60 El locutorio
Clara Marrodán pidió ver a la teniente Jalón el diecisiete de noviembre de dos mil veintisiete, tres semanas después de la sentencia, por escrito y a través de su abogado.
Aurora fue un miércoles por la tarde.
El locutorio del centro penitenciario de Logroño tenía seis cabinas y una mampara de metacrilato rayada por veinte años de anillos.
Clara se había cortado el pelo.
—Gracias por venir.
—No tenía por qué no venir.
—Sí tenía. —Clara se sentó—. Voy a recurrir. Me lo van a desestimar. Mi abogado dice que hay un cuarenta por ciento con la alevosía y yo creo que hay un cinco.
—Yo también creo que hay un cinco.
—Ya lo sé. Por eso se lo pregunto a usted y no a él.
Estuvieron un momento calladas.
—¿Por qué me ha llamado, Clara?
Clara Marrodán se quedó mirando la mampara.
—Porque hay una cosa que no ha salido en el juicio y que no va a salir nunca, y porque usted es la única persona del mundo a la que le he mentido de verdad —dijo—. Y me parece feo dejarlo así.
—No tiene que contarme nada.
—Ya lo sé. —Se apoyó en la mesa—. Teniente, ¿usted cree que yo la maté por lo que dijo la fiscal? ¿Por lo de no tener que enterarme?
—Lo creí once meses.
—Es casi eso —dijo Clara—. Casi, y no.
Aurora esperó.
—Bárbara me llamó el martes a las siete y media y me dijo que tenía que contarme algo de mi padre. Y yo le dije que subiera el miércoles a las nueve. Y colgué, y me senté en el coche en el aparcamiento de la bodega, y estuve cuarenta minutos sin arrancar.
—¿Pensando qué?
—Pensando que lo iba a decir. —Clara levantó la vista—. Y entonces me di cuenta de una cosa, y es la cosa que no le he dicho a nadie en catorce meses. Yo no tenía miedo de enterarme, teniente. Yo llevaba doce años enterada. Lo que no soportaba era otra cosa.
—¿Cuál?
—Que si Bárbara me lo decía a la cara, yo iba a tener que decidir —dijo Clara Marrodán—.
Doce años en esa cocina y yo no había decidido nada.
Ni perdonarla ni denunciarla ni irme. Nada.
Me levantaba, iba a la bodega, volvía, cenaba con ella y me acostaba.
Y eso, que la gente cree que es cobardía, es una manera de vivir; se puede hacer; yo lo hice doce años y algunos días era casi feliz.
Se quedó callada.
—Y el miércoles a las nueve de la noche alguien iba a entrar por esa puerta y me iba a quitar eso.
—¿Y por eso?
—Por eso —dijo Clara—. Yo no maté a Bárbara Ijalba para proteger a Petra.
Eso es lo que dijo la fiscal y es lo que va a poner en los libros y me parece bien, porque suena mejor y porque a Petra la deja en un sitio más soportable.
Pero no es verdad. —Puso las dos manos abiertas sobre la mesa—.
Yo maté a Bárbara Ijalba para poder seguir sin decidir.
Para que el jueves por la mañana la cocina siguiera siendo la cocina.
Aurora no dijo nada durante un buen rato.
—Clara.
—Dígame.
—Le voy a preguntar una cosa y no hace falta que me la conteste.
—Pregunte.
—¿Cuánto tardó en saber lo que había hecho?
Clara Marrodán se rió, una risa corta y seca.
—Cuarenta y ocho minutos —dijo—. Cogí el detector, bajé a cerrar la válvula, y cuando estaba con la mano en la palanca oí el silencio.
Y ahí lo supe. —Se miró las manos—. Y quité la barra, teniente.
Eso tampoco lo dijo nadie en el juicio y me extrañó.
Quité la barra y la dejé apoyada en la pared, y dejé la puerta abierta de par en par, y encendí las luces del calado, para que por la mañana pareciera un accidente y para que no estuviera a oscuras.
Se quedó mirando la mampara rayada.
—Y me fui a casa —dijo—, y cené dos huevos fritos con la mujer que mató a mi padre. Y hablamos del depósito once.