56 Marzo, y una casa con dos puertas
La teniente Jalón y el tonelero Fermín Ollauri pasaron el invierno de dos mil veintiséis a dos mil veintisiete viéndose los sábados, y en febrero también los miércoles, y en marzo Aurora se dio cuenta de que llevaba tres semanas dejando el cepillo de dientes en Haro y volviendo a Nájera a por él.
—Esto es ridículo —dijo un domingo.
—Mucho.
—Tengo cuarenta y nueve años.
—Cuarenta y nueve los cumples en junio.
—Tengo cuarenta y nueve años —repitió Aurora— y estoy conduciendo veintidós kilómetros para dormir y otros veintidós para desayunar.
Fermín Ollauri estaba lijando un fondo de barrica en el banco del taller y no levantó la vista.
—Hay una casa en la cuesta de la estación —dijo—. La de los Sáenz. Lleva cuatro años vacía. Tiene dos puertas a la calle, una a cada lado, porque en su día fueron dos casas y las juntaron mal.
—¿Y?
—Y que a mí me parece que dos personas de nuestra edad que ya han vivido cada una lo suyo no tienen por qué compartir el recibidor.
Aurora se rió.
—¿Me estás proponiendo vivir juntos o vivir al lado?
—Te estoy proponiendo mirarla —dijo Fermín—. El domingo. Sin compromiso. Y luego cada uno se vuelve a su casa a pensar, que es lo que haremos de todas formas.
La miraron el domingo. Tenía un patio con una parra, un horno de pan tapiado y una humedad importante en el muro norte.
Aurora no dijo nada aquel día.
En abril se lo dijo a su hija por teléfono, de una manera muy torpe, y Ángela, que tenía veintidós años y una capacidad para lo esencial que su madre no había tenido nunca, le dijo:
—Mamá, ¿es buena persona?
—Sí.
—¿Te hace reír?
—Bastante.
—¿Y tú qué estás esperando exactamente?
En julio firmaron. En agosto empezaron las obras.
En septiembre, cuando arrancó la vendimia de dos mil veintisiete y el valle entero se puso a oler a lo que huele el valle en septiembre, Aurora Jalón dormía en una casa de Haro con dos puertas a la calle, y por las noches, desde la cama, se oía la nave del taller y el crujido de las duelas enfriándose.
Nerea Ollauri, que terminó la carrera aquel junio, entró a trabajar de becaria en una bodega de Cenicero.
El primer día llegó a casa y dijo, sin pensarlo, delante de los dos:
—Nos han enseñado hoy el protocolo de espacios confinados. Han puesto el caso de Valdecernada.
Se hizo un silencio corto.
—Perdón —dijo Nerea.
—No pidas perdón —dijo Aurora—. Está bien que lo pongan.