suelo blanco, el volumen de las voces cayó en picado.
El murmullo se convirtió en un susurro nervioso.
Caminé por el centro del pasillo principal, con la barbilla alta y los ojos entrecerrados, escaneando a mi presa. No tardé mucho en encontrar un blanco.
Allí estaba, cerca de las fuentes de agua.
Un chico de segundo año, un tirillas que llevaba un jersey rosa y las uñas pintadas de negro.
Estaba hablando animadamente con otro chico que tenía el pelo teñido de un azul desteñido.
Representaban todo lo que yo no soportaba, aquello me hacía hervir la sangre de una forma que nunca lograba explicar.
Así que hacía lo que mejor se me daba: destruir antes de que me afectara.
Cambié de rumbo, yendo directamente hacia ellos.
El chico del pelo azul me vio primero y abrió mucho los ojos.
Le dio un codazo a su amigo, pero ya era tarde.
Cuando el del jersey rosa se dio la vuelta, yo ya estaba a un paso de distancia.
Choqué mi hombro con fuerza contra el suyo, usando mi peso para desequilibrarlo.
El chico soltó un jadeo de susto, tropezó con sus propios pies y cayó de culo al suelo, dejando caer sus libros, cuadernos y un estuche que se abrió de golpe, esparciendo bolígrafos de colores por el suelo encerado.
—Vaya. Lo siento, princesa —dije, deteniéndome y mirándolo de arriba abajo, con una sonrisa cruel cruzándome la cara—. No te vi ahí abajo. Eres demasiado pequeño. O a lo mejor es que eres simplemente insignificante.
El chico tragó saliva y se acercó las rodillas al pecho, con los ojos brillantes por las lágrimas que intentaba contener.
Su amigo dio un paso atrás, apoyándose en las taquillas y temblando de miedo.
Nadie en el pasillo hizo el menor ruido.
Algunas personas giraron la cara, fingiendo que no estaban mirando.
Otros soltaron risitas nerviosas, queriendo asegurarse de que estaban de mi lado en la broma.
—Recoge tu basura de mi camino antes de que la pise —gruñí, endureciendo la voz, haciendo que el tono sonara áspero y amenazador.
El chico se apresuró a recoger sus cosas con manos temblorosas, metiéndolo todo en la mochila de cualquier manera.
Di un paso adelante, amagando con darle una patada a su cuaderno, y él encogió los hombros, cerrando los ojos a la espera del golpe.
Solté una carcajada seca y fuerte. Era patético. Tan fácil de quebrar.
—Cobarde —murmuré, lo bastante alto para que los alumnos de alrededor me oyeran. Le di la espalda y seguí mi camino, sintiendo la deliciosa tensión del poder vibrando en mis venas.
Me reuní con los chicos de mi grupo cerca de las taquillas del pabellón este.
Trent y Marcus ya estaban allí, apoyados en el frío metal, riéndose de alguna estupidez.
Eran como yo. Grandes, estúpidos y adictos a intimidar a cualquiera que no encajara en el molde.
En cuanto me acerqué, Trent levantó la mano para chocarla.
—¿Qué pasa, Boyd? ¿Ya has empezado el día poniendo a los frikis en su sitio? —preguntó Trent, con esa sonrisa de medio lado que creía que le hacía parecer un mafioso de película.
—Alguien tiene que hacer el trabajo sucio, tío —respondí, chocando mi mano contra la suya con fuerza—. El instituto está infestado. Si no mantenemos el orden, esto se convierte en un circo.
Marcus soltó una risa ronca, cruzándose de brazos. —He oído que ese pringado rarito de tercero ha cerrado hoy su taquilla de golpe y ha salido corriendo cuando ha pensado que ibas a por él. Literalmente ha huido al baño para esconderse.
Me encogí de hombros y abrí mi taquilla con un tirón violento de la puerta metálica. —Es su problema. Si no aguanta la presión, que se cambie de instituto. El mundo no es un buen lugar para la gente sensible. La vida se lo cobra muy caro a los que agachan la cabeza.
