55 Lo que quedó de la casa
Bodegas Lacorte no cerró, que es lo que todo el mundo daba por hecho.
Lo que pasó fue peor y más lento.
En febrero de dos mil veintisiete, el Consejo Regulador de la Denominación de Origen Calificada resolvió el expediente sancionador: infracción muy grave por uso de indicaciones falsas sobre la edad y el origen del viñedo en el etiquetado, multa, retirada de la autorización de la marca Corral de las Pozas y prohibición de emplear cualquier mención a viñedo viejo o a pie franco durante cinco años.
En marzo, Fabián Lacorte llegó a un acuerdo de conformidad con la fiscalía por el delito continuado de fraude en la calidad de productos amparados y por falsedad en documento mercantil: dos años y tres meses de prisión, suspendidos por carecer de antecedentes, multa de ciento ochenta mil euros y responsabilidad civil que aún se estaba calculando en dos mil veintiocho.
En abril vendió catorce hectáreas.
En junio despidió a cuatro de los once trabajadores que le quedaban, y uno de ellos, el de mantenimiento, llevaba en la casa desde mil novecientos ochenta y seis.
En septiembre, la bodega hizo su vendimia número sesenta y uno con cuatro personas y una vendimiadora alquilada.
El cartel de roble del camino alto, el de las letras quemadas a fuego y el escudito, lo quitó el propio Fabián un domingo de mayo, solo, con un destornillador y una llave inglesa, y lo metió en el remolque y se lo llevó, y nadie supo nunca qué hizo con él.
En la parcela ciento cuarenta y uno no se plantó nada aquel año.
Se quedó en barbecho, arada de otoño, con los surcos derechos, y desde la carretera se veía la tierra roja y limpia y el hueco de la calle catorce, que ya no era un hueco pero que en aquel valle todo el mundo sabía dónde estaba, y lo iba a saber durante cincuenta años.
Odón Peñacerrada murió en abril de dos mil veintisiete, a los setenta y nueve, de una neumonía, y dejó el libro de la cofradía de los calados al ayuntamiento con una nota escrita a mano en la primera página que decía: al que venga detrás, que apunte también lo que no le guste.
Milagros Ochoa se mudó de Zaragoza a Logroño en mayo, a un piso de alquiler en la calle Vitoria, a treinta y cinco minutos andando del centro penitenciario.
Iba los jueves.
La primera vez, Clara no salió al locutorio.
La segunda tampoco.
La tercera sí.