54 Enero
En enero de dos mil veintisiete, en el invernadero número tres del Instituto de Ciencias de la Vid y del Vino, el doctor Teodoro Jubera Marín hizo doscientos veinte estaquillados con el material vegetal procedente de tres cepas de la parcela ciento cuarenta y uno de Valdecernada, intervenidas judicialmente y depositadas en el instituto por auto de veintidós de octubre de dos mil veintiséis.
Cortó sarmientos de dos yemas de la madera del año, los trató, los puso en bandejas con calor de fondo a veinticinco grados y aire a doce, y esperó.
El nueve de marzo llamó a la teniente Jalón.
—Tengo un número —dijo.
—Dígame.
—De doscientos veinte estaquillados, han enraizado ciento cuarenta y uno.
Aurora tardó un segundo.
—Doctor, la parcela es la ciento cuarenta y uno.
—Ya lo sé —dijo Jubera—. Llevo dos horas dándole vueltas y no sé qué hacer con esa coincidencia, porque soy científico y las coincidencias me dan urticaria. Pero llevo dos horas.
—¿Y qué va a pasar con esas plantas?
—Pues que en dos mil veintiocho habrá, en algún sitio de La Rioja, una parcela plantada con un genotipo de tempranillo que no está en ningún catálogo del mundo, que estaba en ese recodo del Najerilla desde antes de la filoxera, y que ha estado a punto de perderse dos veces: una en enero de mil novecientos noventa y ocho, por un herbicida, y otra el once de septiembre de dos mil veintiséis, por una arrancadora.
—Tres veces —dijo Aurora.
—¿Cómo tres?
—La segunda fue el catorce de septiembre de mil novecientos noventa y nueve —dijo Aurora Jalón—, cuando el único hombre que se había molestado en cortar cuarenta y dos varas se murió en un depósito.
Al otro lado hubo un silencio.
—Tiene usted razón —dijo el doctor Jubera—. Póngalo en el informe.
—En los informes no se pone eso.
—Pues es una pena.