Metí los libros de mala manera en el estante superior y cogí solo el cuaderno de tapa negra arrugada que fingía usar para tomar apuntes.
Sonó el estridente timbre, cortando las conversaciones del pasillo y señalando el comienzo de la primera hora.
Cerré la puerta de la taquilla de un portazo.
Otro día en este infierno de normas, profesores aburridos y asignaturas que me importaban una mierda. Pero al menos allí yo era el rey.
Media hora después, estaba sentado al fondo del aula de historia, garabateando formas sin sentido en la tapa de mi cuaderno, ignorando por completo la voz monótona del profesor, que hablaba de la Guerra Fría como si estuviera leyendo el prospecto de un medicamento.
Estaba a punto de quedarme dormido, con la cara apoyada en la mano, cuando el altavoz negro colgado en la esquina del techo de la clase crujió con un zumbido irritante.
—La directora solicita la presencia de Chester Boyd en dirección inmediatamente —la voz nasal de la secretaria del instituto llenó el aula.
Un silencio sepulcral se apoderó de la sala.
Todas las miradas se volvieron hacia mí.
Algunas curiosas, la mayoría aterradas, como si estuviera a punto de explotar allí mismo.
Trent, que estaba sentado en la fila de al lado, soltó una risa ahogada y susurró: "Te han pillado, tío".
Le enseñé el dedo corazón por debajo del pupitre.
Me levanté despacio, arrastrando las patas de la silla por el suelo a propósito, haciendo ese ruido ensordecedor de metal rascando el suelo solo por molestar al profesor.
Cogí mi mochila, me la colgué al hombro y caminé hacia la puerta sin mirar atrás.
El camino hasta el despacho de dirección me pareció más largo de lo habitual.
Mi mente empezó a trabajar a toda máquina.
¿De qué se habían enterado? ¿Fue por la pelea en el aparcamiento de la semana pasada?
No, nadie se atrevía a abrir la boca sobre aquello.
¿Fue por la pintada en la taquilla del pringado?
Yo ni siquiera estaba allí cuando ocurrió, aunque todo el mundo sabía que la idea había sido mía.
Fuera lo que fuera, tenía que mantener el tipo.
A Chester Boyd no lo hunde nadie. Ni la directora, ni todo el instituto.
Cuando entré en la recepción de dirección, el ambiente cambió.
Allí yo no era el rey. Allí era un problema al que querían echar del sistema.
La secretaria ni siquiera me dedicó una sonrisa de cortesía.
Se limitó a señalar la puerta de madera maciza con una placa de latón en la que se leía "Dirección".
—Te está esperando, Chester. Puedes pasar.
No llamé a la puerta. Solo giré el pomo y entré.
El despacho de la directora olía a café rancio y a desinfectante de limón.
Detrás de una mesa atestada de carpetas y papeles estaba la Directora.
Era una mujer de unos cincuenta años, con el pelo canoso recogido en un moño tirante que parecía estirarle el cuero cabelludo hasta el punto de provocarle un dolor de cabeza crónico.
Sus ojos eran fríos, calculadores y transmitían un cansancio profundo.
Estaba mirando la pantalla del ordenador, pero en cuanto cerré la puerta, se cruzó de brazos y se quedó mirándome.
—Siéntate —ordenó, señalando la incómoda silla de plástico azul que había frente a su mesa.
Caminé hacia la silla y me dejé caer en ella, espatarrando mis largas piernas y cruzándome de brazos, adoptando mi mejor expresión de aburrimiento absoluto. —¿Qué hay, Directora? ¿Me ha echado de menos? ¿Cuánto hace que no vengo por aquí? ¿Un par de semanas?
No sonrió. Ni siquiera parpadeó. Solo cogió una carpeta de cartón marrón con mi nombre en la etiqueta y la tiró sobre la mesa. Abrió la carpeta y sacó un papel impreso lleno de tablas y números.
—Hoy no tengo tiempo para tu sarcasmo, Chester. Y, francamente, tú tampoco deberías tenerlo. ¿Sabes por qué te he llamado?
—No tengo ni idea. Hoy no he roto nada. Todavía.