53 Prisión provisional
El auto del Juzgado de Instrucción número uno de Nájera, de fecha tres de diciembre de dos mil veintiséis, acordó la prisión provisional comunicada y sin fianza de Clara Marrodán Ochoa por un presunto delito de asesinato del artículo ciento treinta y nueve punto uno punto uno del Código Penal, apreciando riesgo de destrucción de pruebas y de reiteración delictiva, y motivando en tres folios por qué el arraigo de la investigada, que en circunstancias normales habría jugado a su favor, jugaba en aquel caso en su contra.
El mismo auto acordó, respecto de los hechos de mil novecientos noventa y nueve, el sobreseimiento libre por prescripción del delito, con expresa mención de que la declaración de doña Petra Antoñanzas Vergara se incorporaba a la causa a los solos efectos de contexto y de eventual prueba testifical.
Es decir: lo que Petra había contado servía para explicar por qué había muerto Bárbara Ijalba.
Y no servía para absolutamente nada más.
Clara Marrodán ingresó aquella tarde en el centro penitenciario de Logroño.
Aurora Jalón se enteró de todo esto en el pasillo, de pie, con el teléfono en la mano, y después bajó al aparcamiento y se quedó dentro del coche sin arrancar durante once minutos.
A las siete de la tarde de aquel mismo jueves, la teniente Jalón subió a Valdecernada por última vez en mucho tiempo.
La casa de la calle del Horno tenía la luz de la cocina encendida. Llamó y tardaron en abrir.
Petra Antoñanzas se había cambiado; llevaba un jersey y tenía los ojos secos.
—No tengo nada más que decirle.
—No vengo a preguntar nada.
—¿Entonces?
—Vengo a decirle una cosa —dijo Aurora—. Su declaración de esta mañana no va a mejorar la situación de Clara. No la mejora en nada. Al contrario: le da al tribunal el motivo.
—Ya me lo ha dicho el letrado.
—¿Y aun así lo ha hecho?
Petra Antoñanzas se apoyó en el marco de la puerta.
—Teniente, a mí me quedan quince años de vida útil, si hay suerte —dijo—. Esa chica tiene treinta y uno y va a estar veinte años ahí dentro. Lo único que yo podía hacer hoy era quitarle de encima una cosa.
—¿Cuál?
—La de tener que seguir protegiéndome.
Aurora se quedó callada.
—Desde diciembre —dijo Petra—, esa chica ya no tiene nada que callarse. Y usted no sabe lo que eso pesa, porque yo lo llevo encima desde el catorce de septiembre del noventa y nueve y sé exactamente lo que pesa, gramo a gramo.
—Petra.
—Dígame.
—Ella lo sabía desde dos mil catorce.
Y allí, en el portal de una casa de piedra de la calle del Horno, a las siete y cuarto de la tarde de un jueves de diciembre, Aurora Jalón vio a una mujer de cincuenta y seis años recibir la única noticia que le quedaba por recibir.
Petra Antoñanzas no dijo nada. Se llevó la mano a la boca, se apoyó con el hombro en el marco y se fue resbalando muy despacio hasta quedarse sentada en el escalón de piedra del portal, y se quedó así, con la puerta abierta y el frío entrando, mirando la calle vacía.
—¿Desde cuándo? —dijo al final.
—Veintiuno de agosto de dos mil catorce.
—Tenía diecinueve años.
—Tenía diecinueve años.
Petra se quedó mirando el suelo.
—Ese verano me hizo una tarta —dijo—. Por mi cumpleaños. En agosto. De manzana, que no le sale bien, y se le quemó por debajo. —Se le rompió la voz por primera y única vez—. Me hizo una tarta.