Merma 57 Sala primera
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57 Sala primera

El juicio empezó el lunes once de octubre de dos mil veintisiete, a las diez de la mañana, en la sala primera de la Audiencia Provincial de La Rioja, en Logroño, ante el Tribunal del Jurado presidido por la magistrada Inmaculada Urbina.

Se seleccionaron nueve jurados y dos suplentes de una lista de treinta y seis candidatos. La selección duró dos horas y veinte minutos y cuatro personas fueron recusadas porque conocían a alguien del valle, que en La Rioja es una circunstancia difícil de evitar.

La acusación pública la sostuvo Amparo Sanz de Galdeano.

La acusación particular, ejercida por la hermana de Bárbara Ijalba, la sostuvo una abogada de Logroño de treinta y nueve años.

La defensa la asumió el letrado Nicolás Berceo, que había dejado de representar a Petra Antoñanzas en enero, precisamente para poder asumirla.

Clara Marrodán Ochoa entró en la sala con un jersey azul marino y el pelo recogido y se sentó en el banquillo y miró al frente.

La fiscal expuso en diecinueve minutos.

—Señoras y señores del jurado, este no es un caso complicado —dijo—.

Es un caso triste, que es otra cosa. Una mujer de cuarenta y seis años entró en una nave a las nueve y dos minutos de la noche para hacer un favor.

Cuarenta y tres minutos después estaba muerta al pie de una escalera.

Entre esos dos momentos, alguien hizo cuatro cosas: abrió una válvula, puso una barra de hierro de once kilos en una puerta, silenció dos alarmas con un código y volvió a cerrar la válvula.

Cuatro cosas. Ninguna de las cuatro se hace sin querer.

Después habló el letrado Berceo, y habló nueve minutos.

—Mi defendida no niega que estuviera en ese edificio —dijo—.

Lo dijo el primer día, voluntariamente, sin abogado y sin que nadie se lo preguntara.

Lo que la acusación no tiene, señoras y señores, es una sola prueba directa.

Ni una huella en esa barra, ni una imagen, ni un testigo, ni una palabra.

Lo que tienen ustedes es un edificio, y en ese edificio, aquella noche, había dos mujeres con acceso a todo y con motivos, y una de ellas ya ha confesado ante un juez haber matado a un hombre y haberlo enterrado en una viña.

Y esa fue, durante ocho días, la batalla.

El martes declararon los guardias civiles.

El miércoles, los peritos. La doctora Lacalle tardó una hora y cuarenta en explicar por qué una asfixia por dióxido de carbono no deja marcador y por qué, aun así, estaba segura.

El ingeniero Bretón Aldama proyectó la curva del detector en una pantalla de dos metros, y cuando llegó a las ochenta y nueve mil doscientas partes por millón de las veintiuna treinta y uno, una jurada de la segunda fila se llevó la mano a la boca.

El jueves declaró la sargento Munilla, y habló de catorce impresiones palmares superpuestas a ciento cuarenta y dos centímetros del suelo en la cara interior de una puerta de roble, y de lo que significa que estén limpias y no arrastradas.

El viernes, el doctor Jubera explicó a nueve ciudadanos de La Rioja, con paciencia de maestro, qué es un clon, qué es un pie franco y por qué diecisiete cepas idénticas son una firma.

Y el jurado, que había entrado el lunes creyendo que aquello iba de una viña, entendió el viernes a mediodía que aquello iba de una mujer que había vivido veintisiete años encima de una zanja.