58 La testigo
Petra Antoñanzas Vergara declaró como testigo el lunes dieciocho de octubre de dos mil veintisiete, a las once y diez de la mañana.
Entró sola. Llevaba el abrigo de paño gris en el brazo y no lo dejó en ningún sitio: lo tuvo doblado sobre las rodillas durante las dos horas y cuarto.
La magistrada Urbina le advirtió de su obligación de decir verdad y le informó de que, siendo la acusada persona a la que había estado unida por una relación de tutela y de convivencia, podía acogerse a la dispensa de declarar.
—No me acojo —dijo Petra.
—¿Está usted segura?
—Sí, señoría.
La fiscal se levantó.
—Señora Antoñanzas, ¿dónde estaba usted el siete de octubre de dos mil veintiséis entre las ocho y las once de la noche?
—En mi casa. Sola.
—¿Puede alguien acreditarlo?
—No.
—¿Manejó usted aquella noche el panel de la sala de trasiego de Bodegas Lacorte?
—No.
—¿Puso usted la barra de hierro en la puerta del calado?
—No.
—¿Mató usted a Bárbara Ijalba Nalda?
—No.
—¿Mató usted a Sergio Marrodán Ubis?
El letrado Berceo se puso de pie.
—Señoría, ese hecho está sobreseído por prescripción.
—Se admite la pregunta a los solos efectos de valorar la credibilidad de la testigo —dijo la magistrada Urbina—. Conteste.
Petra Antoñanzas se volvió hacia el jurado, y fue la única vez que lo hizo.
—El catorce de septiembre de mil novecientos noventa y nueve empujé a un hombre en una pasarela y ese hombre se cayó dentro de un depósito y se murió —dijo—.
No llamé a nadie. Lo saqué yo sola, lo escondí un día entero y lo enterré en una zanja de plantación con un tractor.
Y he vivido veintisiete años a cuatrocientos metros de esa zanja criando a su hija.
Todo eso es verdad y ya lo he dicho ante un juez y no me lo pueden juzgar, y créanme ustedes que preferiría que pudieran.
La sala estaba en absoluto silencio.
—Señora Antoñanzas —dijo la fiscal—, ¿le contó usted alguna vez a Clara Marrodán lo que acaba de contar?
—No.
—¿Nunca?
—Nunca.
—¿Y sabía usted que ella lo sabía?
—No lo supe hasta el tres de diciembre de dos mil veintiséis, a las siete y cuarto de la tarde, en el portal de mi casa, y me lo dijo la teniente Jalón.
—¿Y qué sintió usted?
El letrado Berceo abrió la boca y la volvió a cerrar.
Petra Antoñanzas apretó el abrigo sobre las rodillas.
—Sentí vergüenza —dijo—. Porque durante doce años yo creí que estaba protegiendo a una niña. Y resulta que durante doce años la que estaba protegiendo era ella.
La fiscal dejó pasar cinco segundos enteros antes de la última pregunta, y todo el mundo en aquella sala supo que los había dejado pasar a propósito.
—Señora Antoñanzas, ¿por qué cree usted que murió Bárbara Ijalba?
El letrado Berceo se levantó otra vez.
—Señoría, se pide a la testigo una opinión.
—Se admite —dijo la magistrada Urbina—. Conteste, y conteste brevemente.
Petra Antoñanzas miró al banquillo por primera y única vez en dos horas y cuarto.
Clara Marrodán le sostuvo la mirada.
—Porque iba a decir en voz alta una cosa que en mi casa llevábamos doce años callando las dos —dijo Petra—. Y en mi casa, señoría, esa era la única manera que teníamos de seguir cenando juntas.