Merma 61 Lo que se rellena
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61 Lo que se rellena

El expediente número quinientos siete barra dos mil veintiséis de la Unidad Orgánica de Policía Judicial de la Comandancia de Logroño se cerró administrativamente el treinta de noviembre de dos mil veintisiete.

La carpeta de mil novecientos noventa y nueve se archivó con una diligencia de dos líneas: sobreseimiento libre por prescripción del delito, artículo ciento treinta y uno del Código Penal.

Los restos de Sergio Marrodán Ubis se entregaron a su hija y a su viuda el cuatro de diciembre de dos mil veintisiete, con veintiocho años y dos meses de retraso.

El entierro fue el sábado cinco, en el cementerio de Valdecernada, a las once de la mañana, con don Evaristo, que ya tenía setenta y dos años y a duras penas subía la cuesta.

Fueron ciento treinta y una personas.

Fue casi todo el pueblo.

Milagros Ochoa estuvo en la primera fila con un abrigo negro prestado.

Clara Marrodán no estuvo, porque le denegaron el permiso extraordinario de salida por razón de la pena y del tiempo cumplido, y porque el informe de la junta de tratamiento fue desfavorable, y porque las cosas son así.

Petra Antoñanzas Vergara estuvo en la última fila, junto al muro, sola, con el abrigo de paño gris.

Nadie le habló y nadie la echó.

Cuando terminó, cuando la gente empezó a bajar hacia la plaza en grupos de tres y de cuatro, la teniente Aurora Jalón, que había ido de paisano y se había quedado atrás a propósito, se acercó al muro.

—Señora Antoñanzas.

—Teniente.

—¿Se va a quedar en el pueblo?

—Me han despedido en junio. —Petra miraba la tumba abierta—. Tengo la casa. Tengo cincuenta y siete años y una carrera con la que ya no me va a contratar nadie en esta comunidad autónoma. Y tengo que ir a Logroño los jueves, que es el día que no va Milagros.

—¿La recibe?

—Desde marzo.

Se quedaron las dos calladas, mirando a los enterradores.

—Teniente, ¿le puedo preguntar una cosa?

—Claro.

—¿Usted cree que si yo hubiera llamado al ciento doce aquella noche, en el noventa y nueve, habría pasado todo esto?

Aurora Jalón se lo pensó, porque aquella mujer merecía que se lo pensara.

—No —dijo.

—Ya.

—Habría pasado otra cosa. Usted habría tenido un juicio en dos mil uno, probablemente por homicidio imprudente u omisión del deber de socorro, probablemente con una pena pequeña, y seguramente habría salido a la calle con treinta y dos años y con toda La Rioja mirándola.

Y esa niña se habría criado con su madre en Zaragoza, o con sus abuelos, o donde fuera.

Y hoy tendría treinta y dos años y estaría viva y libre en algún sitio.

Petra asintió despacio.

—Eso es lo que pienso yo por las noches.

—Ya lo sé —dijo Aurora—. Se le nota.

Petra Antoñanzas se ajustó el abrigo.

—¿Sabe usted lo que no entiende la gente?

—dijo—. La gente cree que uno decide una vez.

Que hay un momento, una noche, una pasarela, y que ahí uno elige y ya está.

Y no es así. —Miró hacia el valle, hacia las viñas peladas de diciembre, hacia el recodo del río—.

Yo no decidí una vez. Yo decidí todos los días, dos veces al día, durante veintisiete años.

Cada vez que le ponía la cena. Cada vez que no se lo contaba.

—Merma —dijo Aurora.

Petra se volvió.

—¿Cómo dice?

—Nada. Una cosa que me explicó un tonelero. —Aurora se subió el cuello del abrigo—. Que la barrica pierde un poco de vino todos los años y que hay que rellenarla cada quince días o el vino se pica. Y que a la barrica, por fuera, no se le nota nunca.

Petra Antoñanzas Vergara se quedó mirándola un momento largo.

—Se le nota al final —dijo—. Cuando la abres.

Epílogo

Abril de 2028

La parcela está en el término de Cordovín, a cuatro kilómetros y medio de Valdecernada, en una ladera que mira al noreste, y tiene noventa y ocho áreas.

La compró en enero la fundación de una escuela de viticultura de Logroño, con dinero público y con una aportación de la Denominación de Origen que tardó ocho meses en aprobarse y que se aprobó, según le contaron a Aurora, con dos votos en contra y una abstención.

El diecinueve de abril de dos mil veintiocho, un miércoles, se plantaron allí novecientas doce cepas.

Ciento cuarenta y una eran las que habían enraizado en enero del veintisiete en el invernadero número tres del Instituto de Ciencias de la Vid y del Vino. Las otras setecientas setenta y una eran su descendencia vegetativa, de la segunda tanda.

No estaban injertadas. El suelo de aquella ladera es arena sobre conglomerado y el informe del ICVV decía, con tres páginas de prudencia, que el riesgo de filoxera era asumible y que en todo caso el material estaba duplicado en cámara.

El doctor Teodoro Jubera Marín dio un discurso de cuatro minutos y se emocionó en el tercero.

Había unas cuarenta personas. Un concejal, dos técnicas de la Consejería, once alumnos de la escuela, Tere Gaínza con un fotógrafo, la hermana de Bárbara Ijalba, Milagros Ochoa, y una mujer de cincuenta y ocho años con un abrigo de paño gris que se quedó todo el rato en el borde del camino y a la que Jubera, al acabar, fue a dar la mano delante de todo el mundo, que fue lo más valiente que hizo nadie aquella mañana.

Aurora Jalón llegó tarde, de paisano, con Fermín Ollauri.

No dijo nada a nadie. Se quedaron los dos arriba, en el camino, mirando cómo cuarenta personas plantaban novecientas doce cepas con azadón y cordel, que es exactamente como se ha plantado siempre y como se planta todavía cuando la plantación importa.

—¿Qué van a hacer con eso? —dijo Fermín.

—Nada, de momento. Son plantas. La primera vendimia de verdad será en dos mil treinta y uno.

—¿Y la llamarán como aquello?

—No. —Aurora se metió las manos en los bolsillos—. Le van a poner el nombre del que cortó las varas.

Fermín asintió y no dijo nada durante un rato.

—¿Sabes lo que me gusta de esto? —dijo al final.

—Dime.

—Que no arregla nada.

—¿Y eso te gusta?

—Me gusta que no lo finjan —dijo Fermín Ollauri—.

Hay dos mujeres muertas, una chica de treinta y dos años en Logroño hasta dos mil cuarenta y seis y un pueblo que va a tardar dos generaciones en mirarse a la cara.

Y lo único que se puede hacer con eso es plantar novecientas doce cepas en una ladera y esperar cuatro años.

Y me parece bien, porque es lo que hay, y porque lo demás son discursos.

Abajo, en la ladera, alguien se rió por algo, y la risa subió limpia por el aire de abril.

Aurora Jalón pensó en una zanja abierta en septiembre de mil novecientos noventa y nueve, y en una mujer de veintinueve años sola en un tractor a las siete menos cuarto de la mañana, y en tres estacas plantadas en tierra caliente por alguien que sabía perfectamente que no iban a agarrar.

Agarraron las tres.

En veintisiete años nadie había entendido nunca cómo.

—Vámonos —dijo—. Tengo turno a las cuatro.

Bajaron por el camino hacia el coche. Detrás de ellos, en la ladera, novecientas doce cepas recién plantadas, sin una sola hoja todavía, esperaban a mayo.